Saludos y bienvenida: Inevitablemente, cada individuo hace parte de su vida y de su historia aquellos acontecimientos que marcaron un recuerdo bueno o malo en la efemérides y en su vida... Recordar por ejemplo aquellas cobardes masacres de la década del 70 en El Salvador (Chinamequita,Tres Calles,Santa Barbara,30 de Julio,entre muchas otras y seguro estoy es una experiencia que se repite a lo largo y ancho de Americalatina), masacres que conmocionaron a la nación y sacudieron la conciencia de muchos. Esas masacres aceleraron el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre el pueblo y las Fuerzas Armadas Nacionales, Toda aquella década fué de constante actividad politico-social y su principal escenario eran las calles, para las celebraciones del efemérides nacional de cualquier indole, se desarrollaba una manifestación de dolor, muy significativa y emótiva, muchas, con los restos de los asesinados y el reclamo del retorno o aparecimiento con vida de los capturados y desaparecidos. Muchos jóvenes,a partir de aquellas cobardes acciónes por parte del Estado, radicalizamos nuestra pocisión y optamos por la lucha armada como única solución a la crisis que cada dia se profundizaba más y más... A partir de aquella década, la protesta se hizo afrenta digna contra la dictadura militar, salir a protestar era recuperar,rectificar y sanear digna y valientemente, todo aquello que en anteriores décadas de terror, las clases dominantes habian institucionalizado. Con aquellas jornadas de lucha, no solo denunciamos y condenamos a los eternos enemigos del pueblo, sino que hicimos sentir el grito de guerra de todos aquellos que sacrificada pero dignamente y hasta entonces, habian escrito la historia,nuestra heróica historia... Que hubiera sido de nosotros, si Monseñor Romero hubiera pensado más en su tiempo, el dinero y su sombrero copa ancha junto con su pulcra sotana,por no arriesgar el pellejo a costa de convertirse en "La voz de los sin voz" y en el santo de los desposeidos? Que seria de nosotros?, si Roque Dalton, sabiendo que podria incluso, morir a manos de sus propios "camaradas", no hubiera arriesgado la canción hecha palabra y herramienta de lucha, para gritarle sus verdades a los poderosos y sus criticas mordaces a los ultraizquierdistas y al Partido Comunista. No seriamos dignos, de llamarnos salvadoreños si Farabundo Marti, no hubiera dispuesto ir a enlodar sus botas a "Las Segovias" junto a Sandino el General de hombres libres, como su lugarteniente. Si Miguelito Marmol, no se hubiera levantado con las ganas que lo hizo después de haber sido acribillado frente al pelotón de fusilamiento, para seguir arriesgando el pellejo reclutando, concientizando, organizando, y manteniendo vivo el grito de guerra de "Viva el Socorro Rojo Internacional", que inconclusamente y con toda valentia intentó Farabundo. Fraternalmente, Trovador

martes, 11 de febrero de 2014

Periodista encubierto se mete en la ruta de los bachaqueros y lo cuenta todo (Fotos)

POR: SINAR ALVARADO / FOTOS DE LEÓN DARÍO PELÁEZ


Periodista encubierto se mete en la ruta de los bachaqueros y lo cuenta todo (Fotos)
Desde Venezuela hacia Colombia el contrabando de gasolina sigue creciendo. El cronista Sinar Alvarado se metió en una de estas caravanas para contar el negocio por dentro, de hombres que ven acá su única oportunidad de vida.
La tierra se había vuelto oscura de tanto chupar combustible. Los árboles del patio seguían en pie, pero sus ramas se habían secado. Un olor penetrante flotaba en el aire. Junto a la casa, cuatro muchachos descamisados cargaban tanques en un camión. No había extinguidores; nadie usaba guantes ni botas ni overol. Solo un par de cuerdas y sus músculos tensos los ayudaban en la faena.
Chano, el conductor, sentado muy cerca con su barriga comba, le hablaba al ayudante, un wayuu también joven de pelo liso.
—¿Por dónde nos vamos?
—Dicen que por la Sierra.
En sus viajes semanales desde Maracaibo, en el occidente de Venezuela, hacia la frontera colombiana, Chano ha transitado rutas secundarias y trochas polvorientas, pero desconoce esta. Jamás ha cruzado la Sierra de Perijá, una zona boscosa que comunica ambos países.
—¿Muy empinao por ahí?
—Algo —dijo el guajiro—. Hay una subida pará, pero es una sola. Si pasamos esa, tamos listos.
—¿Y este carro sube?
—Sube, pero hay que sabelo llevá. Por ahí se vino Ramiro hace poco.
—¿Se vino con to y carro?
—Él se tiró. Se alcanzó a tirar, pero el carro sí se perdió con la carga.
Chano movió la cabeza, como negándose a ese destino. Miró el camión unos segundos, en silencio, antes de dar la orden:
—Revísale bien los frenos, que si fallan otra vez, nos jodimos.
El camión de Chano es un viejo Dodge modelo 79; tiene la carrocería picada y le chillan los amortiguadores, pero el motor funciona al pelo. Chano confía y siempre lo carga con 28 tanques llenos de combustible: unas seis toneladas. Aquella noche los caleteros amarraron toda la carga y Chano llevó el carro a un terreno baldío frente a la caleta. Las luces de las casas iluminaban la vía, y el trajín de los contrabandistas agitaba el barrio cerca de la medianoche. Solo esperábamos la orden de salida.
Hacia el noroccidente de Maracaibo, en las parroquias más grandes y más pobres, hay centenares de casas donde almacenan y distribuyen el combustible. Constantemente reciben a los surtidores ilegales, tipos que compran gasolina y diésel en las estaciones de servicio y le pagan al despachador el doble de lo que compran, para luego vender la carga en las caletas. Desde esos barrios, donde la policía patrulla poco o nada, es muy fácil acceder a las vías que conducen hacia Colombia.Contrabando de gasolina bachaqueo-bachaqueros3

A medianoche pasó un flaco y convocó a una reunión donde la patrona. Era una india de manta rosada, que llevaba dos Blackberry en la mano, un collar y varios anillos de oro. A su alrededor giraban otras mujeres, también encargadas del negocio. Los conductores, obedientes, formaron un corro esperando instrucciones. La jefa habló:
—Los que van sin lona se tiran por la Sierra. Los otros, por el tubo.
Chano respiró aliviado mientras cada cual buscaba su carro. Desde varias callejuelas salieron camiones cargados que rugían con la aceleración. Uno a uno se fueron formando, hasta crear una fila de 20 que avanzó por una vía destapada. En 15 minutos alcanzamos un punto de acceso a una carretera. Y allí, junto a la vía, nos esperaban un soldado de la Guardia Nacional y un policía, que controlaban el acceso como fiscales de tránsito. Por la carretera pasaba a altísima velocidad una caravana con camiones que pude contar: eran más de 80. Esperamos unos minutos mientras el largo tren del contrabando fluía. Entonces nos sumamos.
La gasolina en Venezuela se vende un 312 % por debajo de su costo de producción. Muchos expertos petroleros están en contra del costoso subsidio, y uno de ellos, José Toro Hardy, exmiembro del directorio de Petróleos de Venezuela (Pdvsa), calcula que el Estado dedica 12.000 millones de dólares anuales a proveer el combustible más barato del mundo. El litro de gasolina venezolana cuesta 0,03 dólares, mientras Colombia la vende en más de un dólar. En ese margen está la ganancia fabulosa que sostiene el contrabando.
La sangría ilegal exporta unos 30.000 barriles diarios (a 159 litros por barril), según datos oficiales. Pero todos los expertos aseguran que la cifra es mayor. El costo de esta fuga para el Estado venezolano ronda los 500 millones de dólares cada año.
Hoy el país con las mayores reservas de crudo importa gasolina en grandes cantidades: según la Administración de Información de Energía de los Estados Unidos, ese país vendió a Venezuela durante 2013 un promedio de 3,3 millones de litros de gasolina cada día, y a esto se suma otro poco que se compra a México y Brasil. Pdvsa compra el barril en unos 115 dólares; después, lo subsidia y prácticamente lo regala a sus consumidores, pues solo recupera un 2 % del dinero invertido. El volumen importado, que cubre un 6 % del consumo diario en el mercado venezolano, podría representar solo la mitad de lo que se va con el contrabando hacia Colombia.
En la punta de la caravana viaja siempre la mosca: un automóvil donde van las indias encargadas de negociar con la ley. Cuando llegamos a Cuatro Bocas, una alcabala de la Guardia Nacional, tres soldados se dedicaron a pasar revista cabina por cabina. Al llegar a la nuestra, Chano dijo un nombre:
—Estrella.
Y eso fue todo. Los choferes pronunciaban el nombre de alguna mujer, la delegada que transa con los oficiales. Todas son wayuu, la etnia que ha poblado La Guajira durante siglos y que todavía hoy controla los negocios en toda la zona binacional. Estrella, Mariela, la China… Los soldados anotaban en pequeñas libretas para llevar el control de lo que dejaban pasar. Así, más tarde, se sentarían con ellas a concretar la transacción: tantos camiones, tanto dinero que cada una de ellas pagaría y, a su vez, más tarde cobrarían a los contrabandistas.
Durante la mayor parte del recorrido íbamos en silencio. Chano y el guajiro, ambos veinteañeros bien vestidos, iban pendientes de lo que ocurría fuera de la cabina. Chano daba instrucciones para que el guajiro acomodara el espejo derecho; pedía agua o cualquier otra cosa. De resto, callaba. Cerca de las dos de la mañana abrió la boca de nuevo:
—¿Dónde está mi yerro?
Chano hablaba de su pistola, que no aparecía. Nos levantamos y buscamos, hasta que el ayudante la encontró metida en una ranura del cojín. Chano la guardó bajo su silla y siguió manejando en silencio.
Pasamos por la zona de Carrasquero y Molinete; allí buena parte de la población vive del negocio: hay choferes, ayudantes, mecánicos, caleteros, vigilantes, guardaespaldas.
Minutos más tarde llegamos al Tubo, una alcabala importante a mitad de camino, junto al río Limón. Allí confluyen varias rutas de contrabando. Al río llegan otros contrabandistas en lanchas, que arrastran el combustible en tanques sobre el agua. En la orilla hay camiones que reciben la carga y la llevan a la frontera. Otros, a veces, van por la Troncal del Caribe, la carretera que une a Maracaibo con el puesto fronterizo de Paraguachón.
En el Tubo estuvimos una hora detenidos, más de 100 camiones apretujados en un costado de la vía. Muchos apagaron los motores mientras los guardias ejecutaban su logística: peinaron el rebaño verificando a quién pertenecía cada carro; pasaron por los corredores que formaban las hileras de camiones; anotaron los datos y se fueron.
Muchos hombres bajaron de los camiones para orinar, revisar el motor o asegurar algún tanque flojo. Chano habló un rato con un colega que se paró al lado. Cruzaron anécdotas de sus viajes y hablaron de dinero, hasta que por fin el militar a cargo, algún coronel, dio la orden de paso. La caravana pasó frente a los militares y las guajiras que ya habían negociado el soborno. Desde una fotografía inmensa, Hugo Chávez, todavía presidente, miraba al horizonte junto a un discurso que hablaba de probidad y honor.
Cada tanto, cuando el contrabando se atasca, estalla en la Troncal del Caribe un conflicto que incomunica a los dos países. En 2011, la Guardia Nacional allanó varias caletas en Sinamaica, un pueblo guajiro, y quemó lo que encontró. En represalia, los contrabandistas y muchos vecinos suspendieron el tránsito durante cuatro días. El transporte comercial se detuvo, solo dejaban pasar ambulancias y cisternas de agua.
Para frenar el contrabando ha habido muchos intentos, pero todos han fracasado. Hace tres años, Pdvsa implementó el Programa Automatizado de Venta de Combustible, que la gente llama “el chip”: un dispositivo electrónico que sirve para controlar las veces que cada vehículo tanquea. Con este plan hay un límite de litros que puedes comprar cada semana. El sistema se implementó en los estados fronterizos, pero no ha logrado detener la sangría.
—¿Aló? ¿Dónde están ustedes? Nosotros… Por aquí… Donde se para la guerrilla.
Chano, que hablaba con un compañero, cortó la llamada y siguió manejando tranquilo. A los pocos minutos llegamos a un retén, aún del lado venezolano, justo cuando la mosca parqueaba junto a la vía. Las indias se estaban bajando para arreglar el negocio, y sobre la carretera nos esperaba media docena de guerrilleros armados. Todavía estaba lejos la frontera, pero las Farc, en una diligencia que parecía rutina, recibían su mordida a escasos kilómetros de dos puestos militares. Iban camuflados, con fusiles al hombro y barbas de varios días. Había dos mujeres, y todos llevaban brazaletes con su insignia. Los guerrilleros usaban el mismo sistema de chequeo rápido: los choferes no se detenían, apenas bajaban la marcha para decir el nombre de la guajira y seguir. En total, cada camión pagó esa noche 6000 bolívares en sobornos (cuatrocientos dólares en ese momento).
Llegamos a Montelara a las cuatro de la mañana, después de recorrer unos 150 kilómetros. El caserío, con un centenar de predios, tiene una mitad en cada país y un arroyo seco que marca la división. Por todas partes hay parcelas de tierra demarcadas con alambre de púas, y centenares de tanques plásticos y de metal en los que se mueve el combustible.
El camión avanzaba entre crujidos y traqueteos por las callejuelas polvorientas todavía en penumbras. Los choferes se repartieron entre los distintos patios, listos para vender la carga a sus compradores de confianza. En uno de ellos, donde cinco camiones ya descargaban, estacionamos de retroceso. Chano negoció el precio de venta y hubo acuerdo: la ganancia esa noche fue de 1000 bolívares por cada tanque (70 dólares). Él sacaría su tajada como conductor, y la mayor parte iría a las manos del capitalista que financió la carga.
Seguían llegando camiones entre pitos y cambios de luces. Había choferes que gritaban con sus celulares; negociaban precios y cantidades antes de tomar una decisión. Pronto llegarían también los colombianos dispuestos a comprar, con pacas de billetes tan grandes como una caja de zapatos.
Otro intento por detener el contrabando fue el de las cooperativas indígenas. En 2005, Álvaro Uribe y Hugo Chávez suscribieron un acuerdo que permite a 14 cooperativas importar combustible venezolano de forma legal, y venderlo en las 140 estaciones de servicio de La Guajira en un precio inferior al estándar internacional. Las cooperativas mueven 12 millones de litros mensuales: apenas una parte de los 50 o 70 millones que mueven los contrabandistas.
A las tres de la mañana salimos de La Paz, Cesar, a buscar el combustible. Íbamos cargados de tanques vacíos, y el viejo Ford volaba rumbo a la frontera con Venezuela. Recorrimos 200 kilómetros en tres horas, cruzándonos con caravanas de contrabandistas que hacían su viaje de regreso.
—Toda esa gente viene full de gasolina —dijo el Flaco sin dejar de mirar la ruta. A mi derecha, con la cara cubierta por una camisa, su ayudante dormía.
Ya se asomaba el sol cuando llegamos a Carraipía, un pueblo arenoso ubicado muy cerca de la frontera. Allí mismo, al día siguiente, los noticieros reportarían la muerte de tres policías en una emboscada guerrillera. Aquella mañana estacionamos en una calle de tierra. El ayudante, un muchacho compacto, moreno, siempre callado y severo, sacó la guantera de raíz y cogió una bolsa de papel donde venía envuelto el dinero: cuatro millones y medio de pesos. El Flaco cerró las puertas y guardó la plata en una mochila. Teníamos que ir a Maicao para cambiar de moneda:
—Hay que comprá bolívares. Los venezolanos no reciben otra cosa.
Contrabando de gasolina bachaqueo-bachaqueros2

