Saludos y bienvenida:
Inevitablemente, cada individuo hace parte de su vida y de su historia aquellos acontecimientos que marcaron un recuerdo bueno o malo en la efemérides y en su vida...
Recordar por ejemplo aquellas cobardes masacres de la década del 70 en El Salvador (Chinamequita,Tres Calles,Santa Barbara,30 de Julio,entre muchas otras y seguro estoy es una experiencia que se repite a lo largo y ancho de Americalatina), masacres que conmocionaron a la nación y sacudieron la conciencia de muchos.
Esas masacres aceleraron el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre el pueblo y las Fuerzas Armadas Nacionales, Toda aquella década fué de constante actividad politico-social y su principal escenario eran las calles, para las celebraciones del efemérides nacional de cualquier indole, se desarrollaba una manifestación de dolor, muy significativa y emótiva, muchas, con los restos de los asesinados y el reclamo del retorno o aparecimiento con vida de los capturados y desaparecidos.
Muchos jóvenes,a partir de aquellas cobardes acciónes por parte del Estado, radicalizamos nuestra pocisión y optamos por la lucha armada como única solución a la crisis que cada dia se profundizaba más y más...
A partir de aquella década, la protesta se hizo afrenta digna contra la dictadura militar, salir a protestar era recuperar,rectificar y sanear digna y valientemente, todo aquello que en anteriores décadas de terror, las clases dominantes habian institucionalizado.
Con aquellas jornadas de lucha, no solo denunciamos y condenamos a los eternos enemigos del pueblo, sino que hicimos sentir el grito de guerra de todos aquellos que sacrificada pero dignamente y hasta entonces, habian escrito la historia,nuestra heróica historia...
Que hubiera sido de nosotros, si Monseñor Romero hubiera pensado más en su tiempo, el dinero y su sombrero copa ancha junto con su pulcra sotana,por no arriesgar el pellejo a costa de convertirse en "La voz de los sin voz" y en el santo de los desposeidos?
Que seria de nosotros?, si Roque Dalton, sabiendo que podria incluso, morir a manos de sus propios "camaradas", no hubiera arriesgado la canción hecha palabra y herramienta de lucha, para gritarle sus verdades a los poderosos y sus criticas mordaces a los ultraizquierdistas y al Partido Comunista.
No seriamos dignos, de llamarnos salvadoreños si Farabundo Marti, no hubiera dispuesto ir a enlodar sus botas a "Las Segovias" junto a Sandino el General de hombres libres, como su lugarteniente.
Si Miguelito Marmol, no se hubiera levantado con las ganas que lo hizo después de haber sido acribillado frente al pelotón de fusilamiento, para seguir arriesgando el pellejo reclutando, concientizando, organizando, y manteniendo vivo el grito de guerra de "Viva el Socorro Rojo Internacional", que inconclusamente y con toda valentia intentó Farabundo.
Fraternalmente, Trovador
lunes, 3 de noviembre de 2014
El Salvador - La democracia al final es obedecer
Violento Despertar
Paradójicamente los que hablan de democratizar los espacios de participación política y son los menos democráticos, es decir no se permite a las personas opinar, criticar, proponer y decidir.
Democracia etimológicamente y en su concepción más pura significa poder del pueblo, otorgando a este un grado de poder desde lo individual para lo colectivo y colectivo que afectara lo individual.
El Salvador después de 12 años de guerra fratricida entró en la carretera de la democratización del Estado sin embargo hay que notar que este fue un camino que se desvió muy pronto, y la democratización llegó únicamente a reconocer a las fuerzas de izquierda como partido político y concederles la participación en los procesos electorales formales del país.
Convertida en partido político la ex guerrilla salvadoreña fue adoptando las normas del juego de la democracia burguesa, hoy después de 20 años es el partido en el gobierno ya que aprendió los ardides del poder y se ha convertido en una poderosa máquina política que está a punto de totalizar el poder absoluto, desde el Estado (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) así como las demás estructuras autónomas del Estado que permiten la gobernabilidad. ¿Qué significa esto? ¿Es el FMLN un ejemplo de partido democratizador?
Ante las interrogantes planteadas es importante reconocer que las prácticas democráticas no han sido una constante en ningún partido político electorero del país, a no ser algunas organizaciones progresistas y de izquierda que en su momento se valieron de mecanismos de participación y toma de decisiones democráticas.
La segunda vuelta que se desarrolló el 9 de Marzo del presente año tuvo como contendientes únicamente a dos partidos políticos el FMLN y ARENA, ambos en la década de los 80 y parte de los 90, enemigos antagónicos pero ahora solo adversarios políticos, el primero participa con sus candidatos impuestos por la decisión de la cúpula del partido sin aprobación previa de la bases (acordémonos de la reforma que se hizo a los estatutos del partido en el 2006, en que se propuso que las decisiones se tomarían desde la comisión política y no en asamblea como anteriormente se hacía) y el segundo en decadencia con la mejor carta que creyó tener.
Las decisiones al interior de los partidos no las toman las bases de estos sino un pequeño grupo de “designados espirituales” que son los que saben las necesidades del pueblo. En el FMLN, quienes deciden ahora son la Comisión Política y ratifica el Consejo Nacional que suman alrededor de 30 personas que en algunos casos estas se repiten por los cargo que ostentan, esta decisión fue tomada el año 2005 después que se perdieran las elecciones presidenciales en 2004, donde en la convención nacional, el candidato era Shafik Handal como candidato presidencial.
Si las arbitrariedades y el derecho canónico de decidir se limitara a los cargos más importantes dándole a las bases al menos la capacidad de decidir en elegir los representantes para cargos públicos de municipalidades y diputaciones, sin embargo la realidad es otra aun en esto se impone el interés de los grupos de poder dominante al interior del partido rojo.
Para las elecciones de diputados y alcaldes de hace dos años en el departamento de Morazán para llenar la lista de candidatas/os que el tribunal exige para la competencia, la comisión política y la amañada dirección departamental decidieron incluir a Florencia Portillo para acompañar la candidatura de Darío Chicas y Luis Salamanca, la intención quedo clara, era solo relleno no debía competir por el curul, porque el diputado tenía que ser Darío Chicas. A pesar de las claras intenciones de la dirección, la base de Morazán, sobre todo de la comunidad Segundo Montes, decidió apoyar a Florencia y con poco recurso económico pero se le hizo campaña, casi logran el cometido de ganar la diputación, pero en el transcurso de la contienda electoral la dirección ordena cesar la propaganda de la compañera y que si persiste en esa conducta será expulsada del partido, amenaza que se hizo efectiva. Como se trata siempre a las personas que no son obedientes a las líneas que dan los dueños de los partidos políticos se les da baja deshonrosa y se les condena a ser llamados traidores. Eso pasó con esta compañera, como ha pasado con muchos cientos de compas que al no obedecer las órdenes de estas personas prepotentes y enfermas de poder.
Lo que más sorprende es la actitud de muchos militantes del FMLN que a pesar de tener una historia de combatividad durante la guerra civil, no son capaces de cuestionar por un momento las líneas de la cúpula del partido sino que son sumisos y aceptan llamar de esa manera a compañeras/os que ellos conocen en muchos casos desde la infancia o los primeros años de la guerra y que después de esta, han tenido una militancia irreprochable.
No se trata de destruir al partido, se trata de cuestionar las acciones que contradicen los principios democráticos que se presentan en los estatutos y la carta de principios del FMLN, la base es considerada un grupo de personas inexpertas y en algunos casos, infiltrada por pensamiento de derecha, basta decir que estas prácticas conspirativas son producto de la vieja escuela estalinista, desconfiar hasta de la sombra y al ver amenazados los intereses personales son capaces de emitir juicios contra compañeros/as, decir que son infiltradas/os para desprestigiar, que el resto de la base desconfíe de estos y les quite su apoyo, ya que el que aun apoye a estos será también llamado traidor/a.
Miedo a la libertad
Muchos militantes del FMLN están en desacuerdo en cómo se dan las direcciones, en cómo se toman las decisiones y cómo no se toma en cuenta las bases, al conversar con las bases de Morazán para conocer el grado de acuerdo o desacuerdo con los candidatos (vitalicios) que la cúpula impone, la mayoría de las personas entrevistadas aseguran no estar de acuerdo con la imposición del partido, es más, no se sienten representadas/os por los diputados y alcaldes de algunos municipios, pero ¿Por qué mantener lealtad al partido? ¿Por qué mantenerse en obediencia? ¿Por qué no fortalecer la organización de tal manera que sean las bases quien proponga candidatos que verdaderamente representen el deseo popular de las bases?
“Es que fuera del Partido no hay más”, es el planteamiento de algunas personas y el lazo creado históricamente ya que dieron su juventud, su sangre, parte de su cuerpo y la vida de familiares; hijos, padres, hermanos, tíos, sobrinos, primos, esposos. Esto los ata y no pueden romper con el Frente, a pesar que saben que la sangre de sus mártires está siendo ultrajada por la actual dirección nacional y departamental. Es de tener paciencia (nos dicen los conformistas), los cambios se pueden hacer desde adentro. Mientras esperamos que un milagro ocurra y que la dirección del FMLN muera en algún accidente vial, aéreo o que se yo, seguiremos legitimando un orden que no es el nuestro, seremos borregos llevados al matadero, dando poder a un sistema que nos oprime y que legitima la pobreza y bendice la riqueza obtenida con el sudor de miles de obreros, debemos perder el miedo de alcanzar la verdadera libertad, de pensar por nosotros mismos nuestro destino. Toda una vida subyugados a la idea que necesitamos de líderes para que dirijan nuestras vidas, debe quebrarse. No es fácil, lo sé, esto debe ser un proceso largo y doloroso, pero con estas letras quiero contribuir a que comience ese reflexionar de todos, debemos comenzar hoy a tomar las riendas de nuestras vidas. Te invito a abrazar la libertad, a hacerle el amor.
La testigo a la que nadie quiso escuchar
Héctor Silva Avalos
Lucía Barrera de Cerna es la única testigo ocular de la masacre de la UCA. Desde un cuartito aledaño a la residencia universitaria donde seis sacerdotes jesuitas y dos empleadas fueron asesinados, esta mujer, empleada doméstica ella también, y su marido, Jorge, vieron cómo un grupo de soldados uniformados entraban a la universidad poco antes de la hora en que los sacerdotes murieran. Fue Lucía quien escuchó al padre Ignacio Martín-Baró -Nachito, le decía ella- gritar a sus asesinos: “¡Esto es una injusticia… sois escoria…!” Haber visto aquello, la última masacre de la guerra civil salvadoreña y el primer gran acto de encubrimiento criminal del Estado salvadoreño de la posguerra, marcó toda la vida de esta mujer y de su pequeña familia: la verdad -“eso que yo vi”, según dice- los llevó al exilio, pero primero le costó una semana de interrogatorio tenaz, cruel e ilegal a manos de agentes del FBI y de un coronel salvadoreño enviado por el gobierno de Alfredo Cristiani a Miami, donde dos gobiernos, el de San Salvador y el de Washington, intentaron quebrar a Lucía y a Jorge para impedir que insistieran en divulgar al mundo que a los sacerdotes jesuitas, y a sus empleadas, los había matado la Fuerza Armada de El Salvador. Pero Lucía y Jorge persistieron y en gran parte gracias a su terquedad por decir la verdad es que hoy la justicia no ha muerto en el caso Jesuitas. Esta es parte de la historia de Lucía Barrera de Cerna y de su esposo, Jorge Cerna. Esta es la historia de la testigo a la que nadie, más allá de los deudos de las víctimas, quería escuchar. En su primer número online, y a pocos días de que se conmemore el 25 aniversario de la masacre de la UCA, Factum publica este reportaje.
16 de noviembre de 1989. Entre las 2 y las 3 de la madrugada. Calle Cantábrico, Campus de la UCA, Antiguo Cuscatlán. Desde la ventana de Lucía.