El Flaco hizo una llamada y a los pocos minutos llegó un automóvil a buscarnos. Es un servicio que los contrabandistas usan por seguridad: si entraran a Maicao con un camión cargado de tanques plásticos, todos sabrían que llevan efectivo para comprar gasolina. Sería un robo seguro.
A las siete llegamos a la plaza del pueblo, donde se reúnen cada mañana decenas de cambiadores en oficinas y puestos callejeros. El Flaco tocó una puerta de vidrio oscuro y entramos a un cubículo estrecho: un tipo rechoncho de bigotes contaba dinero en una máquina.
—¿Cuánto traes?
—Cuatro y medio.
—La vaina está buena, te estás llenando.
—Qué va.
Hicieron la operación en silencio y a los pocos minutos salimos con una paca de bolívares tan grande como una caja de zapatos.
Desde La Guajira colombiana salen centenares de contrabandistas rumbo al Cesar. Viajan en caravanas de Renault 18, viejos bólidos que se compran por 2,5 millones de pesos: máquinas bien aceitadas bajo carcasas lastimosas que viajan a velocidades altísimas conducidas por pelaos; conductores suicidas que viajan con el pecho pegado al volante y 50 pimpinas de gasolina acomodadas con gran habilidad. Con frecuencia chocan, se matan, y sobre el asfalto quedan las huellas de sus conflagraciones frecuentes.
Al Cesar llegan también camionetas Bronco, de mayor capacidad, igualmente repletas con 100 pimpinas de 25 litros cada una. Llegan además carrotanques en manadas, todos listos para surtir un mercado que es capaz de vender, cada semana, seis millones de litros de combustible. Es decir, 550 millones de pesos cada siete días.
El ayudante escondió los bolívares en el fondo de la guantera y salimos. Avanzamos unos pocos minutos hasta llegar a una finca ubicada a orillas de la carretera. Un niño wayuu vigilaba un portón que debíamos cruzar. El Flaco le dio un billete y el chico abrió. Allí empezaron dos horas y media de una marcha lenta, por un camino de tierra y piedras que impedía superar la primera velocidad. Vimos casas paupérrimas, criaderos de cerdos y chivos. Vimos un sembradío de maíz completamente abandonado.
Un kilómetro más adelante llegamos a un nuevo portón de madera, alto y pesado. A poca distancia se veía una casa amplia bien mantenida, con techo de teja y anchos corredores. Un hombre controlaba el acceso bajo la sombra de un árbol inmenso.
—Este es el retén más duro. De regreso, cuando vengamos cargaos, hay que pagá 30.000, pero el hombre mantiene la vía buena y nos deja trabajá. Hay otra ruta, cruzando otra finca, pero aquel tipo sí cayó en la mala con la guerrilla. Dicen que dejó de pagá la vacuna y un día le cerraron el paso. La guerrilla cogió tres camiones cargaos y los quemó. Ya nadie pasa por ahí.
Rayaba el mediodía cuando por fin llegamos a Montelara. De día se veía más claro el panorama: decenas de casas expuestas al sol del desierto; casas con techos de lata y cercas de alambre, ni un solo metro de pasto, pura tierra amarilla. Solo los wayuu, duros como el cuero seco de los chivos que pastorean, han sido capaces de sobrevivir en este infierno árido durante siglos.
Los patios donde compran, almacenan y venden la mercancía se siguen multiplicando a un ritmo veloz. Se ven varios en construcción, armazones de madera y zinc que darán cobijo a nuevos expendios en cuestión de días. A uno de esos patios, regentado por el Mocho, llegamos con el camión. El Mocho apenas pasa los 30 años, pero lleva muchos en el negocio. Le falta un brazo, pero se mueve con agilidad usando el que le queda. Lleva siempre un sombrero de paja muy ancho que lo protege durante la jornada. Y mueve bastante dinero, pero gasta demasiado.
—Este vergajo ha tenío tres Toyotas y toítas las esmigaja —lo acusó el Flaco.
El otro sonrió con algo de vergüenza. Después ambos vieron pasar un camión nuevo y el Mocho ofreció:
—Le vendo uno igualito.
—¿Venezolano o colombiano?
—Venezolano.
—¿Robao?
—Pues claro, barato.
—Nombe. ¿Qué voy a hacé yo con un carro robao que no se puede usá en Colombia? Mejor termino de arreglá este —dijo el Flaco y pateó las llantas de su Ford, que todavía está pagando en cuotas mensuales.
Bajo aquel sol nocivo pasamos dos horas, mientras el Flaco y su ayudante llenaban los 24 tanques plásticos arriba del camión. En tierra, con una bomba, dos tipos con botas de caucho impulsaban el combustible desde sus tanques metálicos. Sudados y sucios, el Flaco y su ayudante contrastaban con sus colegas venezolanos: aquellos, ubicados muy cerca de la llave por donde sale el combustible, “vigilados” por autoridades más corruptas, viven de un oficio más fácil y más rentable.
Cuando por fin llenaron, arreglaron el negocio frente al rancho de lata que hacía las veces de oficina. El Flaco y el Mocho gastaron varios minutos contando los fajos. Y desde el terreno vecino, encaramado en una estructura en construcción, bajo el sol que no daba tregua, un obrero requemado miraba los billetes con la envidia dibujada en el rostro.
Antes de dejar Montelara paramos a almorzar en un ventorrillo. En una mesa contigua, dos contrabandistas intercambiaban anécdotas de robos y emboscadas: por estas tierras es muy frecuente que los bandidos intenten robar la carga a tiros.
El Flaco terminó de comer y se recostó en la silla con las piernas estiradas. Se veía cansado, pero también satisfecho.
—Uh, carajo. Quién estuviera en una oficina con aire acondicionao… Nombe, qué va. Yo toy muy acostumbrao a esto. Me gano 500 en un día; un millón. ¿Y quién me va a da trabajo a mí?
De regreso, con el camión cargado, pagamos doce peajes improvisados: niños harapientos y mujeres sin oficio cerraban el camino con una cuerda. Esa pobre gente veía pasar el dinero frente a sus casas y no podían dejar de participar. El Flaco llevaba un rollito de billetes listos para ir pagando. Su ayudante se quejaba:
—Este negocio tiene muchos socios.
—Cómo se hace, primo. Esta tierra es de ellos y si no quieren, no nos dejan pasá.
De Venezuela sale combustible hacia tantos lugares. Hay mafias que lo llevan a Brasil después de cruzar la selva; hay barcos atuneros que no pescan atún: en sus tanques clandestinos llevan derivados del petróleo a Aruba y Curazao. Hay, también, un ejército incontable de contrabandistas que mueven gasolina y diésel hacia Colombia, a través de la extensa frontera entre los dos países. Cruzan por Los Llanos en la zona del Arauca; por Los Andes en la región del Táchira; y por el norte, en rutas que cubren las tierras inhóspitas de La Guajira. Pero no hay —no conozco— un pueblo que haya sido secuestrado por el negocio como ocurrió con La Paz.
Dos noches antes del viaje a la frontera hice allí un recorrido. Me llevó Pacho, el rubio taimado, una suerte de contrabandista de bajo perfil. Su carro casi nuevo había sido adaptado para pasar desapercibido: limpio y bien mantenido, escondía bajo los asientos un tanque de 200 litros.
Aquella noche el pueblo hervía de actividad. Desde la entrada, a orillas de la carretera, vimos ventorrillos donde se despachaba gasolina a toda hora.
—Mira, ahí la venden y ahí mismo duermen —dijo Pacho.
En un tramo de 200 metros había decenas de casuchas construidas con láminas de metal y palos de madera. Adentro había cambuches y cocinas improvisadas, donde dormía el encargado del puesto. Y al lado, apoyada sobre el piso de tierra, la respectiva máquina dispensadora, los tanques para almacenar y, afuera, baldes, filtros y mangueras. Cada diez metros había un tarantín instalado, y todos competían desesperados por vender.
A menudo, la geografía bendice y condena. La Paz tiene 22.000 habitantes, y su ubicación ha sido fundamental en el negocio: el corredor por donde viaja el combustible desemboca aquí.
Los contrabandistas empezaron a viajar por esta zona desde los años cincuenta, cuando traían bultos de cigarrillos, luego marihuana y más tarde electrodomésticos. Desde entonces se trazaron los primeros caminos rurales, se empezó a sobornar a las autoridades y se acumularon las fortunas más antiguas. Así se perfeccionó el método que hoy sirve al negocio del combustible.
Los periódicos del Cesar publican con frecuencia alguna noticia relacionada con el contrabando: decomisos, capturas, heridos y muertos. Por esos días, en varios diarios, circulaba un informe elaborado por la Universidad Popular del Cesar y Ecopetrol. El informe contenía un censo con numerosos datos, entre ellos un conteo de las casas donde se almacena y se distribuye a otros lugares (320), y los puntos de venta directa (509). En aquel mapa, el pueblo parecía atacado por un sarampión virulento.
—¡Ojo, ojo!
Nos incorporábamos a la carretera en Carraipía cuando nos dieron la voz de alto. Ocho camiones cargados estaban escondidos en un potrero junto a la vía. Y una veintena de contrabandistas esperaban que se despejara.
—Hay ley, primo.
Estacionamos el Ford bajo un árbol y nos reunimos con los demás, sentados en la orilla de la carretera. Casi todos eran veinteañeros, excepto uno: un tipo que rozaba los 40 y era el más entusiasta. El tipo decía que estábamos perdiendo el tiempo, que debíamos avanzar y buscar la manera de atravesar el cordón policial.
—Somos bien cobardes nosotros. Ahí no puede habé más policías que contrabandistas. ¡Vamos, ellos se quitan porque se quitan! —insistía, pero los muchachos lo miraban entre incrédulos y divertidos.
En el cinto del pantalón, bajo la camisa, llevaba una pistola. Los muchachos reían mientras lo escuchaban, y el cuarentón caminaba en círculos agobiado por la ansiedad. Algunos hicieron llamadas tratando de recibir información. Y la consiguieron.
—¡Hay vía, hay vía!
Abordamos en tropel y retomamos el viaje. La caravana avanzó rápidamente, sin retenes ni policías a la vista. Solo encontramos una alcabala del ejército, pero el contrabando no figura entre sus competencias. El contrabando es asunto de la policía. Aquella tarde los soldados se hicieron a un lado y nos dejaron seguir. Después de muchas horas por caminos tortuosos, horas de polvo y piedras, era un alivio avanzar sobre asfalto uniforme. Cada minuto rendía muchos metros y daban ganas de seguir hasta La Paz, donde el Flaco vendería feliz sus 5000 litros de combustible.
Pero la fantasía duró poco. Más adelante llegamos a un punto donde debíamos decidir:
—Si nos tiramos derecho a lo mejor hay un retén, y toca pagá como 800. Si cogemos por Los Remedios vamos seguros.
Los Remedios era una nueva trocha, una de tantos caminos de herradura que cruzan La Guajira colombiana; pasadizos rurales que forman una red inabarcable, tan grande que los policías no pueden cubrirla.
Rápidamente el sendero empezó a reducirse, hasta convertirse en un pasadizo lleno de maleza y grandes árboles, donde el Ford traqueteaba rozado por la vegetación. Cruzamos bosques y ríos, y en un momento dado empezamos a ascender.
—Aquí más adelante tenemos que repartí la carga.
—¿Cómo así?
—Vamos muy pesaos. Ahí se para siempre un camión que uno le paga y ayuda a subí una loma que viene más alante. Si subimos así como vamos, es peligroso.
Pero llegamos al punto y no había nada. Solo un anciano y otro tipo que fumaban callados en medio de la oscuridad.
—Oiga, primo, ¿y el carro que sube carga?
—Ese no vino hoy. Ta por allá abajo haciendo un mandao.
—Ah, carajo.
—¿Cuánto lleva? ¿Muy pesao?
—24.
—Ah, así no sube. Mejor deje la mitá aquí. Sube, deja la otra parte allá arriba y viene a buscá esta. Así va seguro. Cargao es mucho riesgo.
El Flaco se lo pensó unos segundos y decidió:
—Yo subo solo, por si acaso. Ustedes se van a pie.
Y arrancó dejando una espesa nube de polvo. El ayudante echó a correr cuesta arriba, y en pocos minutos me quedé solo. Grité y silbé varias veces, pero nadie respondió. Arriba, por el camino serpenteante, solo se veían las luces del camión que se alejaba en la oscuridad de la montaña. El ruido del motor se desvaneció cuando cruzó la última curva, y el silencio, apenas roto por la brisa, se adueñó de todo.
Costaba distinguir el camino en aquella noche sin luna. A un lado estaba el cerro; al otro, el abismo. Por seguridad me mantuve del lado derecho, tropezando a cada rato con los desniveles del camino. Jadeaba y sudaba a chorros, aunque la noche era fresca. Lo que sentía era angustia y físico miedo. ¿Cuánto tardaría en llegar a la cima? ¿Estarían esperando? Cada tanto me detenía a descansar y miraba hacia arriba: un espectáculo abrumador de estrellas se amontonaba en el cielo; las copas de los árboles describían una danza majestuosa. Daban ganas de quedarse a esperar la luz del día, pero tenía que salir de allí. Así que caminé, y al cabo de una hora por fin llegué a lo alto del cerro. Con el viejo Ford estacionado, el Flaco y su ayudante esperaban impacientes.
—¡Vámonos, de una!
Dimos toda esa vuelta, de casi cinco horas, solo para evitar un retén policial que ni siquiera era seguro. Pero ante el riesgo de perder la carga, cualquier travesía es preferible. La ruta nos devolvió a la carretera y paramos cerca de la medianoche a descansar en el patio de un taller, donde nos encontramos con otros compañeros de viaje. Allí, parapetados en la cabina del Ford, incómodos y extenuados, dormimos por primera vez en 20 horas de viaje.
Pacho y su cuñado Ramón comparten un patio en San Diego, un pueblo ubicado a solo cinco kilómetros de La Paz. Allí la historia es otra: aunque está muy cerca del emporio gasolinero, San Diego no se ha contagiado por el gusanillo de la fortuna súbita. Hay algo en el espíritu de sus habitantes —alergia al riesgo, aprecio genuino por el sosiego— que los vuelve reacios al azar. Pacho y Ramón son los únicos que venden combustible. Sus casas dan a un patio común, y allí, detrás de un portón alto y sólido, se ve el desorden del negocio: un tanque de 1000 litros, decenas de pimpinas, mangueras, una bomba, dos carros con tanques secretos y una camioneta.
Aquella mañana, antes de salir de La Paz, estaban afanados: Ramón preparaba un embarque de diésel que llevaría a Cuatro Vientos, un caserío ubicado a tres horas hacia el sur, viajando por una trocha casi intransitable (allí se venden entre 30 y 40 carrotanques semanales de combustible para tráfico pesado). Cuanto más se aleja el combustible de la frontera, más caro y rentable se vuelve.
Mientras Ramón llenaba el tanque de su sedán, Pacho descargaba el suyo con método, muy limpio, casi siempre en silencio. Había inclinado el carro para facilitar la tarea, y llenó varias pimpinas de gasolina ayudándose con la gravedad y chupando a cada rato la punta de una manguera. Pacho ha trabajado siempre en el negocio del transporte público:
—Pero eso ya no da, primo. Los piratas perratearon el negocio y ya uno estaba trabajando por 10.000 pesos diarios. ¿Quién vive con eso? La idea mía es ahorrá y comprá un taxi, y salime de esto, primo. Esto es muy peligroso, vive uno con la muerte en la espalda: 200 litros de gasolina en un carro. Una bomba.Contrabando de gasolina bachaqueo-bachaqueros1