Lucía oyó los tiros. Las ráfagas. Jorge también. Ya estaban acostumbrados, porque llevaban oyendo balas los cuatro días anteriores en su casa de Soyapango. De ahí habían huido. Desde la noche anterior dormían en un cuarto que los jesuitas de la UCA les habían prestado. Pero hoy, a esta hora, la balacera era peor que las de Soyapango: esta ocurría a unos veinte metros, en el jardin del campus aledaño a una de las residencias de los sacerdotes jesuitas. Y hoy las balas eran acompañadas por gritos, por insultos. Lo primero que Lucía pensó es que había combatientes borrachos en los alrededores armando escándalo. Como pudo, a tientas, dejó su colchoneta y se acercó a la ventana. De cerca, en silencio, su marido, Jorge, también se aproximó a ver qué pasaba.
“La ventana estaba abierta porque una noche antes yo quería ir a donde ellos (los padres). Estaban comiendo porque el padre Nachito estaba tocando guitarra… Cuando empezó el gran escándalo vi a través de la ventana a los soldados; ya estaban tirando al cielo, arruinando todo, haciendo destrozos…” Un cuarto de siglo después de aquello, y tras una hora larga de conversación en la cocina de su casa en San José, California, Lucía vuelve a esos instantes que la marcaron. A ella y a El Salvador.
En medio del escándalo –así evoca ella la balacera–, Lucía alcanzó a oír al padre Ignacio Martín-Baró increpar a sus victimarios.
El cuerpo, dice Lucía, no le respondía, pero su mente le gritaba que corriera a ayudar al padre, que hiciera algo: “Eso no se lo deseo a nadie, a uno se le vuelve el cuerpo horrible, pero yo pensaba en ese momento qué es lo que podía hacer, porque según yo los soldados andaban borrachos. Yo quería irlos a regañar para que pararan…” Lo único que detuvo a Lucía de bajar los pocos escalones y recorrer los escasos metros que la separaban entonces del padre Nacho y de los otros jesuitas fue la certeza de que su esposo, que le respiraba en la espalda, no iba a dejarla.
Luego, silencio.
“Vi a través de la ventana a los soldados”. Eso que Lucía vio era suficiente para desmontar la versión oficial que el gobierno del presidente Alfredo Cristiani y la embajada de los Estados Unidos en El Salvador manejaban incluso tres meses después de la masacre: cabía la posibilidad de que a los jesuitas los hubiese matado la guerrilla, decían. Pero no: Lucía vio soldados aquella noche. Y los volvió a ver por la mañana, cuando jesuitas que habían sobrevivido a las balas del ejército le imploraron que se escondiera.

***
16 de noviembre de 1989. Entre las 2 y las 4 de la mañana. Entrada lateral a la residencia de los jesuitas en el Campus de la UCA. La orden del teniente Espinoza Guerra.
Parado junto a la pequeña puerta que separa el campus de la UCA de la residencia jesuita, y con la cara pintada con camuflaje negro, el teniente Ricardo Espinoza Guerra estaba a punto de dar la orden de matar. Faltaban unos minutos para el inicio de la balacera. Muy poco para que Lucía viera, desde su ventana, a los hombres del teniente.
A las 11 de la mañana del 13 de enero de 1990, en la sede de la Policía Nacional, ante los testigos José Chávez y Douglas Alberto Tejada Maldonado, el teniente reconstruyó lo que había pasado aquella madrugada. Dijo que sus ojos se llenaron de lágrimas cuando, bajo su mando y el de otros dos tenientes, seis efectivos del batallón Atlacatl de la Fuerza Armada vaciaron sus fusiles M-16 y un AK-47 sobre Ignacio Ellacuría Baescoechea, sus compañeros Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes Mozo, Amando López Quintana, Juan Ramón Moreno Pardo y Joaquín López y López, y sobre Elba Julia Ramos y su hija Celina Marissette, empleadas de los sacerdotes.
Dice el teniente que lloró.
Uno de sus subalternos, el soldado Antonio Ramiro Ávalos Vargas, también declaró el 13 de enero de 1990 en la Policía Nacional. A las tres de la tarde, cuatro horas después que el teniente. Ávalos no dijo nada sobre las lágrimas de Espinoza Guerra; sí habló sobre la orden que su teniente le dio.
Desde la puerta aledaña a los dormitorios de los sacerdotes, en la que se había quedado mientras sus hombres cateaban el edificio, el teniente entendió que había llegado el momento de cumplir la orden que horas antes, cuando aun no terminaba la noche del 15 de noviembre, le había dado el coronel Carlos Alfredo Benavides: matar a Ellacuría y no dejar testigos.
A unos 20 metros, Ávalos Vargas, el sargento Solórzano Esquivel y otros tres hombres vigilaban a cuatro de los sacerdotes, a quienes habían ordenado acostarse boca abajo sobre el engramado.
Ante el llamado de su teniente, Ávalos Vargas caminó hasta los escalones que separan la puerta del pasillo que conduce hasta el jardín donde yacían Ellacuría y sus compañeros.
“¿A qué horas vas a proceder?”, le preguntó Espinoza Guerra.
Ávalos Vargas entendió la orden. Regresó al jardín y susurró al oído de Óscar Mariano Amaya Grimaldi, el soldado que apuntaba un AK-47 a las cabezas de tres de los sacerdotes: “Procedamos.” Ávalos y Amaya vaciaron sus cargadores sobre cuatro de los jesuitas.
“Hacia el norte, a un metro y medio de esos cuerpos, hay una pared con múltiples manchas de sangre de diferentes tamaños, y cerca de los cuerpos partículas de masa encefálica…”, describe la escena un documento del Juzgado Cuarto de lo Penal de San Salvador, traducido al inglés por el Servicio de Investigaciones de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
Cerca de la entrada que de los dormitorios da al jardín yacía, solitario, un zapato café, marca Hush Puppies, del padre Moreno Pardo. A las ráfagas de Ávalos y Amaya siguieron otras, de otros soldados, que mataron a este jesuita, y luego más que acabaron con la vida del padre Joaquín López y López, quien alcanzó a arrastrase para agarrar la pierna de uno de los soldados; por respuesta, este sacerdote recibió otra ráfaga. Las últimas en morir fueron Elba, la cocinera, quien esa noche dormía junto a su hija Celina en uno de los dormitorios de la residencia jesuita.
El terror se percibe incluso en la hoja de papel marcada CRS-3 en el documento de la Biblioteca del Congreso estadounidense, donde constan las causas de las muertes según los apuntes forenses: “La destrucción de la masa encefálica, causada por lesiones provocadas por armas de fuego que provocaron shock irreversible por hemorragia encefálica”. Esa causa de muerte es la misma para los padres Ellacuría, Moreno, Montes, Martín-Baró, López Quintana y Elba Ramos. A todos ellos los soldados les vaciaron sus cargadores en la cabeza.
Al padre López y López le apuntaron al pecho: “Causa de muerte son las lesiones producidas por arma de fuego que dañaron pulmones, corazón e hígado, causando shock irreversible por hemorragia toráxico-abdominal”.
A Celina Marissette le dispararon por todo el cuerpo: murió de shock hemorrágico encefálico y toráxico.
***
Así luce en la actualidad el pasillo que conduce de las casas gemelas a la residencia donde los jesuitas fueron asesinados. Foto de Héctor Silva.
Así luce en la actualidad el pasillo que conduce de las casas gemelas a la residencia donde los jesuitas fueron asesinados. Foto de Héctor Silva.
15 de noviembre de 1989. Soyapango y Antiguo Cuscatlán. La primera huida.
Jorge Cerna se paró en el umbral. Vio de nuevo el pequeño patio en el que había construido el horno para hacer pan. No sabía qué hacer. Ese horno había sido el pilar de su familia y dejarlo ahora parecía una locura, a pesar de las balas. Afuera de la casa, en Soyapango, su mujer, Lucía, le imploraba para que se fueran de una vez de ahí, ellos y su niña pequeña, Geraldina, que entonces tenía cuatro años.
“Andate vos”, recuerda Jorge que dijo a su mujer. “Andate y yo me quedo cuidando esto”.
Lucía no cedió. Ella ya tenía una solución: había pensado hablarle al padre Nachito, el jesuita Ignacio Martín-Baró, para pedirle posada. A Jorge esa no le parecía una mala alternativa para escapar por un rato de los balazos que, cuatro días después de iniciada la ofensiva del FMLN sobre San Salvador, hacían de la vida una empresa demasiado difícil en Soyapango. Pero, además de la reticencia a dejar tirados su casa y su horno, a Jorge le pesaba la sospecha de que los jefes de su esposa, los jesuitas de la UCA, podían no recibirlo a él con la misma comprensión que a Lucía y a Geraldina.
“Pensá bien lo que vas a hacer. No te podés quedar aquí. Vas a conocer al padre… Ellos nos van a ayudar”, insistió por última vez la mujer.
Jorge se decidió. Cerró su casa y emprendió camino con su familia hacia el otro lado de la ciudad, a un lugar que, pensaron él y su mujer, sería mucho más seguro que Soyapango.
Cuatro días antes, el 11 de noviembre por la noche, el FMLN había lanzado la ofensiva más feroz contra el gobierno y el ejército en los 9 años que iban de guerra. Durante meses, los comandantes guerrilleros habían replegado sus fuerzas desde las montañas del norte del país hacia los contornos de la capital. Una de las principales tácticas guerrilleras, según se lee en informes desclasificados de los Estados Unidos, había sido infiltrar sus tropas en los barrios y ciudades dormitorios de San Salvadore para, desde ahí, sitiar la ciudad, lanzar ataques relámpago a objetivos militares de trascendencia y replegarse de nuevo. Soyapango, municipio de entrada desde el oriente del país, era uno de los enclaves más importantes para la guerrilla. De ahí huyeron los Cerna.
En el bulevar del Ejército, hasta donde la familia Cerna llegó caminando en busca de un transporte que los llevara al centro de San Salvador, ocurrió el primer encontronazo con los soldados. Jorge recuerda que las balas nunca dejaron de sonar a su alrededor. Cuando llegaron a un punto de la carretera en que estaban parando pick-ups –el transporte público estaba totalmente paralizado a esas alturas de la ofensiva–, un retén de uniformados del ejército paraba y dejaba pasar gente entre gritos y amenazas. Uno de los soldados, recuerda Lucía, no dejaba de disparar al aire. El motorista del pick-up les pedía un colón por cabeza para llevarlos.
“ ‘Váyanse, váyanse’, nos decía el hombre, y seguía con la disparazón. Un gran miedo que daba”, recuerda Lucía el principo de su viaje.
Alrededor del mediodía, los Cerna llegaron hasta el centro de la capital. Lucía llamó al padre Martín-Baró desde un teléfono público. “Vente mujer, vente. Aquí a la casa 15 y aquí te espero. No sé a qué horas vas a venir por ese problema del transporte…”, le dijo. Pero llegaron. Poco antes de las 4 de la tarde, los Cerna se bajaban en La Ceiba, frente a la Basílica de Guadalupe, en el lindero suroeste de San Salvador, a pocos metros ya de la universidad jesuita.
A pesar de las balas y de que habían dejado sola la casita de Soyapango, Lucía estaba feliz. El padre Nacho la recibió: “Que bueno mujer que ya vienes”. Lucía presentó a su esposo con Martín-Baró. El sacerdote los llevó hasta las casas gemelas, como la comunidad jesuita y sus empleados conocían a las dos pequeñas residencias -15 y 16 de la Calle Cantábrico- en las que entonces dormían otros sacerdotes y en las que desde 1991 funciona la radio universitaria, la YSUCA.
Lucía escogió una de las habitaciones de la planta alta, vacía entonces porque los inquilinos habituales dormían esos días en otras residencias de jesuitas en la ciudad. En ese cuarto se sentía cómoda a pesar de que era solo eso: el cuarto y sus paredes, nada de camas. “Y cómo no me iba a sentir bien, si lo había limpiado tantas veces”, recuerda la mujer, que llevaba ya cuatro años trabajando como empleada doméstica para la UCA y para los jesuitas. Fue el padre Nacho quien buscó colchonetas para los Cerna y los dejó instalados en el cuarto con camas, paredes y ventana.
No pasó mucho tiempo antes de que el sacerdote regresara a buscar a Lucía: no hay quien haga la comida, le dijo. La mujer no dudó en ofrecerse como cocinera. Martín-Baró quedó de confirmarle, pero volvió al rato para decirle que no iba a ser neceario: ya la mujer de un trabajador de la UCA se había ofrecido para cocinar; haría la cena y luego dormiría ahí con su hija. Esa mujer se llamaba Elba Ramos.
Faltaba poco para las seis de la tarde, hora en que empezaba el toque de queda decretado por el gobierno desde el inicio de la ofensiva guerrillera. Jorge salió a una de las pocas tiendas abiertas en los alrededores a comprar una gaseosa y pan dulce, la cena para su familia. Lucía se quedó en el cuarto. Mientras esperaba a su esposo, la mujer oyó la guitarra del padre Nacho, escuchó cantos que llegaban desde la residencia. Se sintió bien. Quiso bajar, pero decidió esperar a Jorge. Para oír mejor abrió su ventana.
***
16 de noviembre de 1989. Entre las 6:15 y las 8:00 a.m. Campus de la UCA y Antiguo Cuscatlán. Decir la verdad y la segunda huida.
Los Cerna bajaron pocos minutos después del fin del toque de queda. Jorge se aventuró primero hasta el jardin de los padres. Alcanzó a ver lo que el mundo vería horas después: los cuerpos de Martín-Baro, Segundo Montes e Ignacio Ellacuría tendidos, ensangrentados, sin vida. No dejó que su mujer e hija se quedaran mucho tiempo: “No vayás, hasta aquí quedate, andate para la casa otra vez y te llevás a la niña, que no vea estas imágenes”. Lucía volvió a la casa número 15.
Una de las vecinas de las casas gemelas se había atrevido a salir al portón de su casa, ubicada también sobre la Calle del Cantábrico, apenas pasadas las seis de la mañana. Lucía recuerda a esa señora como Doña Tere, empleada también de la universidad.
Doña Tere vio salir a Lucía apurada de la casa número 15, ubicada en diagonal de su portón.
—¿Y qué andas haciendo tan de mañana?, preguntó Tere.
—Ayer en la tarde hemos venido, pero pasa una desgracia porque los padres se murieron anoche, dijo Lucía sin apenas detenerse.
—¿Qué decís?
—Sí, ayer los mataron…
Dejó Lucía sus palabras colgadas en el aire aquella mañana mientras caminaba de prisa hacia otra casa de esa calle, la número 50, donde la noche anterior habían dormindo los padres José María Tojeira, el provincial jesuita para Centro América, y Francisco Estrada.
Primero, Lucía le contó al padre Estrada lo que había visto desde su ventana unas horas antes. Luego llegó hasta un pasillo donde había una pila de agua en la que Tojeira terminaba de rasurarse. La mujer repitió su relato. Sin limpiarse la cara, el provincial salió hacia la universidad. Lo siguió Estrada, quien antes de irse pidió a Lucía que se escondiera. Con lo que había pasado, y si era cierto lo que ella decía sobre los autores de la masacre, le dijo Estrada, a los jesuitas les sería casi imposible proteger a los Cerna.
Lucía no entendía. “Yo sentía que había que decir lo que había pasado, porque eso había pasado”, dice 25 años después desde su casa en San José.
Antes de las 7 de la mañana de ese día, menos de 24 horas después de haber salido a la fuerza de su casa en Soyapango, los Cerna volvían a huir. Jorge llevaba unas pocas bolsas y a Geraldina en brazos; Lucía cargaba sobre su cabeza las dos colchonetas.
Al llegar a la Calle del Mediterráneo, cien metros al sur de la Calle del Cantábrico, los Cerna vieron más escombros, más vestigios de la violencia que habían oído la noche anterior. Lucía recuerda kioskos de madera y aluminio desmantelados, saqueados. De frente, al salir a la bocacalle de la Mediterráneo y la Avenida Río Amazonas, usualmente transitada por buses, autos y peatones pero vacía aquella mañana, Jorge se topó de frente con un grupo de soldados. Fue entonces cuando Lucía tuvo conciencia, por primera vez, del miedo.
“Yo no les daba la cara a los hombres, me tapaba con las colchonetas, pero así de reojo vi a uno de ellos que se parecía a uno de los que había visto en la noche cuando yo estaba en la ventana. Yo vi un grupito de cinco soldados detrás de la casa allí donde aparecieron las mujeres muertas. Iban entrando y uniformados”, vuelve a recordar la mujer.
“¿De dónde vienen?”, preguntaron los soldados a Jorge. El hombre supo, en el acto, que de la convicción de su respuesta dependía en gran medida la vida de su familia. “De Soyapango”, contestó.
Hoy, 25 años después, sentado en la cocina de su casa de una planta en California, Jorge vuelve a percatarse de que la suerte, Dios o el destino lo acompañaron aquel día. Y su buena fortuna, cree, tiene mucho a deber a la falta de inteligencia del soldado que lo abordó. “Si hubiera sido listo no me hubiera creído… ¿Cómo iba a venir de Soyapango a esa hora y con toque de queda?” Un superior de aquel soldado los dejó pasar, no sin antes lanzar al aire una advertencia que, vista entonces a la luz de la masacre que acababan de presenciar, no tenía nada de bufonada: “Que se vayan, pero si viene otro vuélenle verga”.
El único lugar al que los Cerna podían ir era a la casa de la mamá de Lucía, una champita de paja y madera ubicada a un par de kilómetros de la UCA, en los campos aledaños al jardín botánico de Antiguo Cuscatlán. Pasaron ahí desde ese jueves hasta el lunes 20 de noviembre. Guardaron silencio.
El jardín de las rosas. Lugar donde fueron asesinados los jesuitas el 16 de noviembre de 1989. Foto de Héctor Silva, tomada en diciembre de 2013.
El jardín de las rosas. Lugar donde fueron asesinados los jesuitas el 16 de noviembre de 1989. Foto de Héctor Silva, tomada en diciembre de 2013.***
Septiembre de 2014. Casa de los Cerna. San José, California. Los silencios.
Lucía no para en la cocina. Va de la mesa, en la que ha servido las pupusas que recién preparó en la mañana y el curtido puesto a marinar días atrás en vinagre de piña –para evitar la acidez, dice–, al microondas, a la refrigeradora. Lucía Barrera de Cerna es una mujer servicial, sonriente, que parece hacer de la comodidad de sus invitados una misión importante.
Aún le cuesta hablar con fluidez de lo que vio desde su ventana hace 25 años o de los tormentos, miedos y sinsabores personales y familiares que le llegaron por insistir en contar eso que vio. La mujer pasa sin problemas por el relato de su salida de Soyapango y recuerda hasta con euforia los años en que trabajó con los jesuitas. Cuando llega a sus razones para no guardar silencio habla bajo primero, casi en un susurro, pero conforme las imágenes o los sonidos de aquel 16 de noviembre van volviendo, se va abriendo paso en Lucía una voz más firme que siempre termina en una sentencia: “Vi lo que vi. Y tenía que contar esa verdad. Eso se lo debía al padre Nachito”. Pero así como en la conversación que evoca recuerdos la convicción llega después del susurro, en 1989 a la terquedad por ser fiel a la verdad la precedió el silencio, un momento breve de duda, motivada por el instinto de sobrevivir. Lucía y Jorge reviven el momento.
—Lo más raro de las cosas, y que yo hasta este momento no comprendo, es que allí (en la champa de su madre) estuvimos un par de días y no comentábamos ni platicábamos del caso, le dice ella.
—Pasó, pasó. Vimos lo que vimos y nos habían dicho ‘no anden diciendo nada’. Y no dijimos esos días, ni entre nosotros…
—Nos enmudecimos, ¿qué pasó? Por instinto, me acuerdo que él no comentaba ni yo comentaba. Me acuerdo que no tenía hambre.
***
Antiguo Cuscatlán, San Salvador y Washington. 16 de noviembre de 1989. Mañana y tarde. El inicio del encubrimiento.
A las 2:30 p.m., la estación de la CIA en San Salvador envió a Washington el reporte del 16 de noviembre, como lo hacía a diario desde que había iniciado la ofensiva guerrillera en San Salvador. El “reporte situacional” 162229Z trata, en el segundo de nueve puntos, la masacre: “A las 0030 horas (tiempo local) el rector de la Universidad de Centro América (sic), Ignacio Ellacuría, el vice-rector Ignacio Martín-Baró, y otros cuatro sacerdotes fueron asesinados por sujetos no identificados. La cocinera y su hija también fueron asesinadas… Informalmente, oficiales militares salvadoreños han culpado al FMLN del asesinato de Ellacuría…” Esa misma tarde, un informante contaría otra versión a los agentes de la CIA.
Los EmbOffs, como un cable identifica a los dos funcionarios estadounidenses que llegaron al jardín que separaba la residencia de los jesuitas de la pequeña Calle del Cantábrico en el lindero sur del campus, vieron los cadáveres de Ignacio Ellacuría, Segundo Montes, Ignacio Martín-Baró y Amando López tirados en la grama. Llegaron cuando ya en el lugar estaban otros jesuitas, reporteros, policías y otros miembros del cuerpo diplomático. Vieron de cerca, los EmbOffs, los cuatro cuerpos, el de Ellacuría con su bata café, el de Martín-Baró con pantalón celeste y camisa azul de manga corta, el de Segundo Montes y el de Amando López sobre el pasto, con los brazos extendidos hacia adelante, como queriendo gatear en un último intento por aferrarse a la vida.
Ahí, frente a los cuerpos, tras la cinta amarilla, los EmbOffs hablaron con “periodistas… fuentes… y un profesor de la UCA”. “Siete hombres entraron a la residencia entre las 2:30 y las 3:00 a.m. Un sacerdote jesuita dio la noticia al Arzobispo luego que terminó el toque de queda a las 0600 (hora local)”, contó el catedrático. Oyeron más cosas los EmbOffs, pero es imposible saber qué: al menos cuatro líneas del párrafo que relata el testimonio inicial de los oficiales en el primer memo enviado desde la embajada en San Salvador al Departamento de Estado en Washington están tachadas.
Con los insumos que los EmbOffs llevaron a la embajada, el embajador de Washington en San Salvador, William Walker, envió, ese mismo día, el primer cable oficial de su despacho sobre la masacre a la oficina del Secretario de Estado, James Baker. El cable, número SAO14855 titulado “Rector Jesuita de la UCA asesinado a tiros; otros siete asesinados” también fue enviado a las embajadas en Roma, Guatemala, San José, Tegucigalpa, Managua, México y Caracas.
La conclusión inicial de Walker, tras relatar la información que le dieron sus EmbOffs, es la misma que el embajador y el Gobierno del presidente Alfredo Cristiani sostendrían al menos hasta bien entrado enero del año siguiente: a los jesuitas bien podrían haberlos matado extremistas de izquierda como de derecha. El embajador se inclina por la última opción, sin mencionar al ejército y sin descartar la autoría del FMLN. “La embajada no tiene información de testigos presenciales de los asesinatos. Es plausible que extremistas, ya sea de derecha o izquierda, sean responsables de los asesinatos. Ellacuría… pudo haber sido un objetivo de extremistas de derecha. Sin embargo, no hay que descartar que extremistas del FMLN hayan matado a Ellacuría y los otros… Ellacuría había desaprobado recientemente en público posiciones del FMLN e incluso a regañadientes había aceptado algunas políticas de Cristiani”, concluye Walker en su memo.
Un día después, el 17 de noviembre, el embajador de George Bush padre escribió un memo más largo para sus jefes en Washington. En 11 puntos desplegados en tres páginas, Walker vuelve a la doble tesis de autoría, pero esta vez es más claro al decir que sus sospechas apuntan hacia la derecha: “Hay señales cada vez más preocupantes de que quienes ejecutaron al Padre Ellacuría y sus compañeros están conectados con elementos de la extrema derecha”.
“La embajada no tiene información de testigos presenciales”, escribió Walker. No la tenía ese 17 de noviembre. La tendría el siguiente lunes, el 20. Pero cuando Estados Unidos supo de la existencia de Lucía y su testimonio, lo que Washington hizo, sobre todo a través del FBI, fue facilitar al gobierno de Cristiani y a la Fuerza Armada todas las herramientas para acosarla y presionarla a desmentirse de lo que ya había empezado a decir a organismos no gubernamentales de derechos humanos y al cuerpo diplomático acreditado en El Salvador.