Pero salirse no es fácil. El problema de Pacho y Rafa es el mismo de tantos otros: ni siquiera terminaron el bachillerato. Esta zona, ahora dominada por las multinacionales del carbón, solo ofrece oportunidades a unos pocos, y hay que estar preparado. El contrabando es la tabla que ha salvado a muchos del naufragio. La Paz es solo un caso, el prototipo que refleja la situación de muchos pueblos del Caribe colombiano: allí hay un 80 % de desempleo, y tres cuartos de la población vive de la gasolina. El 58 % de los hombres que se dedican al contrabando no tienen formación para aspirar a un trabajo bien remunerado.
Pacho suspende un momento la carga de su carro para vender un poco de gasolina a un cliente que acaba de llegar. Pacho recibe el billete y llena el carro con una pimpina. En la última maniobra derrama un poco de líquido y reacciona doblando la manguera. Parece que en ese momento, cuando mira la mancha de gasolina en el suelo, surge la reflexión:
—Este negocio no se acaba nunca, primo. En Venezuela esto es agua, y acá es oro.
A las dos de la mañana nos despertó el ruido de una caravana. Más de 20 camiones pasaban cargados por la carretera, uno tras otro, como un tren decidido y sin obstáculos. El Flaco prendió el Ford y nos fuimos.
Tuvimos que volar para alcanzar al último de la caravana, pero era un viaje que debíamos aprovechar: cuando los contrabandistas se juntan, es más difícil detenerlos, y también es más fácil negociar. En la caravana iban dos carrotanques y varios camiones que le pertenecían a un “duro”: algún capitalista con músculo para sobornar a la autoridad donde fuera necesario. Los demás íbamos colados. Así pasamos por varios pueblos, mientras la mosca, una Toyota blanca, iba en la punta arreglando con la policía. Cada vez que llegábamos a un retén, la mosca se estacionaba junto a la patrulla de turno. El patrón pagaba por sus carros, pero también pagaba por nosotros y por cualquiera que se hubiera adherido. Más adelante el Flaco tendría que responder.
Faltaban unos pocos kilómetros para llegar a La Paz. Pero algo salió mal: la noche anterior habían instalado un puesto móvil de la policía antes de entrar al pueblo. Así pretendían detener la entrada de gasolina que venía bajando desde La Guajira. La mosca desvió y nos metimos a un pueblo llamado La Jagua del Pilar.
Amanecía y muchos vecinos barrían o regaban sus jardines. Miraban la caravana con asombro; jamás habían visto pasar por allí un grupo de contrabandistas. Pero colaboraban: en varias esquinas los viejos del pueblo nos guiaban con señas. Pronto salimos y empezamos a ascender una nueva serranía. La caravana parecía una serpiente ruidosa que reptaba por el costado de la colina. Subíamos y el clima se enfriaba, hasta que nos encontramos en lo alto con un clima templado. Desde allí veíamos toda la llanura del Cesar, la región que íbamos a suplir de combustible en pocas horas.
Cada tanto nos deteníamos a esperar información. Eran recesos breves, no más de cinco minutos, mientras el patrón recibía datos de sus informantes ubicados en la vía. Así nos asegurábamos de encontrar el camino libre. Después bajamos, atravesando dos pueblos de montaña detenidos en el tiempo: casas de barro y caña brava, gente con la inocencia en la mirada. Y por fin, con la cabina cubierta de tierra, después de respirar mucho polvo, llegamos a La Paz, de donde habíamos salido 30 horas antes. La mosca se detuvo y el patrón se acercó.
—Me debéi 200; te pagué tres retenes. En Urumita se querían poné brutos: les iban a echá plomo a ustedes.
—Qué va, eso es puro terrorismo que meten pa que uno pague.
El Flaco restó importancia a la amenaza y convino que pagaría al llegar al parqueadero. Arrancamos y entramos al pueblo. Por todas partes había movimiento de camiones y carrotanques que llegaban a surtir. El Flaco vendería al día siguiente, después de descansar. Sus cuatro millones y medio se habían convertido en nueve. De allí sacarían los gastos del viaje, el pago del ayudante y la ganancia. Con el capital de siempre en dos días, saldría otra vez rumbo a Montelara.
Estacionamos, bajamos del Ford y caminamos rumbo a la calle. Por primera vez en un día y medio, pensé, nos libraríamos del constante olor a gasolina. Pero qué va: cuando avanzamos por el parqueadero, nuestros pies se hundían en el suelo húmedo. Allí, otra vez, la tierra se había vuelto oscura de tanto chupar combustible.