***
Lunes 20 al miércoles 23 de noviembre de 1989. Oficina provincial jesuita, Antiguo Cuscatlán. Embajadas de España y Francia en San Salvador. Aeropuerto internacional en Comalapa. La tercera huida.
Llegó el lunes. Los Cerna decidieron que Lucía iría a la oficina del padre Tojeira, a pocas cuadras del campus de la UCA. Jorge había estado el fin de semana en Soyapango para ver si regresar a casa era una opción. No lo era.
Sin detenerse en la puerta, Lucía fue hasta el despacho del sacerdote. “Puedo sacarle el basurero”, padre, pidió, como dispuesta a volver al trabajo de una vez para, desde su vida como empleada de los jesuitas, enfrentar lo que había visto. “Sí, Lucía, ven”, dijo Tojeira. La mujer alcanzó a dar el pésame: “lloraba yo cada vez que me acordaba de lo que había pasado…”
“Lucía, ha sido un dolor tremendo para todos, pero ellos están mejor que nosotros porque están en el cielo y desde allá te están cuidando, porque ellos siempre te quisieron y cuidaron mucho”, le dijo Tojeira.
Cuando Lucía salió de la oficina se encontró con una mujer a la que ya había visto antes en los despachos de la UCA. Tras el silencio que había guardado durante cuatro días después de que oyó al padre Nacho increpar a sus asesinos, Lucía empezó a contar y a contar. Sin parar. Le contó a aquella mujer todo lo que había visto. El nombre de esa señora era María Julia Hernández, entonces directora de la Oficina de Tutela Legal del Arzobispado de San Salvador.
—Los padres se murieron, señora, y para mí es un dolor bien grande lo que sucedió porque yo hubiera querido ir pero no pude porque los hombres llegaron y los padres se murieron, le dijo Lucía.
—¿Me podrías enseñar a dónde fue eso?, pidió Hernández.
Lucía regresó entonces al cuarto de la casa número 15 de la Calle Cantábrico para mostrar su ventana y relatar lo que desde ahí había visto. María Julia Hernández se asustó. Le pidió que se quedará ahí, que no saliera. Regresó al rato.
—Mirá, tú no podés estar en El Salvador, le dijo.
—¿Por qué, si yo no he hecho nada? Yo lo que he hecho es enseñar lo que pasó…
Después de esa conversación, horas después, Tutela Legal y los jesuitas en San Salvador habían arreglado para que Lucía Barrera de Cerna, su esposo Jorge y su hija Geraldina se refugiaran en la Embajada de España. Hasta ahí llegaron peritos judiciales a tomar testimonio a Lucía, para agregarlo al expediente que ya había abierto el Juzgado Cuarto de lo Penal por la masacre de la UCA.
Ya para entonces, Lucía vivía en una especie de letargia permanente. No entendía por qué debía esconderse. No entendía a quienes le decían que el gobierno quería dañarla cuando, para ella, su testimonio era solo una ayuda para econtrar a los culpables. “Una que nunca ha andado ni siquiera peleando en el mercado y ahora meterse en ese gran lío, yo estaba de mis nervios hecha pedazos de aflicción. Él (Jorge) solo me decía no te aflijas, la niña te necesita y yo te necesito. Y yo callada”, recuerda en su casa.
Así, con la misma mudada con la que habían salido de Soyapango poco menos de una semana antes, los Cerna empezaban otra huida. Ni siquiera la Embajada de España era una opción.
Cuenta Lucía: “Esa misma tarde llegó el juez como a las 5 y allí estaba el padre Sainz y el padre Chema (Tojeira). Esa misma tarde llegaron un montón de fotógrafos, periodistas, la sala se llenó y yo narrándole la situación al juez, un hombre escribiendo en una máquina al lado… y yo le dije todo allí. Entonces como yo estaba contando lo que sucedió llegó el embajador y dijo ‘Lucía no puede estar aquí más porque van a asaltar la embajada… Solo hay dos hombres de seguridad, no podemos…’”.
La embajada de Francia hizo lo que los españoles no: proteger a los Cerna. Luego de que Lucía empezó a rendir testimonio oficial, los franceses acogieron a la familia. Al día siguiente, 21 de noviembre, la mujer continúo su declaración en la representación diplomática de París en San Salvador. Al poco tiempo, una funcionaria salvadoreña llegó a entregarles tres pasaportes: los Cerna se irían ese mismo día a Estados Unidos, a Miami, donde según el arreglo de los jesuitas los recibirían sacerdotes de la Compañía de Jesús.
Recuerda Jorge: “A la cinco era la salida del vuelo y nosotros llegamos al aeropuerto a la 5:10 y el vuelo ya se había ido. Para nosotros fue una cosa bien tremenda porque se estaba acercando el toque de queda. Pero desde ese momento, la Embajada de Francia tomó control sobre nosotros, ni una mosca se podía acercar a nosotros. Nos cuidaron bien, mejor que el batallón Atlacatl”. La sonrisa con que el esposo de Lucía lo cuenta hace imposible que se fugue la ironía: los franceses los cuidaban ahora de los salvadoreños que habían matado a los padres jesuitas.
El embajador de Francia fue quien arregló la situación al mandar a llamar, de Belice, a un avión militar de su país para que llevara a los Cerna hasta Miami. Antes de salir, cuenta Jorge, Geraldina se le escapó de sus brazos para asomarse a un cuarto en el que había una televisión encendida. Cuando el hombre caminó para alcanzar a su hija vio que un grupo de soldados salvadoreños se le acercaban. Los franceses, que también observaron el movimiento, se acercaron a los militares locales para recordarles que los Cerna estaban bajo la protección de Francia.
El cansancio de Lucía era ya paralizante. Oía a quienes hablaban a su alrededor sin realmente entender que decían. Recuerda, sí, que llegó el “embajador gringo” y que “nos vio con tanto desprecio”.
El relato de los Cerna se avecina al arribo a Miami, un capítulo que para Lucía fue, si cabe, más traumático que presenciar la llegada a la UCA de los soldados que tenían por misión asesinar a los padres jesuitas: durante una semana, según el relato del matrimonio, que después fue validado por el Congreso de los Estados Unidos y un juez español, agentes del FBI, comandados por un militar salvadoreño, sometieron a los Cerna a varios vejámenes sicológicos y otros tipos de tortura para que cambiaran o renegaran de su testimonio. Un día, por ejemplo, los dejaron sin comer, a ellos y a la pequeña Geraldina.
Lucía se esombrece. En su rostro, 25 años después, vuelve a pintarse la aflicción, el repudio. Jorge toma la batuta del relato:
—Como a las 10 (de la noche) llegamos a Miami.
—Nos apartaron, dice Lucía.
—Nos explicaron que nos iban a dar unos papeles y ahí nos cayeron los del FBI.
—Nos agarraron como que éramos criminales… horrible.
***
20 y 21 de noviembre de 1989. Departamento de Estado, Washington, DC. El peso de lo que Lucía vio.
A esas alturas, en privado, Estados Unidos albergaba serias sospechas de que el ejército salvadoreño estaba involucrado, desde el más alto nivel, en la masacre de los jesuitas. En público, sin embargo, Walker seguía mandando señales ambiguas. Y en privado también: el FBI se disponía a quebrar la moral de los únicos testigos presenciales de aquellos hechos.
Un día antes de que los Cerna aterrizaran en Miami, el secretario de Estado Baker se había asegurado de tener una línea privilegiada de información sobre lo que había pasado en el campus de la UCA. En un memo clasificado como secreto y sensitivo, el Secretario pide directamente a William Webster, director de la CIA, que determinar quien mató a los jesuitas era “un asunto de la más alta prioridad para esta administración”.
Baker pidió a la CIA, la primera agencia que informó a Washington desde San Salvador sobre la autoría militar, una investigación independiente de la que debía mantener informado al Subsecretario Bernard Aronson, el diplomático de más jerarquía dedicado a América Latina y jefe directo del embajador Walker.
El Secretario de Estado, además, hizo una petición concreta y “urgente”: una “base de información sobre las unidades militares presentes en el área (de la Universidad) a la hora de los asesinatos, y las órdenes giradas a dichas unidades”. Esto es lo que Baker quería averiguar: “que la ESAF (Fuerza Armada de El Salvador, en inglés) explique cómo un grupo de asesinos puede disparar de forma nutrida durante media hora en un área patrullada por militares sin obtener respuesta”.
En los 25 años que han pasado desde la madrugada del 16 de noviembre de 1989, cuando del rostro camuflado del teniente Espinoza Guerra salió la orden de matar, ninguna autoridad salvadoreña respondió del todo a la pregunta del Secretario de Estado de Bush padre, sobre todo lo referente a las órdenes.
La misma pregunta, y las posibles respuestas, están a la base de un caso por terrorismo abierto en al Juzgado Sexto de la Audiencia Nacional de España contra 21 militares salvadoreños, incluido todo el alto mando de aquellos años. En ese juicio el testimonio de Lucía Barrera de Cerna, la testigo a la que nadie quería escuchar en 1989, es fundamental. Mucho dolor, sin embargo, faltaba pasar a esta mujer y a su familia por la terquedad de “enseñar lo que pasó”.
Próxima entrega: El Salvador encubre, de cómo el Estado salvadoreño, con ayuda de Washington, hizo todo los posible por aplastar a los Cerna, y de cómo, a pesar de todo, la verdad de Lucía Barrera de Cerna terminó siendo escuchada.
domingo, 2 de noviembre de 2014
Vivos se los llevaron, vivos los queremos
¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?
1 Corintios 15:55-57
Carlos Bucio Borja
Un ignominioso y atroz crimen se cometió entre los días 26 y 27 del pasado mes de septiembre en la ciudad de Iguala en el sureño estado de Guerrero, México, cuando policías municipales de la referida ciudad atacaron con armas de fuego a una manifestación de jóvenes estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, un poblado rural de Guerrero. Periodistas y personas civiles también fueron blanco de dicho ataque. Como resultado de este alevoso acto de represión, elementos de la policía municipal de Iguala mataron a los estudiantes Julio César Mondragón Fuentes, Julio César Ramírez Nava y Daniel Solís Gallardo, así como a 2 integrantes del equipo de fútbol de tercera división “Los Avispones” y a una señora que transitaba por el lugar; e hirieron a otras 17 personas.
En respuesta al asesinato de sus compañeros y demás personas civiles, los jóvenes normalistas de Ayotzinapa sobrevivientes continuaron sus protestas y organizaron una conferencia de prensa en compañía de profesores pertenecientes a la CETEG (Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero). En lugar de buscar una forma de resolución política civilizada en cuanto a los referidos hechos, las “autoridades” de Iguala —bajo el gobierno municipal del alcalde José Luis Abarca Velázquez y del gobernador estatal, Ángel Aguirre, ambos miembros del “izquierdista” partido de oposición, Partido Revolucionario Democrático—, procedieron, por medio de la policía local, a la desaparición forzosa, de 58 estudiantes normalistas, a quienes posteriormente entregaron al grupo narco criminal “Guerreros Unidos”, de acuerdo a diferentes fuentes. Horas más tarde, 15 estudiantes fueron liberados, pero hasta el día de hoy 43 estudiantes aún se mantienen desaparecidos.