martes, 4 de febrero de 2014

Historia de un muerto


Marcelo Colussi

Fue por la avenida Ayacucho. Eran alrededor de las seis de la tarde, la hora en que sale todo el mundo de sus trabajos. La calle era un río torrentoso de gente por lo que, en un primer momento, nadie se dio cuenta que había sido él. Se escuchó el disparo -luego se supo que era un policía privado repeliendo un atraco en una agencia de seguros- pero nadie pudo precisar más detalles. La bala perdida le dio en la cabeza.

En un momento la ambulancia ya estaba recogiéndolo. Los curiosos agolpados en torno al cuerpo ensangrentado molestaron un poco a los paramédicos aunque, muy profesionales, en cuestión de segundos lograron cargarlo. Inmediatamente, a las pocas cuadras de comenzar el recorrido, lo dijeron sin temor a equivocarse: estaba muerto. El balazo le había destrozado el cerebro. Ya no valía la pena seguir con la sirena activada.

Al día siguiente lo estaban recogiendo en la morgue municipal. Viendo que no regresaba a su casa a la hora habitual -era sumamente puntual, rutinario- la familia se inquietó y comenzó las averiguaciones del caso. En poco tiempo pudieron localizarlo. La esposa y el hijo mayor -doce años- fueron a retirar el cuerpo. La hija menor esperó con unos familiares mientras se cumplían todos los trámites.

Julián se alegró mucho cuando reconoció las voces de su mujer y de su hijo. Quería hablarles, quería decirles todo lo que los quería… pero no le salía una palabra. Viendo que no lograba comunicarse así, trató de moverse… pero el cuerpo no le respondía. No entendía qué pasaba. Recién ahora comenzaba a salir del aturdimiento y se había sorprendido -y asustado- al verse en el medio de todos esos cadáveres. Sentía un poco de frío en esa cámara congelada. No entendía bien qué había pasado. Recordaba vagamente la calle llena de gente por donde caminaba y, de pronto, un dolor en la cabeza. Después: más nada. Y esta cámara fría de ahora…

Cuando lo preparaban para su velorio sintió una gran impotencia y mucha ira. Quería decirles que no lo hicieran, que lo dejaran levantarse y salir. Quería agitar los brazos, gritar, mover las piernas… Pero no podía. Le pareció, en un momento, que podía levantar una ceja. Se puso contento cuando creyó notar que eso le era posible. Aunque evidentemente no lo era, pues nadie respondía a su gesto. Contra su pesar tuvo que aceptar sombrío la situación: estaba muerto.

Pero ¿cómo era posible? Si él no había hecho nunca mal a nadie, si todavía se sentía una persona muy joven -tenía 38 años-, si jamás había dado que hablar con conductas reprobables…. Si era casi un modelo de perfección como padre, como empleado, como hijo, como ciudadano (bueno, recordó que una vez se había atrasado dos meses en el pago de la tarjeta de crédito, ¡pero luego se puso al día, por supuesto!)… si todo eso era así: ¿cómo esta injusticia ahora? ¿Por qué morirse por culpa de una bala perdida con la que nada tenía que ver?

Quiso enterarse de más detalles, por lo que aguzó el oído cuando alguien -parece que era su primo, el gordo, ese con el que iba a pescar cuando adolescente- contaba los pormenores de su muerte. No había muchas vueltas que darle al asunto: una bala perdida le había destrozado la cabeza y estaba muerto, bien muerto. Mañana iba a ser el entierro.

Recordó eso que había visto en la televisión vez pasada, ese estado raro, medio anormal por el que una persona parece muerta pero no lo está. No tenía presente el nombre, y tampoco podía preguntarlo a nadie. O, por más que intentara hacerlo, nadie le respondía. Le venía en mente la palabra "cataplasma", aunque sabía que no era esa. "Cata… cata… ¡cataclismo!", se dijo emocionado. Pero no era así. Además de la angustia de la situación, se le sumaba ahora la que le producía no poder recordar la palabra. De todos modos, enseguida dejó eso. No importaba el nombre. Debía ser esa cosa de nombre raro, ese estado extraño, pensó, sin importar cómo se llamara. Y según había visto en la televisión, la gente que sufría ese estado, después de un rato, unas horas, despertaba. "Y… ¿si lo enterraban vivo?", se preguntó consternado.

Al velorio llegó una regular cantidad de gente. Pocos lo lloraron con convicción: su esposa, sus dos hijos, sus tres hermanos. La mayoría repetía las consabidas frases de ocasión, las mismas que él decía cuando iba a otros velorios. Lo que no podía entender es cómo era eso de sentirse vivo sabiendo que estaba muerto. Aunque, "¡no, no estaba muerto!", se decía para sí. "Si tengo plena conciencia de todo lo que está pasando… ¿O así será estar muerto?"

Pensó con honda consternación que si eso era estar muerto… era horrible. No podía decir ahora: "entonces: mejor muerto", porque efectivamente, estaba muerto. Se había imaginado la muerte de otra manera. No era un tema que le preocupara especialmente éste, pero tenía otra idea del asunto. Las pocas veces que le dedicaba algún tiempo a pensar esto, esperaba que la muerte lo encontrara en una cama, sin sufrimientos, descansando. Era, según creía, un sueño largo del que uno ya no despierta más. ¡Pero nunca hubiera imaginado que podía sobrevenirle en plena calle y en un horario pico, rodeado de gente desconocida, entre los gritos de la muchedumbre y el ruido del tráfico! No, no era eso lo que deseaba…

"Pero, claro… las cosas no son siempre como uno las desea", reflexionaba con amargura. "¿Y qué pasará luego, cuando cierren la tapa del ataúd?". Eso lo tenía desesperado. "¿La noche eterna?... Pero, si yo puedo pensar aún… ¿qué voy a hacer todo el tiempo aquí, encerrado, con las manos cruzadas sobre el pecho sin poder moverme pero pensando y sintiendo todo?... ¡Es un espanto!"

Recordaba haber visto que la gente que sufría de esos raros estados que ahora no podía recordar cómo se llamaban -"cata…. cata…. ¡catapulta!... No, no era catapulta… ¿Pero cómo era?"-, bueno, recordaba que a veces, inmóviles como estaban en su féretro, antes que los enterraran daban a entender que seguían vivos… llorando. Así vio una vez en una documental por televisión.

Decidió llorar entonces. Pero no podía. Primero, no le salían lágrimas. Y, además, no tenía ningún motivo que lo hiciera sentirse con ganas de llorar. Lo que le estaba sucediendo más bien le producía terror. Pero no tristeza.

Intentó serenarse y pensar en cosas tristes de su vida, a ver si de esa manera lograba llorar. Pensó en la muerte de sus padres. Esos habían sido momentos feos; recordaba que en ambos casos había llorado. No mucho, pero sí lo suficiente para que nadie dijera que no quería a sus progenitores. Con su madre lloró un poco más; la quería mucho, sin dudas. Pero ahora, al evocar aquel momento, no le venían las lágrimas. Pensó en otras circunstancias tristes….pero nada: las lágrimas no venían.

Cuando comenzó a escuchar las palabras del cura diciendo el responso, se desesperó. "¡¿Pero cómo nadie se da cuenta que no estoy muerto?!... ¿O así es estar muerto?" Julián no sabía cuál de las dos cosas lo trastornaba más. Pensó que sería terrible pasar toda su vida así, en un cajón… bueno, hasta le resultaba cómico descubrirse pensando eso. Si era un difunto, lo que le tocaba de ahora en más no era "seguir pasando la vida". Era ¡hacer de muerto!

Pero nunca se imaginó que los muertos pensaban, sentían, podían tener todas las sensaciones que él ahora experimentaba.

"La vida será una porquería… pero es más lindo que estar muerto", se dijo con aflicción. "¿Qué hacer entonces? ¿Resignarse?"

La tapa fue colocada entre el llanto de los más allegados. Al menos antes Julián podía ver y escuchar a la gente; ahora no. Eso le llamó poderosamente la atención: si tenía los ojos cerrados, ¿cómo era posible que viera a los asistentes a su velorio? Porque de ello no le quedaban dudas: ¡estaba viendo a las personas! Ahí estaba su hijita Viviana, de ocho años, con el vestido azul que le habían comprado hacía no más de un mes. Y su hijo Omar, con muchos granitos en la cara -cosa que al jovencito lo tenía sumamente preocupado y sobre lo cual Julián le hablaba siempre diciéndole que eso ya le iba a pasar, que no era nada grave-. Ahí lo podía ver perfectamente, no era una alucinación. Cada vez entendía menos la situación.

Ahora, cerrado ya el féretro, no podía ver nada; e incluso escuchaba con mucha dificultad. Lo incomodaron los barquinazos cuando el ataúd era trasladado. "¡Esto no es vida!", se permitió bromear. Tuvo, por otro lado, la sensación que sonreía por la humorada. Pero no podía compartir el chiste con nadie, lo cual lo afligió. "¿Le crecería la barba ahora?", siguió cavilando. Algo inexplicable lo forzaba a reírse de la situación. No podía ser cierto todo eso que estaba atravesando. "¿Cómo voy a estar muerto si estoy pensando estas cosas? Los muertos no piensan, ¿verdad? No, no…no estoy muerto. Esto es todo un chiste que me están haciendo".

Las paladas de tierra que iban tapando el cajón lo convencieron que allí no se trataba de ningún chiste. Por otro lado, si fuera un chiste…no entendía cómo podría ser posible. ¿Quién iba a estar haciéndole un chiste de esa naturaleza?

Muy a lo lejos escuchó los últimos llantos de sus familiares directos. Escuchó la voz de su hija que lo llamaba desconsoladamente. Y eso lo paralizó. Nunca en su vida había sentido tantas ganas de gritar. Ahora lo intentaba con desesperación, pero la voz no salía. "¡Aquí estoy, Vivianita del alma! Hija mía: no estoy muerto, no. Hay un error. Diles a todos que me saquen. ¡No estoy muerto!" Sintió que todos iban retirándose. Le pareció escuchar, incluso, muy a lo lejos, motores de automóviles que se ponían en marcha y se alejaban.