A raíz de la matanza del 26 de septiembre y posterior desaparición de 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa, el alcalde de Iguala y su esposa, María de los Ángeles Pineda —a quien se vincula con el cartel narco criminal de Beltran Leyva— se dieron a la fuga. Desde entonces se desconoce su paradero. Además, 22 agentes de la policía municipal de Iguala han sido detenidos, y como resultado de las protestas estudiantiles a nivel nacional, el gobernador Ángel Aguirre se vio forzado a renunciar temporalmente el pasado 23 de octubre. En días posteriores instituciones gubernamentales mexicanas con el apoyo de un equipo de antropología forense argentino procedieron a excavar más de 1 fosa común con varios cadáveres sin obtenerse resultados que confirmen que dichos cuerpos sean los de los jóvenes normalistas desaparecidos entre el 26 y 27 de septiembre. A raíz de la presión nacional e internacional ya existe un proceso político e institucional para conocer el paradero de los 43 normalistas desaparecidos, proceso que involucra un acuerdo firmado entre los familiares de las víctimas y el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto el pasado 29 de octubre para resolver este caso. Sin embargo, es una obligación moral, para los gobiernos del continente americano, principalmente los gobiernos de izquierda, no aflojar los esfuerzos para llamar la atención al gobierno mexicano en cuanto a la preocupación e indignación respecto a los pavorosos hechos de Ayotzinapa el pasado mes de septiembre, y otros similares que con frecuencia ocurren en territorio mexicano desde hace más de un sexenio; hechos que recuerdan el terror de estado y paramilitar que vivió América Latina durante los años 70 y 80. Más aún, no se puede dar por concluido este nuevo pavoroso y repugnante caso en México —no un estado no fallido, pero sí un estado deficiente, en el cual durante el sexenio gubernamental del presidente Felipe Calderón (2006-2012) se reportaron 136,000 muertos y 30,000 desaparecidos; y durante los primeros 14 meses del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se reportaron 26,000 muertos en todo el territorio nacional—, mientras no se le de el debido apoyo humanitario, sicológico e institucional a los familiares de las víctimas, así como una resolución completa sobre la verdad en cuanto a la matanza y desaparición colectiva de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa.
En estos días, el presidente Salvador Sánchez Cerén y su equipo de relaciones exteriores se encuentran en una visita de estado en territorio mexicano. El viaje es muy importante para ambas naciones en cuanto a discutir problemas y experiencias comunes que ambas comparten: movimientos migratorios ilegales, narco criminalidad y pandillera; lazos e iniciativas económicas y comerciales; etc. Además, el gobierno y el pueblo mexicano jugaron un papel crucial durante los años 80 respecto a apoyo humanitario a exiliados salvadoreños en territorio mexicano; y apoyo al FMLN-FDR mediante la declaración franco-mexicana de 28 de agosto de 1981, la cual reconocía el carácter justo de la insurgencia salvadoreña en aquellos años. El contexto geopolítico y económico de nuestros pueblos en los albores del siglo XXI es muy diferente al que se vivía en los años 80. Es muy importante cultivar la relación de amistad y colaboración entre ambos pueblos y estados. Sin embargo, el FMLN no puede olvidar sus orígenes en las heroicas luchas reivindicativas de campesinos, pueblos originarios, trabajadores y estudiantes durante la mayor parte del siglo XX en El Salvador. Todas estas luchas estuvieron —y están— relacionadas con los más profundos derechos humanos de El Salvador y la gran nación latinoamericana —nuestra Patria Grande—. En tal sentido, el gobierno salvadoreño no puede ser indiferente ante la sangre derramada y la desaparición de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, máxime cuando recientemente —el pasado 21 de octubre— le ha sido conferido en las Naciones Unidas al estado salvadoreño membresía en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
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Que la justicia sea con los mártires y jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa y sus familiares… Que la justicia y la paz sean con la Patria Grande latinoamericana.
Adjunto los nombres de los 43 jóvenes desaparecidos de Ayotzinapa y sus perfiles biográficos, tal como fueron recopilados por el periodista París Martínez y difundidos en el discurso de la gran escritora mexicana Elena Poniatowska en el Zócalo de la ciudad de México el 26 de octubre pasado. También adjunto un reciente análisis por el periodista argentino Eduardo Anguita e invitados en el programa La Historia en Debate sobre los hechos de Ayotzinapa en septiembre pasado, así como la situación en México en general hoy en día.
1. Jhosivani Guerrero de la Cruz, de 20 años, de Omeapa delgado, de cara espigada, de ojos rasgados apodado “Coreano” camina 4 kilómetros de ida hasta la carretera para tomar el transporte y cuatro de regreso porque quiere ser maestro de primaria en su tierra Omeapa.
2. A Luis Ángel Abarca Carrillo, de 21 años, de la Costa Chica, de San Antonio, municipio de Cuautepec lo apodan Amiltzingo. Muy cariñoso, es miembro de la “Casa Activista” en la que los normalistas pueden inscribirse para recibir formación política. Allá adentro resuena el nombre de Lucio Cabañas. Los ricos de Guerrero consideran revoltosos a los normalistas porque el héroe al que buscan imitar es el guerrillero Lucio Cabañas que también fue maestro.
3. A Marco Antonio Gómez Molina, de 20 años apodado Tuntún de Tixtla le encantan las tocadas de rock, le gusta mucho “Saratoga”, “Extravaganza”, “Los Ángeles del Infierno”. También él es compañero que siempre hace reír de la Casa Activista.
4. A Saúl Bruno García, de 18 años lo conocen como Chicharrón, y es “desmadroso”, es de los que trata de hacerte reír hasta donde más, muy bromista y amistoso. Es de Tecuanapa y le falta el dedo anular de la mano izquierda porque se lo mordió el molino cuando hacia la masa. Saúl Bruno García rapó a todos los de la “Casa Activista”. Un compañero tenía fotos del momento de la rapada en su celular, pero los policías se lo quitaron.
5. Jorge Antonio Tizapa Legideño, de Tixtla tiene 20 años –dice su mamá–, y tiene un hoyito en la mejilla izquierda. Le gusta trabajar en el campo sembrar granos y hortalizas porque nunca alcanzan los recursos del gobierno estatal para los 500 estudiantes.
6. Abel García Hernández, de Tecuanapa es un niño campesino de 19 años, tiene una mancha atrás de la oreja derecha, es flaquito y mide 1.62 de altura.
7. A Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, de 19 años lo bautizaron como “el Frijolito” y es de la Costa. Parlanchín, siempre está dispuesto a ayudar a las personas”. “El Frijolito” fue el primero en ponerse de pie para donar su sangre cuando la pidieron en Tixtla para un enfermo.
8. Adan Abraján de la Cruz, de 20 años, campesino, es del Barrio de El Fortín, en Tixtla, un pueblo que cuida la Policía Comunitaria. Es del equipo de futbol de los Pirotécnicos de El Fortín, sus amigos lo consideran buen futbolista…
9. Felipe Arnulfo Rosa, campesino es de un rancho del Municipio de Ayutla y tiene 20 años. Se cayó de espaldas siendo chiquito y tiene una cicatriz en la nuca.
10. A Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, lo bautizaron como “Pilas”, por inteligente. “No echa relajo, es sereno y razona mejor que otros, le gusta tener todo en su lugar”. Emiliano fue uno de los 20 alumnos de primer ingreso que, hace dos meses se inscribieron en la Casa Activista. Diez miembros de la Casa Activista se encuentran entre los 43 normalistas secuestrados el 26 de septiembre.
11. César Manuel González Hernández, de 19 años es de Huamantla, Tlaxcala, desmadroso, tiene el apodo de “Panotla”, pero también le dicen “Marinela”, porque una vez, en Jalisco, se llevó la camioneta de la empresa que hace pastelitos.
12. Jorge Alvarez Nava, “el Chabelo” de 19 años es del municipio de Juan R. Escudero, Guerrero, tiene una cicatriz en el ojo derecho y es tranquilo. Nunca alburea a nadie, nunca dice una grosería y su paciencia hace que nunca le falte al respeto a nadie. Es uno de los más sensibles de la Casa Activista... Sus padres aguardan en la cancha deportiva de la Normal de Ayotzinapa y se abrazan al hablar de él.
13. José Eduardo Bartolo, Tlatempa, de 17 años es de Tixtla, estudiante de primer año de la Normal Rural. Su padre es albañil de oficio y espera que su hijo sea profesionista.
14. Israel Jacinto Lugardo, de 19 años es de Atoyac, y sus amigos lo apodan “Chukyto”. Su mamá sostiene un cartel con el rostro de su hijo y lo exhibe ante los automovilistas, durante la toma de la caseta de Palo Blanco, en la Autopista del Sol. “Él es medio robusto, tiene una cicatriz en la cabeza. Su piel es morena clara, su nariz media chata. Es un buen muchacho, se vino con mucha ilusión a estudiar.
15. Antonio Santana Maestro, apodado Copy porque habla muy bien en público, es reconocido en la Casa del Activista a la que acuden los otros jóvenes. El Copy toca la guitarra, también le gustan los videojuegos, juega con el PSP… pero lo que más le encanta, es la lectura…”
16. Christian Tomás Colón Garnica, de 18 años de Tlacolula de Matamoros, Oaxaca. Su papá viajo desde su tierra apenas se denunció el rapto de los 43 jóvenes normalistas. “Yo soy jornalero, gano 600 pesos semanal, máximo, y eso cuando hay, porque a veces no hay trabajo. Mi muchacho quiere ser maestro esa es la profesión que él quiere, pero lo frenaron, lo detuvieron… ¡¿Qué vamos a hacer?!”
17. A Luis Ángel Francisco Arzola, de 20 años, sus compañeros normalistas lo conocen como “Cochilandia”, pero nadie sabe por qué. Llegó con el apodo. Es un chavo serio, trabajador, y aquí lo estamos esperando y queremos que él sepa que no vamos a parar hasta encontrarlo”.
18. Miguel Ángel Mendoza Zacarías, de Apango, municipio Mártir de Cuilapa tiene 23 años, y sus compañeros consideran que el “ya es grande”. Ellos tienen entre 17 y 20 años. En su pueblo, Apango, era peluquero para salir adelante. Es un chavo bajito, “chido” según sus cuates porque los apoya, da consejos, da todo a cambio de nada. Cuidaba a sus papás y a sus hermanos. Vino a la Normal en el mismo asiento del autobús con un compañero “pero empezaron los balazos y desafortunadamente él corrió para un lado y yo para otro, a él lo arrestaron los policías de Iguala, yo logré escapar, pero desde entonces no lo encuentro…”
19. Benjamín Ascencio Bautista, de 19 años, a quién le dicen “comelón” porque un día se acabó solo todas las galletas en una mesa durante una conferencia es originario de Chilapa. Antes de ingresar a la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fue educador comunitario del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE). Se prepara a voluntarios para alfabetizar en poblaciones marginadas, aisladas, rurales e indígenas de todo el país.
20. Alexander Mora Venancia, de 19 años y proveniente de “El Pericón”, municipio de Tecuanapa, Guerrero, nadie le podía quitar la idea de ser maestro. Le gusta dar clases. Primero ayudó en el campo pero quiso estudiar… “Y yo le exijo –dice su padre- a la autoridad que haga su trabajo como debe ser, que no tape a los culpables de la masacre que cometieron los policías de Iguala y su presidente municipal. Así como vivos se los llevaron, quiero que vivos los regresen…”
21. Leonel Castro Abarca, campesino de la comunidad de “El Magueyito”, municipio de Tecuanapa, no tiene apodo y para sus amigos “es una persona seria, pero con sentido del humor. Sueña con ser maestro, para sacar a su gente adelante.
22. Everardo Rodríguez Bello, de 21 años es originario de Omeapa. Lo conocen como El “Shaggy” porque se parece al de Scooby Doo. Técnico en mecánica automotriz desde el CONALEP se enoja mucho con la desigualdad sobre todo cuando se trata de comida: si a ti te dan seis tortillas y a él cinco, protesta.”
23. Doriam González Parral, de Xalpatláhuac, Guerrero tiene 19 años. Es chaparrito y “se ve como un niñito”, “y por eso le dicen “Kínder”. Causa mucha gracia cuando echa relajo. Tiene un hermano en la Normal… Los hermanos entraron juntos, es notoria su fraternidad y los dos fueron secuestrados juntos…”
24. Jorge Luis González Parral de 21 años, es el hermano mayor de Doriam, el Kínder, es un compañero serio que ha trabajado en diferentes taquerías y aunque le gustaba quería progresar y escogió ser maestro igual que Kinder su hermano. Su apodo es “Charra” porque tiene una cicatriz en la pierna como si se la hubiera hecho con una charrasca…”
25. Marcial Pablo Baranda,de 20 años habla una lengua indígena y quiere ser maestro bilingüe al lado de otros maestros bilingües que vienen de pueblos todavía más pobres. Es bajito, buena onda, primo de Jorge Luis y Doriam y sus amigos lo apodan “Magallón”, porque su familia tiene un grupo musical tropical con ese nombre que canta canciones de su tierra la Costa Chica. Se la pasa cantando cumbias y toca la trompeta y las tarolas.