"¿Y qué hacer ahora?"

La sensación que tuvo fue horrible, espantosa. Si lo que le estaba pasando era un ataque de esa enfermedad -"¡catalepsia!", por fin la recordó- ¿cuándo despertaría? Y cuando despertara, ¿qué haría? ¿Cómo salir de ahí?

Perdió la noción del tiempo. No podría decir cuánto pasó encerrado en el cajón, y mucho menos de qué manera había sucedido, lo cierto es que en algún momento se encontró en un lugar conocido. No lo podía creer, no era posible. Enseguida reconoció el sitio: ¡estaba en su barrio!

No le importó mucho saber los por qué. Lo primero -¡y único!- que pensó fue en cómo llegar a su casa. No estaba nada lejos, sólo un par de calles. Encontró todo igual, y sin pensarlo dos veces, caminó apresuradamente. En realidad, no era caminar; era una carrera atropellada, aparatosa. Pero algo sentía que estaba mal: sus pasos no hacían ruido. Se detuvo un momento en su alocada marcha y miró sus pies. Llevaba puestos los mismos zapatos que aquel día en que había recibido el balazo fatal.

No entendía bien qué sucedía. ¿Por qué no hacía ruido? ¿Qué estaba pasando? Luego de un pequeño instante de cavilación, siguió su loca carrera. A los pocos metros se encontró con un vecino conocido de años, don Ricardo, que venía caminando. Quiso ver cuál era la reacción de este buen hombre, anciano ya, a quien había visto en su funeral. Pensó también que el pobre se podría morir de un paro cardíaco al verlo vivo nuevamente, pero después de todo no era tan fea la muerte, porque él ya la había conocido, y en realidad, más allá de la soledad, no se sufría tanto.

Se acercó hasta el buen hombre y lo saludó efusivo. "¡Hola, don Ricardo! ¿Se acuerda de mí todavía?" El interpelado siguió su marcha cansina sin prestarle la más mínima atención. "¡Eh, don Ricardo. Soy Julián, su vecino. ¿No se acuerda? ¡El que se murió de una bala perdida en la cabeza!". Don Ricardo continuó inmutable. Le pareció verlo más avejentado. ¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde su muerte? El envejecimiento del vecino lo asustó. "¿Habrán sido varios años?"

Siguió su marcha. Le quedaba como argumento pensar que don Ricardo, muy avejentado, estaba ya muy sordo, deteriorado por la edad, con demencia senil quizá, y por eso no lo reconocía. De todos modos ahora no continuó corriendo. Iba caminando con tranquilidad observando atentamente cada detalle del sector. Era una sensación grata. No recordaba haber caminado por su barrio anteriormente de esa manera, disfrutando cada cosa, cada esquina, cada casa que veía, cada árbol. El corazón le palpitaba, lo cual lo hizo sentir vivo, bien vivo. Había llegado frente a la puerta de su casa.

Se detuvo un momento. Había muchos detalles cambiados. Eso le hizo suponer que había pasado ya un tiempo considerable desde su entierro. El frente de la casa tenía otro color ahora, y las cortinas de la cocina que alcanzaba a ver era nuevas.

Así estuvo por espacio de unos minutos, pensando qué iba a decirle a su familia. ¿Lo reconocerían? ¿Se morirían de miedo al verlo nuevamente? ¿Cómo reaccionarían?

Además de preocupado, estaba contento. Muy contento, rebosante de alegría. ¡Estaba volviendo a su casa! ¡Ya no estaba muerto! ¡Ahora sí se iba a terminar el equívoco! Aunque todos los cambios que veía le hicieron pensar en un mal presagio. "¿Cuánto tiempo habrá pasado? ¿Y si ya no me recuerdan?"

De pronto vio salir a su esposa. Bueno… su ex esposa. "¿Cómo tendría que decirle: esposa o ex esposa?" Poco importaba eso. Lo cierto que ahí estaba Marta, bonita como siempre.

Pero su sorpresa fue mayúscula. Casi muere de la impresión -por decirlo de alguna manera- cuando vio que ella estaba embarazada. "¿Será mío?" Inmediatamente recordó que antes de recibir el balazo en la cabeza aquella tarde, Marta nunca le había hablado de un nuevo embarazo. O podría ser que no se lo había querido contar aún y le iba a dar una sorpresa…. Claro, eso tenía que ser. ¡Una sorpresa! Le iba a dar una sorpresa y la muerte lo sorprendió antes… Eso era. "¿O sería de otro?..."

Julián quedó sin palabras. Vio cómo ella salía lentamente de la casa, algo más avejentada, y caminaba con la misma parsimonia de siempre. La miró alejarse. Quería decirle algo pero no podía. Además, ella había pasado a no más de dos metros de donde él estaba parado y no le había dirigido la palabra. ¿Sería posible que no lo hubiera visto? ¡No, no, eso es imposible! "¿No me habrá querido saludar? Pero… ¿por qué?"

Cuando Marta se alejaba, Julián la llamó. Sintió que pronunciaba su nombre claramente, pero no escuchó su propia voz. ¿Cómo era posible eso? Insistió. Gritó. Gritó con todas sus fuerzas. Pero nada… No se escuchaban sus gritos. Justo en ese momento pasaba por la acera una vecina de años: doña Leonor (también recordaba que había estado en su funeral). En forma precipitada, aún sabiendo que la pobre mujer podría no entender nada, sorprenderse de verlo de nuevo ahí parado frente a la puerta de su casa, aún a riesgo de todo eso decidió hacerla participar en la escena. Acaloradamente, casi gritando, se dirigió a la mujer: "¡¡Doña Leonor, no se asuste: soy yo, Julián!! Ya le voy a explicar cómo es posible todo esto, pero ahora, por favor, por diosito lindo, ¡¡llámela a Marta!! Por favor, doña Leonor: dígale que volví".

Pero doña Leonor siguió caminando ajena a todo.

"¡Doña Leonor! ¿No me escucha? ¿No me ve, doña Leonor? Soy yo, ¡Julián!"

La mujer siguió su camino imperturbable y dobló la esquina.

A Julián lo ganó la desazón, la desesperanza. No entendía lo que estaba sucediendo. "Pero, ¿estoy o muerto o no? ¿Esto es estar muerto? O sea que uno puede hablar, pensar, sentir, ver y escuchar a los demás… pero nadie puede verlo ni escucharlo a uno. ¡Qué cosa tan rara esto de estar muerto! Yo pensaba que era distinto: que uno se quedaba dormido para siempre, ya no sentía nada…"

Estaba atormentado con todas sus cavilaciones. En realidad no sabía bien qué hacer, si valía la pena seguir insistiendo con los vivos, llamarlos, intentar presentarse ante ellos.

Empezaba ya a resignarse a que su actual existencia era eso: un estar sin estar, cuando de pronto le pareció ver venir a su hija Viviana. Estaba irreconocible: era ya una muchachita y no la niña que él había dejado cuando murió. "¡Cómo nos cambia la vida!... Bueno, pero más aún la muerte, ¿no?", reflexionaba con amargura.

Viviana no venía sola; iba con su tío, el hermano menor de Julián. A una prudente distancia él los observaba. No se decidía aún a presentarse ante ellos a ver qué pasaba esta vez, cuando por la misma acera, pero en sentido contrario, venía caminando Marta. Seguramente había ido de compras. Traía un par de bolsas repletas con productos del mercado, ante lo cual el hermano menor de Julián, Luis -"Luisito, para todos… ¡cuántos recuerdos!..."- solícito salió hacia ella. Se saludaron con un beso en la boca, beso que no podía ser de cuñados.

Julián quedó estupefacto. No lo podía procesar. "¿Eran pareja entonces? Pero, ¿ese embarazo?... ¿Será de Luisito?" Por varios minutos quedó atontado. En ese instante tanto Marta como Luis y Viviana entraron en la casa. Julián quedó en la puerta, parado, trastabillando por la emoción de lo visto.

Un momento después vio llegar a su hijo, Omar, todo un muchachón ya. Venía en bicicleta. La incipiente barba se le dibujaba en el rostro serio, ya sin granitos. Sin pensarlo dos veces Julián corrió hacia él y lo tomó de un brazo mientras le gritaba desesperadamente: "¡Hijo, hijito mío! ¡Soy yo: tu padre! ¿No me escuchas?" Omar sintió algo en el brazo, y con un rápido movimiento de su mano izquierda pareció espantar algún insecto. Eso fue todo. No contestó a los gritos de su padre. No vio nada, no sintió más nada en el brazo. Tomó la bicicleta y entró en la casa.

Desconsolado, Julián ni siquiera quiso llamar a la puerta. ¿Para qué? Así permaneció un buen rato. Lo desesperaba, además de todo lo que acaba de ver, pensar en su futuro. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Dónde dirigirse? No existía, nadie lo reconocía… ¿Volver al cajón? Pero… ¿cómo? Ni siquiera sabía cómo había salido de ahí, cómo había llegado hasta su viejo barrio.

Con una congoja que lo hacía sentir que se moría -bueno, es una forma de decir-, sin saber por qué, optó por tocar el timbre de la que había sido su casa. Un instante después salió a la puerta su hermano Luis. Julián no cabía en sí de la alegría. Corrió hacia él, lo abrazó, quiso besarlo, todo envuelto en expresiones de alegría. "¡Luisito, Luisito querido! ¡Al final me escuchan. Hace una hora que estoy llamándolos, gritándoles, y nadie me contesta. ¡Volví, Luis! ¡Volví!" Pero Luis lo único que dijo, contestando a Marta que desde dentro de la casa le pregunta quién tocaba, fue, no sin cierto desagrado: "nadie".

Julián no salía de su asombro. Pero… si habían escuchado el timbre, ¿cómo era posible? Insistió. Ahora tocó con más vehemencia, varias veces seguidas. Luis salió con cara de pocos amigos, miró hacia todos lados, y no viendo a nadie, malhumorado cerró dando un portazo.

"¿No existo entonces? ¿Y el timbre?... ¿Cómo es posible?"

Nadie sabe con exactitud cómo fue tejiéndose el mito popular. Hoy, incluso, hay varios estudios antropológicos sobre el asunto. La habladuría repite siempre lo mismo: que a cualquier hora, cualquier día de la semana, también por las noches, tocan desaforadamente el timbre de cualquier casa, y nunca hay nadie cuando los moradores salen a contestar. Hubo quienes se tomaron la molestia de dejar cámaras de video filmando por un buen tiempo, y hasta desde la universidad vinieron a hacer esa investigación. Pero quedó claro que no son travesuras infantiles. De hecho, a todos los niños del vecindario se les tiene terminantemente prohibido tocar los timbres. Cuenta la historia que Viviana, la solterona loca del barrio, una vez tuvo una sorpresa tan grande cuando abrió la puerta a la que habían llamado que prácticamente nunca más quiso salir de su casa, y ahí envejeció, solitaria, casi sin volver a hablar nunca más con nadie. Y si escucha tocar el timbre, entra en pánico.

Un médico rural



Franz Kafka

Estaba muy preocupado; debía emprender un viaje urgente; un enfermo de gravedad me estaba esperando en un pueblo a diez millas de distancia; una violenta tempestad de nieve azotaba el vasto espacio que nos separaba; yo tenía un coche, un cochecito ligero, de grandes ruedas, exactamente apropiado para correr por nuestros caminos; envuelto en el abrigo de pieles, con mi maletín en la mano, esperaba en el patio, listo para marchar; pero faltaba el caballo... El mío se había muerto la noche anterior, agotado por las fatigas de ese invierno helado; mientras tanto, mi criada corría por el pueblo, en busca de un caballo prestado; pero estaba condenada al fracaso, yo lo sabía, y a pesar de eso continuaba allí inútilmente, cada vez más envarado, bajo la nieve que me cubría con su pesado manto. En la puerta apareció la muchacha, sola, y agitó la lámpara; naturalmente, ¿quién habría prestado su caballo para semejante viaje? Atravesé el patio, no hallaba ninguna solución; distraído y desesperado a la vez, golpeé con el pie la ruinosa puerta de la pocilga, deshabitada desde hacía años. La puerta se abrió, y siguió oscilando sobre sus bisagras. De la pocilga salió una vaharada como de establo, un olor a caballos. Una polvorienta linterna colgaba de una cuerda.



Un individuo, acurrucado en el tabique bajo, mostró su rostro claro, de ojitos azules.

-¿Los engancho al coche? -preguntó, acercándose a cuatro patas.

No supe qué decirle, y me agaché para ver qué había dentro de la pocilga. La criada estaba a mi lado.

-Uno nunca sabe lo que puede encontrar en su propia casa -dijo ésta. Y ambos nos echamos a reír.

-¡Hola, hermano, hola, hermana! -gritó el palafrenero, y dos caballos, dos magníficas bestias de vigorosos flancos, con las piernas dobladas y apretadas contra el cuerpo, las perfectas cabezas agachadas, como las de los camellos, se abrieron paso una tras otra por el hueco de la puerta, que llenaban por completo. Pero una vez afuera se irguieron sobre sus largas patas, despidiendo un espeso vapor.

-Ayúdalo -dije a la criada, y ella, dócil, alargó los arreos al caballerizo. Pero apenas llegó a su lado, el hombre la abrazó y acercó su rostro al rostro de la joven. Esta gritó, y huyó hacia mí; sobre sus mejillas se veían, rojas, las marcas de dos hileras de dientes.

-¡Salvaje! -dije al caballerizo-. ¿Quieres que te azote?

Pero luego pensé que se trataba de un desconocido, que yo ignoraba de dónde venía y que me ofrecía ayuda cuando todos me habían fallado. Como si hubiera adivinado mis pensamientos, no se mostró ofendido por mi amenaza y, siempre atareado con los caballos, sólo se volvió una vez hacia mí.

-Suba -me dijo, y, en efecto, todo estaba preparado.

Advierto entonces que nunca viajé con tan hermoso tronco de caballos, y subo alegremente.

-Yo conduciré, pues tú no conoces el camino -dije.

-Naturalmente -replica-, yo no voy con usted: me quedo con Rosa.

-¡No! -grita Rosa, y huye hacia la casa, presintiendo su inevitable destino; aún oigo el ruido de la cadena de la puerta al correr en el cerrojo; oigo girar la llave en la cerradura; veo además que Rosa apaga todas las luces del vestíbulo y, siempre huyendo, las de las habitaciones restantes, para que no puedan encontrarla.

-Tú vendrás conmigo -digo al mozo-; si no es así, desisto del viaje, por urgente que sea. No tengo intención de dejarte a la muchacha como pago del viaje.

-¡Arre! -grita él, y da una palmada; el coche parte, arrastrado como un leño en el torrente; oigo crujir la puerta de mi casa, que cae hecha pedazos bajo los golpes del mozo; luego mis ojos y mis oídos se hunden en el remolino de la tormenta que confunde todos mis sentidos. Pero esto dura sólo un instante; se diría que frente a mi puerta se encontraba la puerta de la casa de mi paciente; ya estoy allí; los caballos se detienen; la nieve ha dejado de caer; claro de luna en torno; los padres de mi paciente salen ansiosos de la casa, seguidos de la hermana; casi me arrancan del coche; no entiendo nada de su confuso parloteo; en el cuarto del enfermo el aire es casi irrespirable, la estufa humea, abandonada; quiero abrir la ventana, pero antes voy a ver al enfermo. Delgado, sin fiebre, ni caliente ni frío, con ojos inexpresivos, sin camisa, el joven se yergue bajo el edredón de plumas, se abraza a mi cuello y me susurra al oído:

-Doctor, déjeme morir.

Miro en torno; nadie lo ha oído; los padres callan, inclinados hacia adelante, esperando mi sentencia; la hermana me ha acercado una silla para que coloque mi maletín de mano. Lo abro, y busco entre mis instrumentos; el joven sigue alargándome las manos, para recordarme su súplica; tomo un par de pinzas, las examino a la luz de la bujía y las deposito nuevamente.

"Sí" pienso indignado, "en estos casos los dioses nos ayudan, nos mandan el caballo que necesitamos y, dada nuestra prisa, nos agregan otro. Además, nos envían un caballerizo..."

En aquel preciso instante me acuerdo de Rosa. ¿Qué hacer? ¿Cómo salvarla? ¿Cómo rescatar su cuerpo del peso de aquel hombre, a diez millas de distancia, con un par de caballos imposibles de manejar? Esos caballos que no sé cómo se han desatado de las riendas, que se abren paso ignoro cómo; que asoman la cabeza por la ventana y contemplan al enfermo, sin dejarse impresionar por las voces de la familia.

-Regresaré en seguida -me digo como si los caballos me invitaran al viaje. Sin embargo, permito que la hermana, que me cree aturdido por el calor, me quite el abrigo de pieles. Me sirven una copa de ron; el anciano me palmea amistosamente el hombro, porque el ofrecimiento de su tesoro justifica ya esta familiaridad. Meneo la cabeza; estallaré dentro del estrecho círculo de mis pensamientos; por eso me niego a beber.

La madre permanece junto al lecho y me invita a acercarme; la obedezco, y mientras un caballo relincha estridentemente hacia el techo, apoyo la cabeza sobre el pecho del joven, que se estremece bajo mi barba mojada. Se confirma lo que ya sabía: el joven está sano, quizá un poco anémico, quizá saturado de café, que su solícita madre le sirve, pero está sano; lo mejor sería sacarlo de un tirón de la cama. No soy ningún reformador del mundo, y lo dejo donde está. Soy un vulgar médico del distrito que cumple con su deber hasta donde puede, hasta un punto que ya es una exageración. Mal pagado, soy, sin embargo, generoso con los pobres. Es necesario que me ocupe de Rosa; al fin y al cabo es posible que el joven tenga razón, y yo también pido que me dejen morir. ¿Qué hago aquí, en este interminable invierno? Mi caballo se ha muerto y no hay nadie en el pueblo que me preste el suyo. Me veré obligado a arrojar mi carruaje en la pocilga; si por casualidad no hubiese encontrado esos caballos, habría tenido que recurrir a los cerdos. Esta es mi situación.

Saludo a la familia con un movimiento de cabeza. Ellos no saben nada de todo esto, y si lo supieran, no lo creerían. Es fácil escribir recetas, pero en cambio es un trabajo difícil entenderse con la gente. Ahora bien, acudí junto al enfermo; una vez más me han molestado inútilmente; estoy acostumbrado a ello; con esa campanilla nocturna todo el distrito me molesta, pero que además tenga que sacrificar a Rosa, esa hermosa muchacha que durante años vivió en mi casa sin que yo me diera cuenta cabal de su presencia... Este sacrificio es excesivo, y tengo que encontrarle alguna solución, cualquier cosa, para no dejarme arrastrar por esta familia que, a pesar de su buena voluntad, no podrían devolverme a Rosa. Pero he aquí que mientras cierro el maletín de mano y hago una señal para que me traigan mi abrigo, la familia se agrupa, el padre olfatea la copa de ron que tiene en la mano, la madre, evidentemente decepcionada conmigo -¿qué espera, pues, la gente?- se muerde, llorosa, los labios, y la hermana agita un pañuelo lleno de sangre; me siento dispuesto a creer, bajo ciertas condiciones, que el joven quizá está enfermo.

Me acerco a él, que me sonríe como si le trajera un cordial... ¡Ah! Ahora los dos caballos relinchan a la vez; ese estrépito ha sido seguramente dispuesto para facilitar mi auscultación; y esta vez descubro que el joven está enfermo. El costado derecho, cerca de la cadera, tiene una herida grande como un platillo, rosada, con muchos matices, oscura en el fondo, más clara en los bordes, suave al tacto, con coágulos irregulares de sangre, abierta como una mina al aire libre. Así es como se ve a cierta distancia. De cerca, aparece peor. ¿Quién puede contemplar una cosa así sin que se le escape un silbido? Los gusanos, largos y gordos como mi dedo meñique, rosados y manchados de sangre, se mueven en el fondo de la herida, la puntean con sus cabecitas blancas y sus numerosas patitas. Pobre muchacho, nada se puede hacer por ti. He descubierto tu gran herida; esa flor abierta en tu costado te mata. La familia está contenta, me ve trabajar; la hermana se lo dice a la madre, ésta al padre, el padre a algunas visitas que entran por la puerta abierta, de puntillas, a través del claro de luna.

-¿Me salvarás? -murmura entre sollozos el joven, deslumbrado por la vista de su herida.

Así es la gente de mi comarca. Siempre esperan que el médico haga lo imposible. Han perdido la antigua fe; el cura se queda en su casa y desgarra sus ornamentos sacerdotales uno tras otro; en cambio, el médico tiene que hacerlo todo, suponen ellos, con sus pobres dedos de cirujano. ¡Como quieran! Yo no les pedí que me llamaran; si pretenden servirse de mí para un designio sagrado, no me negaré a ello. ¿Qué cosa mejor puedo pedir yo, un pobre médico rural, despojado de su criada?

Y he aquí que empiezan a llegar los parientes y todos los ancianos del pueblo, y me desvisten; un coro de escolares, con el maestro a la cabeza, canta junto a la casa una tonada infantil con estas palabras:

Desvístanlo, para que cure,
y si no cura, mátenlo.
Sólo es un médico, sólo es un médico...

Mírenme: ya estoy desvestido, y, mesándome la barba y cabizbajo, miro al pueblo tranquilamente. Tengo un gran dominio sobre mí mismo; me siento superior a todos y aguanto, aunque no me sirve de nada, porque ahora me toman por la cabeza y los pies y me llevan a la cama del enfermo. Me colocan junto a la pared, al lado de la herida. Luego salen todos del aposento; cierran la puerta, el canto cesa; las nubes cubren la luna; las mantas me calientan, las sombras de las cabezas de los caballos oscilan en el vano de las ventanas.

-¿Sabes -me dice una voz al oído- que no tengo mucha confianza en ti? No importa cómo hayas llegado hasta aquí; no te han llevado tus pies. En vez de ayudarme, me escatimas mi lecho de muerte. No sabes cómo me gustaría arrancarte los ojos.

-En verdad -dije yo-, es una vergüenza. Pero soy médico. ¿Qué quieres que haga? Te aseguro que mi papel nada tiene de fácil.

-¿He de darme por satisfecho con esa excusa? Supongo que sí. Siempre debo conformarme. Vine al mundo con una hermosa herida. Es lo único que poseo.

-Joven amigo -digo-, tu error estriba en tu falta de empuje. Yo, que conozco todos los cuartos de los enfermos del distrito, te aseguro: tu herida no es muy terrible. Fue hecha con dos golpes de hacha, en ángulo agudo. Son muchos los que ofrecen sus flancos, y ni siquiera oyen el ruido del hacha en el bosque. Pero menos aún sienten que el hacha se les acerca.

-¿Es de veras así, o te aprovechas de mi fiebre para engañarme?