26. Jorge Aníbal Cruz Mendoza, de Xalpatláhuac, también es de la banda de los Kínder, a él le dicen “Chivo” y es serio y aunque se lleva bien con todos casi no echa desmadre…”
27. A Abelardo Vásquez Peniten, originario de Atliaca, Guerrero, le gusta el futbol. En un partido hace poco metió muchos goles… Nunca echa desmadre, se da a respetar porque nunca le falta al respeto a nadie ni anda criticando. Además del futbol le encanta estudiar porque agarra un libro y agarra otro y otro, y otro.”
28. A Cutberto Ortíz Ramos de Atoyac le dicen “El Kománder” porque tiene cierto parecido con el cantante de corridos norteños. Tiene una mirada muy fuerte, es robusto, alto, amigable, responde de buena manera. En los campos de cultivo de la escuela le echa ganas… Y le encanta contar un chiste de Bob Esponja, se ríe e imita a la perfección la risa de Bob Esponja…”
29. Bernardo Flores Alcaraz, campesino, tiene 21 años y en su pecho un lunar como una manita de gato… Tiene mucha ilusión de ser maestro y de ayudar a los niños y a los señores adultos que no saben leer ni escribir. En el campo hay mucha gente rezagada en educación y su ilusión es enseñarles…Los 43 normalistas salieron a recabar fondos para hacer sus prácticas, no se vale que les trunquen su vida y los dejen tirados en su sangre…
30. Jesús Jovany Rodriguez Tlatempa de Tixtla apodado el Churro de 21 años es el mayor de cuatro hermanos y “el único apoyo de su mamá” según su prima quien marchó durante cinco horas manteniendo en alto una pancarta con su retrato. Lo invitaron a la jornada de boteo del 26 de septiembre. Es un muchacho sumamente noble que mantiene a una sobrina de un año porque su hermana es mamá soltera y funge como figura paterna. Su prima reclama con furia su presentación así como pide justicia para los muchachos de Tlatlaya en el estado de México que son muchos.
31. Mauricio Ortega Valerio de Matlalapa o Matlinalpa cerca de “La Montaña” 18 años es apodado “Espinosa” porque cuando lo raparon – tradición en la Normal de Ayotzinapa para los alumnos de primer ingreso– le salió cierto parecido con Espinosa Paz, el cantante.
32. A Martín Getsemany Sánchez García de Zumpango, de 20 años, a quién le gusta jugar futbol y le va al Cruz Azul, toda su familia lo busca. Tiene ocho hermanos y durante la marcha del miércoles 22 en Chilpancingo, sus familiares llevaron una manta con su fotografía.
33. Magdaleno Rubén Lauro Villegas de 19 años, conocido como El Magda, es un compa tranquilo y noble que estudia para convertirse en maestro bilingüe, para para dar clases a los niños indígenas que no hablan español…”
34. Giovanni Galindo Guerrero de 20 años conocido como el Espáider, “porque es flaquito y tiene su propio estilo para correr y brincar como si se estuviera colgando de las telarañas igual que el “Hombre Araña”…”
35. A José Luis Luna Torres de 20 años de Amilzingo, Morelos, sus cuates le dicen Pato, porque se parece al Pato Donald y tiene voz de pato. Es serio, tranquilo, siempre te habla bien, es buena onda, pero es callado y no echa mucho desmadre.
36. Julio Cesar López Patolzin de 25 años de Tixtla “no tiene apodo. Le dicen simplemente “El Julio”. Es buena onda el bato pero calladito, no echa mucho relajo, solo se lleva con unos pocos pero siempre es agradable…”
37. A Jonás Trujillo González de la Costa Grande del Ticuí municipio de Atoyác de Álvarez le dicen Beni porque su hermano también está en la Normal de Ayotzinapa pero en segundo año y él se llama Benito… Por lo tanto ellos son los Benis… Es alto, gordito y se lleva muy bien con su hermano. Los dos son muy parecidos, aunque el menor es más alto y más clarito de piel…”
38. A Miguel Ángel Hernández Martínez, de 27 años lo apodan “Botita” porque a su hermano mayor quien también estudia en la Normal le dicen “El Bota” y a él , en automático, le pusieron “el Botita” aunque es de estatura media y gordo, nada desmadroso, siempre amigable, sano, no pesado: No es alburero, es buena onda de echar la mano, pendiente de los demás, un chavo muy solidario con todos, que en la clase le explica al profe y le hace el paro…”
39. Christian Alfonso Rodríguez de 21 años, de Tixtla anhela ser maestro y le gusta la danza folclórica. “A él le dicen “Hugo” porque siempre usa playeras de Hugo Boss. Su primo en la marcha del miércoles 22 se quedó ronco de tanto explicar: “No sólo es mi primo, es mi amigo… es una persona muy aplicada, muy dedicada al estudio y a la danza y es injusto que alguien que se entregue y se esfuerce de ese modo, sufra consecuencias trágicas a manos del gobierno…”
40. José Ángel Navarrete González de 18 años comparte una habitación dentro de la Normal con otros dos jóvenes, en la que no hay un solo mueble, ni siquiera camas, sólo pliegos raídos de hule espuma.
41. A Carlos Iván Ramírez Villarreal de 20 años le dicen “El Diablito” La verdad es que es bueno, no se mete con nadie, tranquilo, quiere ser alguien pero en buena onda, no payaso pues…”
42. José Ángel Campos Cantor de 33 años de Tixtla es el de mayor edad de los 43 normalistas desaparecidos. Aunque mayor nunca abusa de los demás, al contrario, apoya en todo, es amigo de todos…”
43. A Israel Caballero Sánchez originario de Atliaca, un pueblito a la mitad del camino entre Tixtla y Apango le dicen “Aguirrito” por gordito. Está preparándose para ser maestro en comunidades indígenas y cuando sus compas le dicen Aguirrito protesta: “No sean cabrones, no me pongan esa chinga…”
viernes, 31 de octubre de 2014
La Fuerza Armada y su deuda con las víctimas del conflicto armado
Juan Carlos Sánchez
Tempranito. Eran las cinco con treinta minutos de la mañana del 28 de octubre de 2013, hace exactamente un año, cuando subieron a una camioneta rumbo a San Salvador. Unos días antes, habían decido que ese día iniciarían una nueva batalla por la justicia y el establecimiento de la verdad acerca de las graves violaciones a los derechos humanos que sufrieron, junto a sus familiares, en varias comunidades rurales de Suchitoto y Tecoluca, durante los primeros años del conflicto armado salvadoreño. Una dura batalla que siguen enfrentando con el característico heroísmo de quienes se saben dueños y dueñas de una verdad que obsecadamente se sigue ocultando.
Con el ánimo encendido, se presentaron ese día a las ocho de la mañana ante la Oficina de Información y Respuesta (OIR) del Ministerio de la Defensa Nacional, para exigir datos y documentos sobre los operativos militares desarrollados por la Fuerza Armada entre 1981 y 1983 y que provocaron encarcelamiento, muerte, desaparición forzada y la tortura de varias decenas de personas, entre ellas sus familiares, sin que se hayan iniciado investigaciones ni impartido justicia a los responsables.
Aplicando la Ley de Acceso a la Información Pública (LAIP), la petición hecha a la Fuerza Armada fue muy concreta: detalle de los operativos militares desarrollados en Tengango y Guadalupe, Suchitoto, Cuscatlán, en febrero de 1983 y en Cantón San Francisco Angulo, Tecoluca, San Vicente, el 25 de julio de 1981, incluyendo documentos de planificación, mapas de los lugares en los que se desarrollaron las acciones militares, partes de guerra e informes elaborados por los jefes de los destacamentos castrenses involucrados, informe de las bajas del ejército, la insurgencia y la población civil, así como “toda la información que esté en poder de ese Ministerio que permita conocer e interpretar el alcance y resultados de las campañas militares que se desarrollaron en ese periodo.”
Entre el grupo de peticionarios y peticionarias iba Don Andrés Antonio Romero Santamaría, Don Andrecito como le dicen sus paisanos y paisanas, un campesino que cuando sucedieron las acciones militares sobre las que hoy demanda información, rondaba los treinta y cinco años y que en febrero de 1983 perdió a la mitad de sus hijos y a su compañera de vida. “Después de eso, uno ya no vive igual… desde entonces ando buscando una explicación de lo que pasó; a Dios gracias, con los años, pude encontrar a mis hijos…”, ha sostenido en varias oportunidades y con mucho dolor, Don Andrecito.
Reiterada negativa oficial
Las peticiones informativas que conforme a derecho formularon las y los familiares hace un año, no han sido resueltas por la Fuerza Armada. Lejos de ello, el 23 de noviembre de 2013, la respuesta oficial de la OIR del ejército fue: “No se provee información solicitada por inexistencia”.
De acuerdo con los plazos establecidos en la LAIP, las y los demandantes, junto con los organismos de derechos humanos que les acompañan, presentaron un recurso de apelación de esta negativa el 29 de noviembre, el cual fue admitido por el Instituto de Acceso a la Información (IAIP) el 3 de diciembre y fija una audiencia publica para el 10 de enero de 2014. En esta audiencia, el Oficial de Información sostuvo que la Fuerza Armada de El Salvador no tiene en su poder archivos que contenga datos, estadísticas, reportes, registros, bitácoras, partes de guerra, documentos de ninguna naturaleza o clase, en ningún tipo de formato, relacionado con las actividades militares desarrolladas por la Fuerzas Armadas, antes de 1998; indicó que en ese fase del conflicto armado, el ejército funcionaba con una planificación estratégica general que emanaba de las altas autoridades castrenses y que las decisiones tácticas eran responsabilidad de los oficiales en el terreno, quienes desarrollaban las operaciones militares según las necesidades que cada escenario bélico les planteaba.
Sin duda, una respuesta a todas luces falaz, irresponsable y, sobre todo, irrespetuosa con las familias como la de Don Andrés, que vivieron y soportaron en carne propia, el drama humano de la muerte y la separación violenta de sus seres queridos. Muchos eran los intereses políticos – y geopolíticos – en juego, a tal punto que el gasto del ejército llegó a costearse en 1 millón de dólares al día; es difícil creer que una guerra como la que vivió El Salvador, fuera improvisada o que sus decisiones tácticas quedaran al criterio personal y arbitrario de una generación de oficiales jóvenes, quienes eran los que asumían la conducción de las tropas en los territorios.
Al revisar la prensa de la época, no es difícil encontrar reportes del Comité de Prensa de la Fuerza Armada (COPREFA) que daba cuenta de los grandes y exitosos operativos militares desarrollados a lo largo y ancho del territorio nacional, indicando lugares, tropas y daños causados a su enemigo. ¿Qué pasó con esa información? ¿Dónde quedaron esos archivos? En opinión del Oficial de Información de la Fuerza Armada, nunca existieron o han desaparecido irremediablemente.
Sin embargo, la postura oficial de la Fuerza Armada no convenció a nadie. El IAIP fijó para el 23 de enero una diligencia especial en la que se proponía supervisar la búsqueda de información practicada por la OIR del ejército. Al presentarse a las instalaciones militares para practicar esta diligencia, le fue negado el acceso a los archivos, alegando que sólo se procedería con una orden expresa del Presidente de la República – en ese momento, Mauricio Funes – o del Ministro de la Defensa Nacional, General David Munguía Payés.
Esta postura negligente del ejército salvadoreño dio lugar a que el IAIP emitiera una resolución favorable a las pretensiones de las y los familiares. En esta resolución se ordena “… al General de División y servidor público, David Victoriano Munguía Payés que, dentro del plazo de dos meses, (…) ejecute diligencias encaminadas a recuperar o reconstruir la información solicitada…”. Esta importante sentencia, además, reconoce el derecho a la verdad que tienen las personas que han sufrido violaciones a los derechos humanos y fundamenta la relación de este derecho con el de acceso a la información pública; así mismo, establece la posibilidad de iniciar procesos de reconstrucción de los hechos, a fin de satisfacer plenamente las pretensiones informativas de personas demandantes de información.