-Es cierto, palabra de honor de un médico juramentado. Puedes llevártela al otro mundo.

Aceptó mi palabra, y guardó silencio. Pero ya era hora de pensar en mi libertad. Los caballos seguían en el mismo lugar. Recogí rápidamente mis vestidos, mi abrigo de pieles y mi maletín; no podía perder el tiempo en vestirme; si los caballos corrían tanto como en el viaje de ida, saltaría de esta cama a la mía. Dócilmente, uno de los caballos se apartó de la ventana; arrojé el lío en el coche; el abrigo cayó fuera, y sólo quedó retenido por una manga en un gancho. Ya era bastante. Monté de un salto a un caballo; las riendas iban sueltas, las bestias, casi desuncidas, el coche corría al azar y mi abrigo de pieles se arrastraba por la nieve.

-¡De prisa! -grité-. Pero íbamos despacio, como viajeros, por aquel desierto de nieve, y mientras tanto, de nuevo el canto de los escolares, el canto de los muchachos que se mofaban de mí, se dejó oír durante un buen rato detrás de nosotros:

Alégrense, enfermos, tienen al médico en su propia cama.

A ese paso nunca llegaría a mi casa; mi clientela está perdida; un sucesor ocupará mi cargo, pero sin provecho, porque no puede reemplazarme; en mi casa cunde el repugnante furor del caballerizo; Rosa es su víctima; no quiero pensar en ello. Desnudo, medio muerto de frío y a mi edad, con un coche terrenal y dos caballos sobrenaturales, voy rodando por los caminos. Mi abrigo cuelga detrás del coche, pero no puedo alcanzarlo, y ninguno de esos enfermos sinvergüenzas levantará un dedo para ayudarme. ¡Se han burlado de mí! Basta acudir una vez a un falso llamado de la campanilla nocturna para que lo irreparable se produzca.

miércoles, 29 de enero de 2014

Ofrecen 'pomo' a ejidatarios para cambiar régimen de tierras en Chiapas




 Hermann Bellinghausen
La Jornada

Nuevo Jerusalén, Chis. División en los pueblos, incluso entre familias. Promesas consumistas y ofensivas. Reparto de cheques. Condicionamiento de programas. Amenazas veladas y no tanto. Incluso, los enviados federales que mueven el Fondo de Apoyo para Núcleos Agrarios Sin Registro (Fanar, sucesor del Procede) se presentan a negociar ofreciendo bebidas alcohólicas (si Traven viviera), como ocurrió a fines de 2013 en Joltulijá, hermosa comunidad con dos lagunas de peligroso potencial turístico.

"Llegan a ofrecer un pomo de trago para los comisariados, que lo rechazaron diciendo '¿qué no ven que lo que estamos tratando es que la gente deje de beber y ustedes nos vienen a ofrecer alcohol?'", relata un hombre mayor de dicha comunidad. "Hay un grupo de mayoría en resistencia, pero unos cuántos a nuestras espaldas solicitaron las titulaciones del gobierno, que lo que busca es despojarnos. Su presión es grande, por el interés de turismo. Llegan con ministerios públicos y para asustarnos nos dicen que van a solicitar el Ejército para que aceptemos lo que ofrece el gobierno". De hecho, llegó un destacamento de la Armada, pero ante el rechazo de los indígenas se retiró. "Allí lo dejaron su campamento".

Los indígenas señalan como los responsables directos de esta escalada a la visitadora agraria Rita Guadalupe Medina Septién y al abogado Juan René Rodríguez, ambos de la Procuraduría Agraria en Ocosingo, acompañados por funcionarios del Registro Agrario Nacional (RAN). No han sido recibidos en Arroyo Granizo, La Arena, San José Guadalupe y Limonar, pero sí en Nuevo Francisco León y Lacanjá Tzeltal, a donde llegaron en octubre. Como huella de su paso, los funcionaros dejan división agudizada, a veces con falsos tintes religiosos, pues suelen aceptar programas las personas de confesión evangélica. Si los que se oponen resultan católicos (y no pocos presbiterianos), las diferencias quedan garantizadas: "Ya hubo pleitos, hasta entre hermanos. Dividen a las autoridades ejidales. Se amenazan entre ellos".

Nuevo Francisco León los recibió desde septiembre: "Llegaron a platicar sobre el Fanar (Fondo de Apoyo para Núcleos Agrarios sin Registro), prometiendo apoyos, créditos, que aunque ya debamos dinero podemos ir a Elektra a comprar refrigerador. 'No hay desventajas, se pueden recibir muchos proyectos del gobierno, nos dijeron".

La sucesión de testimonios tienen la fuerza de la reiteración, la confirmación de por qué las comunidades en la selva Lacandona norte rechazan los procedimientos de titulación y regularización agraria que impulsa el gobierno. Muchas de ellas se encuentran, al menos en parte, dentro de la llamada zona de amortiguamiento de la reserva de Montes Azules. Durante muchos años los gobiernos sucesivos han tratado de limitar sus derechos territoriales, o arrebatárselos. Cabe mencionar que en esta zona también hay numerosas bases de apoyo zapatistas, que de por sí rechazan cualquier intromisión gubernamental, no reciben programas y defienden su territorio.

Pero como dice una mujer de Lacanjá Tzeltal, la presión gubernamental "ha servido para unir a católicos y presbiterianos, muchos priístas han dejado su partido por causa del Fanar. No hay acuerdo pero ya midieron la tierra, que no se ha entregado. Todavía lo podemos detener. A una viejita le permitieron conservar su milpa pero le quitaron el manantial, 'ahora pertenece a la Nación', le dijeron. Los que tenían 100 o 200 hectáreas, les dejaron dos, o veinte, nomás les quitaron los ceros. Ya muchos se están arrepintiendo".

Los enviados gubernamentales advierten que "las escrituras viejas ya no sirven, valen más las que vamos dar". Además, condicionan la escrituración y programas como Procampo a la aceptación del FANAR. "Violan la Ley Agraria, ya que sin realizar convocatoria para la aprobación del programa, implementan las reglas de Fanar. Sus acciones fuera de la ley han causado división".

Nuevo Francisco León y Lacanjá Tzeltal demandaron a la Procuraduría Agraria "respeto a nuestros derechos agrarios que acreditamos mediante el mandamiento del gobierno con resolución presidencial publicada en el Diario Oficial, carpeta básica, certificado de derechos, sentencia del tribunal agrario y constancias de vigencia expedidas por el RAN". En resumen, "que los programas del gobierno no nos condicionen para cambiar nuestro régimen ejidal".

El pasado 10 de octubre, 26 comunidades de la región marcharon en la ciudad de Palenque en rechazo al Fanar. Aunque visitaron todas las dependencias gubernamentales involucradas para informarles de sus reclamos, la movilización fue acallada e ignorada.

martes, 28 de enero de 2014

La elección y el poder


El país tiene bastantes años de estar en campaña electoral y la subjetividad de los seres humanos luce arrinconada y vapuleada por la abundante propaganda electoral, por los candidatos y candidaturas y por las ofertas de todo color y tamaño; nunca como hoy el ser humano había sido convertido en cosa, nunca el voto había sido tan mercancía y nunca el Estado había sido tan vencido por el mercado. Este es, el escenario histórico de la actual campaña electoral.

Dagoberto Gutiérrez


Nos movemos en el reinado total del mercado total, en donde toda la vida gira, como un tiovivo de luces, alrededor de la mercancía y esta es el panal lleno de miel que atrae y subyuga a millones de consumidores.

En una campaña electoral como la actual, la mercancía es el voto, el partido político es el mercader que compra esa mercancía, el votante resulta ser la mercancía misma porque cada persona no vale mas que un voto y su precio, esto es increíble, es decir el precio de votar lo paga el mismo votante porque cada voto que el partido político obtiene es pagado por el estado, en otras palabras, el voto resulta ser una mercancía que es pagada, al ser vendida por el mismo vendedor, es decir por el mismo votante, que en el instante de votar paga por votar y se lo paga al partido al cual le regala su voto, sin que este partido tenga ningún compromiso con ningún votante, esto es lo que se llama deuda estatal. Por supuesto que las empresas partidarias gastan millones de dólares por esa mercancía, es la campaña electoral  pero  nada de esto es en beneficio de los que dan sus votos, son ganancias de las empresas especializadas en estos negocios electorales, es la publicidad, la televisión, la radio, los diarios y otros.

El negociado electoral carece de un corazón político porque ni se presenta ni se discute ningún proyecto de esa naturaleza, lo que no quiere decir que no existan pero no es esto lo que se presenta a los votantes, este votante es tratado y conmovido con ofertas, tratando de instalar en su subjetividad la figura de LA ESPERANZA, de tal modo que por encima de la penuria, el hambre, la incertidumbre y la desesperación, los votantes aprenden a esperar tiempos mejores; pero esos tiempos mejores deben ser conectados a un candidato de los que están jugando el juego electoral, este es el rodeo que convierte a los seres humanos en jugadores de un juego que siempre perderán.

La clave de las elecciones consiste en impedir, a toda costa, que el votante llegue a ser elector y, se trata de que la persona que vota no capture, en su mente, la diferencia funcional entre votar y elegir y mucho menos que comprenda que la clave de la cosa reposa en la capacidad de elegir.

El poder se expresa en la capacidad de elegir, es decir, de optar entre varios caminos y posibilidades y, los que eligen no necesitan ni votar porque estos son los que hacen la política y necesitan que el mayor número de personas participen a favor de la política que ellos, los poderosos, han elegido. Como podemos ver se trata de un juego tan fino como un hilo de energía, tan perverso como el beso de un traidor y tan común como un rayo de sol.

Nada mas difícil para un votante que descubrir esta trama en el simple hecho de marcar una papeleta,  porque resulta que ese acto, que es un procedimiento, convierte a esa persona que está en la urna en actor político, es decir, en  simple ejecutor de una política decidida por el poder y en muy escasas circunstancias este actor ciego, mudo y manco puede ser al mismo tiempo sujeto político y aquí nos encontramos con otra joya de este socavón inagotable.

El sujeto político es el ser humano que descubre una realidad, entiende que ésta no conviene a sus intereses por que el orden que sostiene a esta realidad ha sido construido para salvaguardar intereses que no son los suyos, esta persona decide luchar contra ese orden en función de una realidad nueva y alternativa, esta es la subjetividad o el proceso dentro del cual el ser humano se transforma en sujeto político y en esta calidad el procedimiento de votar puede ganar sentido político en determinadas circunstancias históricas.

Las campañas electorales de 1967, de 1972 y 1977 fueron procesos políticos que construyeron sujetos políticos y abrieron paso, léase bien por favor, abrieron paso a la guerra popular que es el proceso político más importante de nuestra historia.

La actual campaña electoral tiene otra importancia y otra utilidad política porque los partidos, los candidatos y la prolongada campaña electoral pasan por un agudo proceso de comercialización y sobrevuelan  los problemas reales de la gente con los que la campaña no tiene nada que ver, también ignora los componentes estructurales de la crisis de la gente de lo que no se dice nada y tampoco abordan la crisis de la vida del país y de los seres humanos y, por eso mismo, todos los partidos contendientes tiene el mismo discurso, todos ofrecen lo mismo, pero hay competencia y todos, de ganar la competencia, harán los mismo.