Salvador Sánchez Cerén en su calidad de comandante general del ejército salvadoreño tiene la valiosa – y quizás irrepetible – oportunidad de comenzar a desmontar el silencio oficial impuesto sobre los crímenes de guerra cometidos contra la población civil durante el conflicto armado. Incuestionablemente, tiene la facultad legal para hacerlo. Solo esperamos que también tenga la voluntad política que permita avanzar en el sendero de la verdadera reconciliación del país, que exige verdad, reparación y justicia, y que se desmonte de una vez para siempre el trasnochado discurso del perdón y olvido que han defendido sistemáticamente grupos y personas vinculadas a sectores poderosos y hegemónicos, algunos de ellos estrechamente ligados con las atrocidades cometidas.
jueves, 30 de octubre de 2014
Descubren nuevas fotos del Che Guevara a 47 años de su muerte
Un sacerdote español, que en 1967 se encontraba destinado en Bolivia, las tenía guardadas en una vivienda de Zaragoza. Un fotógrafo francés se las habría dado para que pueda sacarlas del país.
Tras ser ejecutado a balazos en un pequeño pueblo de Bolivia de nombre La Higuera, el cadáver de Ernesto "Che" Guevara fue trasladado en helicóptero al hospital de Vallegrande. Allí, fue expuesto en la sala de lavandería para que los corresponsales extranjeros pudieran certificar que el revolucionario argentino estaba efectivamente muerto.
"Tenía una barba negra y escasa, pelo largo apelmazado y la sombra de una cicatriz en la sien", describió el periodista británico Richard Gott, que había conocido al Che en vida y podía identificar su cadáver.
Ocho originales de fotos tomadas esos dos días han salido a la luz recientemente, cuando se cumple casi medio siglo (47 años) de la muerte del argentino.
Estaban guardadas en una casa familiar en Castilistar, pueblo de la provincia española de Zaragoza. Fue Luis Cuartero, misionero español destinado en Bolivia en aquellos años, quien las llevó a España pocos días después de la muerte del guerrillero, según asegura la familia que guarda las fotos.
"Mi tío llegó a España en barco para casar a mis padres entre finales de octubre y principios de noviembre de 1967", recordó en una conversación con BBC Mundo Imanol Arteaga, sobrino del fallecido sacerdote. El Che había muerto tiroteado por el ejército boliviano días antes, el 9 de octubre de 1967. Al llegar, el misionero le contó a su hermana que las fotos se las había dado un periodista francés.
Arteaga explicó que en su familia nadie tenía particular simpatía por el Che ni por sus causas, así que las imágenes quedaron olvidadas durante décadas. "No le dieron mucha importancia", comenta Arteaga.
Fueron pasando los años hasta que la muerte del sacerdote golpeó emocionalmente al sobrino y, pensando en su tío, Arteaga se acordó de las fotos del Che de las que alguna vez había oído hablar en charlas familiares.
"Le pregunté a mi tía y se acordaba perfectamente de dónde estaban", relata Arteaga, que es concejal en su pueblo. Arteaga buscó por internet y, junto con un fotógrafo del diario local El Heraldo de Aragón, consultaron a un experto en fotografía.
Entre las imágenes hay varias del cadáver del Che. Parecen tomadas en momentos distintos. En algunas aparece con la chaqueta de cremallera todavía puesta y el cuerpo sin limpiar y en otras el cuerpo aparece limpio y colocado para ser mostrado. También hay una foto que parece de carnet de Tamara Bunker, alias "Tania", compañera del Che en Bolivia.
Arteaga cree que son los originales de las fotos que sacó Marc Hutten, periodista francés de la Agencia France Presse (AFP), aunque nunca pudo preguntarle porque Hutten falleció en marzo de 2012. Dice que las fotos tienen texturas distintas y que parece que unas se hicieron en carrete de color pero se positivaron en blanco y negro.
Arteaga cree que es posible que Hutten le diera esas fotos a su tío para que las sacara de Bolivia sabiendo que iba a viajar pronto a España, por si pasaba algo. "Es lo que creo que pasó, basándome en la certeza de que esa fotos las trajo mi tío en 1967, que él estaba en esa época en Sucre y que le dijo a mi madre que se las había dado un periodista francés", dice Arteaga.
El corresponsal de AFP Marc Hutten estuvo presente cuando las autoridades bolivianas mostraron el cadáver del Che en Vallegrande. Aunque Huttel era reportero escrito, ese día histórico también hizo fotos del guerrillero argentino.
Tras cotejar cinco de las fotografías en posesión de Arteaga, Eric Baradat, editor en jefe de fotografía de AFP contactado por BBC Mundo, dice que no son las que la agencia tiene en sus archivos. Pero Baradat también explica que muchas de las fotos que Hutten hizo ese día se perdieron.
En total, Hutten "utilizó unos cuatro o cinco carretes", explica Baradat. Pero la agencia de fotos sólo conserva uno de ellos. Por razones no explicadas, la agencia no publicó las fotos de Hutten hasta muchos años después. "Estuvieron aquí durante años antes de ser distribuidas", explica Baradat.
"Las distribuimos en 2002", dice el editor en Jefe de AFP. "Hutten hacía sus fotos en color, mientras que en esa época los fotógrafos profesionales casi siempre utilizaban el blanco y negro".
Las fotos en color del Che, en las que Guevara aparece con un aire de mártir, influyeron en la decisión de Barack Obama de no mostrar el cadáver de Bin Laden, según publicó el Financial Times en el obituario de Hutten.
Arteaga, que asegura que hablaba todos los días por teléfono con su tío, nunca le preguntó por el origen y la autoría de las fotos del Che. "Es una de las conversaciones que me quedaron pendientes", dice con tristeza.
Entrevista con Alejandro Solalinde, cura y activista mexicano
Este cura se armó de valentía e hizo conciencia para revelar los
testimonios que le confiaron varias personas acerca de la desaparición
de 43 estudiantes en México. El padre Alejandro Solalinde, que ahora
pide disculpas a los familiares de los normalistas por anticipación, en
Entrevista, de RT, está seguro que el principal responsable de la
dramática situación del país es el propio gobierno, que “sirve al
capital de EE.UU. más que a los problemas sociales”.
EL SUENO AMERICANO SE VA DE ESTADOS UNIDOS
NICHOLAS KRISTOFF / THE NEW YORK TIMES
– La educación es la mejor escalera para alcanzar la igualdad de oportunidades. Pero según los resultados de una reciente investigación, la escalera está rota.
Se espera que cada generación mejore su situación pero actualmente hay más jóvenes (29%) que tienen menos educación que sus padres, que viceversa (20%).
Solo el 5% de los jóvenes estadounidenses cuyos padres no terminaron la escuela secundaria, fue a la universidad. En otros países ricos, la cifra es de 23%.
Estados Unidos invierte miles de millones de dólares para competir contra Rusia en el área militar, pero quizá debería tratar de competir a nivel educativo. Rusia tiene ahora el más alto porcentaje de adultos con educación universitaria dentro de los países industrializados; un puesto que le había pertenecido a EE.UU., que ahora está bajando de posiciones en ese grupo.
Estas cifras, que deberían ser un shock para los estadounidenses, provienen de la Encuesta Anual de Educación (Annual Survey of Education), realizada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
Un componente básico del sueño americano es el acceso igualitario a la educación, como garantía de la movilidad social y económica. Pero parece que el sueño americano ha emigrado porque hay numerosos países que están mejor que EE.UU. en el rubro de la movilidad basada en la educación, según el estudio de la OCDE.
Tan solo en el año 2000, EE.UU. ocupaba el segundo puesto en los países con mayor cantidad de habitantes que poseen un diploma universitario. Ahora ha bajado al quinto puesto. En el grupo de 25 a 34 años, que es significativo para evaluar qué nos depara el futuro, ocupa el puesto 12; mientras que la otrora empobrecida Corea del Sur encabeza la lista.
Según una nueva encuesta de Pew, los estadounidenses consideran que la mayor amenaza que se cierne sobre el país es la brecha creciente entre ricos y pobres. A pesar de ello, el sistema de educación depende de los impuestos locales a la propiedad, que proveen excelentes escuelas para los chicos ricos de los suburbios, los que menos ayuda necesitan, y escuelas deficientes y peligrosas para los chicos de las barriadas pobres, que son justamente quienes necesitan ayuda desperadamente. Con demasiada frecuencia, el sistema educativo de EE.UU. magnifica la desigualdad en lugar de ampliar las oportunidades para todos.
Mi padre fue un refugiado de la Segunda Guerra Mundial. Huyó de Ucrania y Rumania, y finalmente llegó a Francia. Hablaba francés perfectamente, y París hubiera sido la ciudad donde radicarse. Pero el creía que Francia estaba estratificada y que no tenía mucho que ofrecerle a un refugiado pobre del Este de Europa, ni tampoco a sus hijos en la siguiente generación, entonces se dirigió a Estados Unidos. No hablaba inglés pero a su llegada en 1951 empezó a aprender el idioma leyendo la edición dominical del New York Times. Y luego fue a Reed College y a la Universidad de Chicago, obtuvo un doctorado y trabajó como profesor universitario.
Recorrió el sueño americano hacia el éxito; igual lo hizo su único hijo. Aunque en 1951 tuvo razón al pensar que en EE.UU. había mejores oportunidades de crecimiento que en Europa, hoy estaría equivocado. Las investigaciones prueban que la movilidad educativa y económica es mayor en Europa que en EE.UU. en la actualidad.
Esto es particularmente triste porque, como lo hizo notar mi colega Eduardo Porter el mes pasado, la igualdad educativa era un punto fuerte de EE.UU. Mientras que los países europeos se destaban por la educación de primer nivel para las élites, Estados Unidos se caracterizaba por liderar la educación de masas.
Hacia mediados del siglo XIX, la mayoría de los estados proveían acceso gratuito a la escuela primaria para la mayoría de niños blancos. En Gran Bretaña, en cambio, hacia 1870, solo el 2% de los niños de 14 años estaba en la escuela.
Luego, Estados Unidos fue el primer país central, en la década de 1930, en el que una mayoría de chicos asistió a la escuela secundaria. En cambio, hacia 1957, solo el 9% de los jóvenes británicos de 17 años asistía a la escuela.
Hasta la década de 1970, EE.UU. ocupó un lugar destacado en la educación de masas, y Claudia Goldin y Lawrence Katz de la Universidad de Harvard sostienen que este fue el éxito del auge económico estadounidense. Después, se vino abajo, y el último reporte de la OCDE subraya de qué manera el resto del mundo está superando a EE.UU.
Estados Unidos se ha convertido en la Gran Bretaña del siglo XIX: provee una educación excelente para las élites, pero es deficiente en la educación de las masas.
El mayor fracaso es a nivel pre-escolar. En el reporte de la OCDE, se registra que un promedio del 70% de los niños de 3 años participan en programas educativos. En EE.UU. solo lo hace un 38%.
En algunos sitios, existe la percepción de que los maestros de EE.UU. son perezosos. Sin embargo, la OCDE reporta que estos trabajan muchas más horas que sus colegas de otros países, y a pesar de ello, un 68% gana tanto como el promedio de otro trabajador con un título universitario, mientras que en el resto de países la media es 88%.
Solucionar el sistema educativo es el desafío por los derechos civiles de nuestra era. Un punto de partida es portar el estandarte que fuera creado en EE.UU. pero que ahora vive en el extranjero: Le debemos a todos los niños un inicio equitativo para acceder a la escalera educativa.
Debemos reparar la escalera.
Traducido por Silvia Arana para Rebelión
CAMARADA DE LUCIO CABAñAS VUELVE A AYOTZINAPA TRAS DESAPARICION DE 43 NORMALISTAS
Cuando joven, fue compañero del mítico guerrillero mexicano Lucio Cabañas en la Escuela Normal “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, la misma a la que pertenecen los 43 estudiantes desaparecidos, es por ello que, movido por la indignación, Vicente Estrada Vega, un maestro cesado por participar en movilizaciones sociales ha vuelto a la comunidad guerrerense ayudar a los normalistas.
“Yo me forme aquí, aquí están mis raíces y eso nunca se olvida. Vuelvo por mis raíces pero además vuelvo porque acaba de pasar una desagracia muy grande. Es algo que realmente todavía no lo asimilamos”, asevera el egresado de la normal de Ayotzinapa, quien coincidió con Cabañas en su época de estudiante y más tarde en el “movimiento de la sierra”.
Este maestro normal, conoció al guerrillero campesino en el ocaso de la década de los 50, cuando Lucio estaba por terminar la carrera magisterial y él apenas cursaba el segundo año.“Yo estuve en 1957-1958. Soy de la región en cuanto a mi formación académica porque yo estudié en un internado aquí en Tixla. Estuve cinco años. Puro niño pobre, pobre, pobre. Y de ahí me pasé a la Normal porque era la continuidad”, recuerda desde Guerrero, su estado natal.
“Ya visitábamos (la escuela) desde que éramos alumnos de primaria. Nuestros hermanos mayores de la Normal incluso nos orientaban y capacitaban para que esa edad empezáramos a dar la lucha”, explica Estrada Vega, quien incluso estuvo preso por su labor social.
“En ese entonces nosotros no sabíamos hasta dónde íbamos a llegar. Nosotros teníamos una relación propia por nuestro origen. Él era de origen campesino y cuando llegó aquí ya había sido peón. Y yo venía más bien de un medio un poquito más urbano aunque soy de origen campesino. Pero yo ya había sido obrero”, rememora el maestro normalista, respecto a su vida junto a quien fuera líder del llamado Partido de los Pobres.
En vida, Cabañas comandó una guerrilla que buscaba entre otras cosas finiquitar la opresión a los campesinos y terminar con la pobreza que desde siempre han sufrido, es por ello que en la normal de Ayotzinapa es un ejemplo a seguir, y se demuestra con los murales que de él existen. En 1974, tras orquestar el secuestro del candidato a gobernador guerrerense Rubén Figueroa, el gobierno priísta inició una cacería en su contra que acabó con su vida en mayo de ese año.
“Siempre nos vimos como una familia, como hermanos o más que hermanos, como compañeros. Para mí ese principio fue muy bonito porque en aquel tiempo, cuando andábamos en la sierra, Lucio presumía y me decía: a mí el que me invitó a la lucha fue él. Y si es cierto porque yo estaba en segundo año de secundaria y él llegó a sexto año. Y yo le dije tú que eres el más grande aquí, organiza al grupo porque vamos a tener una asamblea y la vamos a ganar”, abunda Vicente en torno a su camaradería con Cabañas.
Y continúa: “Nuestra relación fue un sueño. A pesar de que se arriesga la vida -él ya murió- pero es una vida ejemplar. No nos arrepentimos de haber vívido lo que nos tocó vivir. Creo que cumplimos con lo que debimos de haber cumplido desde entonces”.
Sobre el legado que Cabañas dejó, Vicente es claro y pone como ejemplo la Normal de Ayotzinapa. Son jóvenes que nunca dejan de luchar. Después ya cuando terminan, medio que los pervierte el sistema desgraciadamente. Pero mientras son jóvenes son una chulada. Son un ejemplo para muchos de nosotros incluso. Como todavía no tienen esas inhibiciones que dan los compromisos mayores como la familia, son sueltos y es una pena que no los sepan aquilatar y que tengamos tan malos gobierno en todo el país”, sentencia.
En ese mismo sentido, afirma que no sólo es el Presidente, es el presidente municipal, es el gobernador, los diputados, la clase política”, y se cuestiona, “¿Cómo es posible que un partido de izquierda como el PRD que se decía de izquierda esté defendiendo a los delincuentes?”.
“Yo no sé por qué el gobierno llegó a este grado. Tal vez mucha gente no entienda lo que pasó, pero el gobierno es el que ha permitido que la delincuencia organizada -que es parte del gobierno- acabe con los movimientos de los jóvenes, de los adultos y de todo tipo. Ellos quieren es un país para ellos nada más. Y nosotros queremos un país para nosotros”, afirma sin reparo Vicente.
Cuestionado sobre si la violencia represora en la entidad es contra los estudiantes, Vicente no duda en afirmarlo, pues el ejemplo más claro es la ejecución y desaparición de los normalistas. “Fue la policía la que agarró a los estudiantes para dárselos a los sicarios para que los mataran. ¿Cómo no va a haber represión? Aquí cualquier político con tantito poder se adjudica el derecho de reprimir a la gente”, sostiene, para luego mencionar que las agresiones no son únicamente contra estudiantes.
“No es un caso aislado. ¿Quiere que le mencione los chorros de sangre que han corrido por el estado? ¿Quiere que le diga de Aguas Blancas? Acaba de pasar, en el tiempo para nosotros de vida haga de cuenta de que son instantes aunque hayan pasado años. Están frescos todavía los muertos. Todavía no llegan a ser cadáveres, todavía están enteros”, manifiesta con clara indignación, en referencia a la masacre de 17 campesinos en el estado durante 1998.
“Es una represión sorda. Es una guerra del gobierno contra los movimientos de baja intensidad cuando lo único que nosotros estamos poniendo son los muertos. Por eso es tan difícil la situación. ¿Cómo que no van a tener responsabilidad los jefes políticos del país cuando ellos son los que permiten que estas cosas se den?”, arguye.
De la misma forma que lo hicieron decenas de voluntarios, Estrada Vega volvió –ahora en representación de docentes jubilados— con la única intención de apoyar a las familias de las víctimas. “Trajimos frijol y algunos recursos. Un grupo de maestros jubilados en una reunión juntaron todo lo que pudieron y se les trajo. Y era urgente traerlo. No quisimos esperar para mañana, para pasado. Había que traérselos pronto porque los muchachos están en un momento en que necesitan mucho apoyo”, detalla sobre sus acciones de solidaridad.
Por último, y casi de manera retórica, Vicente reflexiona sobre el impacto causado por la desaparición forzada de los estudiantes normalistas, y sentencia: Hoy Ayotzinapa es el corazón de México y amenaza con ser el corazón del mundo”.
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Trovas del Trovador
Si se calla el cantor, calla la vida...inspirate,instruyete,organizate,lucha,rebelate.
Saludos y bienvenida:
Inevitablemente, cada individuo hace parte de su vida y de su historia aquellos acontecimientos que marcaron un recuerdo bueno o malo en la efemérides y en su vida...
Recordar por ejemplo aquellas cobardes masacres de la década del 70 en El Salvador (Chinamequita,Tres Calles,Santa Barbara,30 de Julio,entre muchas otras y seguro estoy es una experiencia que se repite a lo largo y ancho de Americalatina), masacres que conmocionaron a la nación y sacudieron la conciencia de muchos.
Esas masacres aceleraron el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre el pueblo y las Fuerzas Armadas Nacionales, Toda aquella década fué de constante actividad politico-social y su principal escenario eran las calles, para las celebraciones del efemérides nacional de cualquier indole, se desarrollaba una manifestación de dolor, muy significativa y emótiva, muchas, con los restos de los asesinados y el reclamo del retorno o aparecimiento con vida de los capturados y desaparecidos.
Muchos jóvenes,a partir de aquellas cobardes acciónes por parte del Estado, radicalizamos nuestra pocisión y optamos por la lucha armada como única solución a la crisis que cada dia se profundizaba más y más...
A partir de aquella década, la protesta se hizo afrenta digna contra la dictadura militar, salir a protestar era recuperar,rectificar y sanear digna y valientemente, todo aquello que en anteriores décadas de terror, las clases dominantes habian institucionalizado.
Con aquellas jornadas de lucha, no solo denunciamos y condenamos a los eternos enemigos del pueblo, sino que hicimos sentir el grito de guerra de todos aquellos que sacrificada pero dignamente y hasta entonces, habian escrito la historia,nuestra heróica historia...
Que hubiera sido de nosotros, si Monseñor Romero hubiera pensado más en su tiempo, el dinero y su sombrero copa ancha junto con su pulcra sotana,por no arriesgar el pellejo a costa de convertirse en "La voz de los sin voz" y en el santo de los desposeidos?
Que seria de nosotros?, si Roque Dalton, sabiendo que podria incluso, morir a manos de sus propios "camaradas", no hubiera arriesgado la canción hecha palabra y herramienta de lucha, para gritarle sus verdades a los poderosos y sus criticas mordaces a los ultraizquierdistas y al Partido Comunista.
No seriamos dignos, de llamarnos salvadoreños si Farabundo Marti, no hubiera dispuesto ir a enlodar sus botas a "Las Segovias" junto a Sandino el General de hombres libres, como su lugarteniente.
Si Miguelito Marmol, no se hubiera levantado con las ganas que lo hizo después de haber sido acribillado frente al pelotón de fusilamiento, para seguir arriesgando el pellejo reclutando, concientizando, organizando, y manteniendo vivo el grito de guerra de "Viva el Socorro Rojo Internacional", que inconclusamente y con toda valentia intentó Farabundo.
Fraternalmente, Trovador
Si se calla el cantor, calla la vida...inspirate,instruyete,organizate,lucha,rebelate.
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Inevitablemente, cada individuo hace parte de su vida y de su historia aquellos acontecimientos que marcaron un recuerdo bueno o malo en la efemérides y en su vida...
Recordar por ejemplo aquellas cobardes masacres de la década del 70 en El Salvador (Chinamequita,Tres Calles,Santa Barbara,30 de Julio,entre muchas otras y seguro estoy es una experiencia que se repite a lo largo y ancho de Americalatina), masacres que conmocionaron a la nación y sacudieron la conciencia de muchos.
Esas masacres aceleraron el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre el pueblo y las Fuerzas Armadas Nacionales, Toda aquella década fué de constante actividad politico-social y su principal escenario eran las calles, para las celebraciones del efemérides nacional de cualquier indole, se desarrollaba una manifestación de dolor, muy significativa y emótiva, muchas, con los restos de los asesinados y el reclamo del retorno o aparecimiento con vida de los capturados y desaparecidos.
Muchos jóvenes,a partir de aquellas cobardes acciónes por parte del Estado, radicalizamos nuestra pocisión y optamos por la lucha armada como única solución a la crisis que cada dia se profundizaba más y más...
A partir de aquella década, la protesta se hizo afrenta digna contra la dictadura militar, salir a protestar era recuperar,rectificar y sanear digna y valientemente, todo aquello que en anteriores décadas de terror, las clases dominantes habian institucionalizado.
Con aquellas jornadas de lucha, no solo denunciamos y condenamos a los eternos enemigos del pueblo, sino que hicimos sentir el grito de guerra de todos aquellos que sacrificada pero dignamente y hasta entonces, habian escrito la historia,nuestra heróica historia...
Que hubiera sido de nosotros, si Monseñor Romero hubiera pensado más en su tiempo, el dinero y su sombrero copa ancha junto con su pulcra sotana,por no arriesgar el pellejo a costa de convertirse en "La voz de los sin voz" y en el santo de los desposeidos?
Que seria de nosotros?, si Roque Dalton, sabiendo que podria incluso, morir a manos de sus propios "camaradas", no hubiera arriesgado la canción hecha palabra y herramienta de lucha, para gritarle sus verdades a los poderosos y sus criticas mordaces a los ultraizquierdistas y al Partido Comunista.
No seriamos dignos, de llamarnos salvadoreños si Farabundo Marti, no hubiera dispuesto ir a enlodar sus botas a "Las Segovias" junto a Sandino el General de hombres libres, como su lugarteniente.
Si Miguelito Marmol, no se hubiera levantado con las ganas que lo hizo después de haber sido acribillado frente al pelotón de fusilamiento, para seguir arriesgando el pellejo reclutando, concientizando, organizando, y manteniendo vivo el grito de guerra de "Viva el Socorro Rojo Internacional", que inconclusamente y con toda valentia intentó Farabundo.
Fraternalmente, Trovador
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