Todo esto ya se sabe y lo sabe la gente y algunos lo estén entendiendo y otros y otras lo entenderán después, de tal manera que la confrontación entre el decir y el hacer, entre la promesa y el compromiso, entre el mejoramiento de la vida de la gente y el mejoramiento de las ganancias de las empresas viene encima, rápido y de manera inevitable, a menos que los seres humanos decidan morirse de hambre y que sus hijos también perezcan sin agua y sin comida, que decidan aceptar ser tratados como cosas y mercancías y esto, todo esto no es posible.

El día de la votación llegará y pasará como pasa el agua de un río en un recodo y quedará el ser humano y su lucha por su dignidad, esta relación es lo que en definitiva escribe la historia, aquí apenas hemos hablado de algunas circunstancias dentro de las cuales los hombres y mujeres hacemos esa historia y esta es cosa de todos los días por eso es indetenible y es invencible.

El 69 (Sesenta y Nueve)



La posición sexual más excitante y, para algunos, controvertida: ¿Por qué nos gusta?

Por http://www.seducemujeres.com

Personalmente nunca he experimentado llegar al clímax a partir de un 69 pero no cambiaría jamás esta posición por todos los 70s del mundo. Hay muchas posturas para el 69 también que son excitantes y cualquiera con un fetiche oral sabe que es insaciable - el dar y recibir- que un 69 ofrece.

Si tú no sabes de verdad lo que es un sesenta y nueve (69) entonces te lo explicaré. Un 69 es cuando dos personas están sirviéndose el uno al otro al mismo tiempo. Él está ejecutando el cunnilingus y ella está haciendo el fellatio. Ella está chupando su pene y él está lamiendo la conchita!



Haz el Sexo a los Demás, Como Deseas que te lo Hagan a Ti

Por qué disfrutamos tanto esta posición de dos dígitos se debe a una combinación de una insaciable amenaza doble de dar y recibir. Dos cosas no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Tú disfrutas algo y das placer pero este nivel es puramente recreativo. No sé de muchas personas que haya tenido orgasmos simultáneos a partir de la posición del 69. Lo que estamos haciendo en esencia es chuparse el uno al otro.

"Enfócate" porque puedes disfrutar tan solo tratando de estimularla al límite sin enfocarte tanto en lo que ella te hace a ti. Mientras ella te está chupando la vida a través de tu pene y tus nalgas comienzan a desinflarse, tan solo enfócate en chupar y lamer esa pequeña raja con todo tu poder insaciable.

Enfócate en el clítoris y masajea los labios. No te enfoques en lo que ella te está haciendo bien o mal, tan solo haz tu trabajo porque lo que ella puede estar haciendo mal tú se lo devolverás con una buena chupada de clítoris! Además si tú te ocupas de satisfacerla ella hará lo mejor porque quedes satisfecho.

68,69,70

Algunas posturas del 69 comenzaran con mi posición favorita que es ella encima con sus piernas abiertas sobre mi cara y su trasero en el aire mientras ella pule mi travesaño. Esta posición ofrece bastante en el sentido de que te permite respirar además de acceso sin restricciones a su trasero.

Si tus manos vagan como las mías entonces tú sabes que necesitas que su trasero se abra como el Mar Rojo para pasar con total libertad. Tú tienes que hacer tu trabajo amigo y eso quiere decir que uses tus labios, tu lengua, tus dedos o lo que sea necesario. Esta posición es buena porque puedes recostarte sobre tu perezoso trasero mientras ella te bombea la gasolina.

También la posición "invertida" con ella sobre su espalda porque tú puedes enterrar tu cara entre sus piernas mientras ella se jode el cuello chupándote los testículos. Muchas chicas quieren hacerlo contigo encima porque pueden chuparte con más facilidad, pero esta es la peor posición para lograr que ella te abra sus piernas para una buena chupadita de tu parte.

Si eres fanático del 69 entonces asegúrate que ella esté cómoda porque todos sabemos que lleva tiempo hacer que ella acabe antes que tú así que busca la mejor posición para tu 69. Si eres realmente excéntrico también está el 69 vertical donde tú estas de pie sosteniéndola a ella de sus caderas y suspendida de cabeza en el aire mientras tú le chupas su cosita. Al final es probable que con esta posición ella se le llene la cabeza de sangre por la gravedad y también está la remota posibilidad de que la dejes caer y se rompa el cráneo.

Sigmund Freud

Psicológicamente este es un acto de lo más decente. Es completamente "insaciable" lo que quiere decir que raramente te proveerá "satisfacción" durante el acto como lo haría la copulación. Es la combinación de todos los sentidos durante la copulación la que brinda el clímax y aún cuando tú no uses todos tus sentidos el común denominador para alcanzar el clímax es la concentración.

Cuando hagas el sexo oral mientras tu recibes sexo oral es difícil controlar ambos lados del cerebro para que además de recibir placer se concentre en dar placer. Si tu puedes de forma exitosa darle un orgasmo a ella mientras ella te da uno a ti a la vez entonces ustedes dos probablmente se vengan cuando sople el viento.

Lo insaciable es obvio; comerse que no puedes comerte de verdad. Chupándolo una y otra vez esperando escuchar a tu pareja gemir excitada es la retroalimentación positiva que necesitas para saber que vas por buen camino. El acto de darle placer oral a una mujer involucra todos los sentidos.

Tú la saboreas, la hueles, la tocas, la miras y esperas a escucharla venirse. Una mujer sabe cuando me voy a venir porque hago la misma expresión cada vez que llego al clímax.

Me gusta hacer el 69 cuando sé que existe una probabilidad de ser soprendidos en el acto! Si estoy de camping con amigos y follo, entonces me gusta escoger lugares que tienen ese elemento de peligro ahí presente. Así que cuando alguien me pregunta cuál es mi posición del 69 favorita les digo, "afuera".

Me hubiera gustado poder haber compartido con mis lectores algo más Freudiano acerca del "por qué" nos gusta el 69. Pero realmente se resume en dos cosas: a las mujeres les gusta chupar el pene y que les chupen su cosita... El 69 fue desarrollado cuando la gente se dió cuenta que tenían toda la noche para tener sexo y querían más que solo el acto sexual convencional.

Atrás en la edad de piedra algún chaval dijo: "Hey, María, pon eso en mi boca mientras esto está en la tuya, quiero probar una cosa". El resto es historia.

Los mencheviques



Mencheviques en Stockolmo, Suecia, Mayo 1917. Pavel Axelrod, Julius Martov and Alexander Martinov.

  zurdatupa - el Muerto III



Menchevique

Los mencheviques (en ruso меньшевики, menshevikí, «miembro de la minoría») eran la fracción moderada del movimiento revolucionario ruso que emergió en el verano 19031 tras la disputa entre Vladimir Lenin y Yuli Mártov, ambos miembros del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Corriente diferenciada dentro del marxismo ruso, en 1912 se convirtió en un partido separado.1
Nunca llegó a formar un movimiento cohesionado en ideología u organización.1 2 Sus dirigentes a menudo disentían entre sí, se hallaban en ocasiones más cerca de los bolcheviques, principales rivales por el respaldo de la clase obrera, que de otros mencheviques y variaron2 su postura sobre asuntos fundamentales en diversas ocasiones.1 Pável Axelrod y Yuli Mártov se convirtieron en los principales ideólogos de la corriente menchevique.3
Muy activos en la organización de los soviets durante la Revolución de 1905, tras el fracaso de ésta abandonaron la idea de la lucha armada, se centraron en tratar de formar un partido legal y abogaron por una liquidación progresiva del zarismo hacia una revolución burguesa, en la que el tercer estado compartiera el poder. Su separación del partido se hizo definitiva en 1912.
Tras la Revolución de Octubre y hasta la disolución forzosa de la Asamblea Constituyente Rusa, los mencheviques trataron de mediar entre el nuevo Gobierno bolchevique y los socialrevolucionarios y de llegar a un acuerdo pacífico entre los partidos políticos socialistas.4 Tras la disolución, trataron de arrebatar el poder a los bolcheviques no mediante insurrecciones, sino a través de victorias electorales que les devolviesen la influencia perdida en 1917.4 Su popularidad aumentó en la primavera de 1918, tanto por la crisis económica como por sus propuestas de medidas políticas y económicas.4 Ante las victorias electorales de la oposición, el Gobierno disolvió los sóviets en los que había perdido el control, lo que condujo a protestas que provocaron la represión gubernamental.5 La prensa de la oposición fue clausurada, algunos de sus dirigentes fueron arrestados y se expulsó a mencheviques y socialrevolucionarios del CEC.5

A pecho abierto


Editorial UCA

La campaña electoral se ha enturbiado. Algunos partidos, buena parte de los políticos y no pocos grandes medios de comunicación entienden la campaña como el acto de sacar a flote la mugre acumulada. En los últimos días, en esto ha consistido la campaña; en la superficie de la propaganda y de la cobertura mediática solo flota la basura. Y como se sabe, en el agua sucia no se puede ver con claridad. Por eso, este epílogo de la campaña puede estar creando confusión y desánimo en la población, pero también puede incubar un rechazo a esta manera de entender la política. Dicen que “en río revuelto, ganancia de pescadores”, pero en este tipo de dinámica el seguro perdedor es el pueblo salvadoreño, deseoso de ver transformaciones que dignifiquen sus condiciones de vida. Con una campaña así, la cultura política se deteriora aún más.

Los políticos han vuelto a mostrar que son capaces de calumniar y de mentir con tal de llegar al poder. Pero no solo de eso. La desesperación ante la cercana probabilidad de una derrota los hace capaces de sembrar miedo y pánico entre la población para acercarla a sus intereses. Si consideran que la ciudadanía puede aceptar métodos inhumanos y anticonstitucionales con tal de resolver sus problemas, entonces no tienen reparo en ofrecerlos. Apelan a la democracia para ser elegidos, pero si lo que hay que ofrecer es antidemocrático, se apuesta por ello. Esa total falta de escrúpulos los lleva a manipular electoralmente el tema de las pandillas. Este problema, tan delicado y doloroso, se está usando para chantajear, confundir, atemorizar y ganar votos. Asimismo, por pura lógica electoral, son capaces de levantar la bandera de la anticorrupción, pese a que en la práctica amañan procesos, se niegan a rendir cuentas y mantienen entre sus filas a sujetos sospechosos de delitos de cuello blanco.

Estos problemas hay que tratarlos con seriedad y profundidad. Abordarlos en tiempo electoral y hacerlo mediáticamente le resta credibilidad a los que los abanderan y pueden tomarse solo como cosa de campaña. Por su parte, los medios, en estado de autismo, fuera de la realidad, solo se están limitando a repetir las barbaridades y absurdos de los políticos, sin hacerse responsables de nada. Todo esto no es más que tiempo perdido, dilapidación de oportunidades. En un momento en que los candidatos deberían apretar el acelerador para plantear propuestas realistas y viables, cuando deberían poner empeño en demostrar por qué son mejores que sus contrincantes, lo que hacen es volcar su desesperación sobre los otros candidatos para intentar desprestigiarlos, incluso destruirlos. Al ver que se ahogan sus posibilidades, dedican sus últimas horas a sacar las miserias ajenas en lugar de presentar las virtudes propias.

Esta campaña sucia vuelve a demostrar cuán lejos está la clase política salvadoreña de la democracia y, a juzgar por sus propuestas, cuán cerca del autoritarismo. La estrategia del miedo dio resultado hasta la elección presidencial de 2009. El próximo 2 de febrero se verá si los que han vuelto a recurrir a ella firmaron así su derrota en las urnas. Mientras, solo resta contar las horas para que llegue la hora de votar y cese esta lamentable campaña política.

lunes, 20 de enero de 2014

La millonaria revolución de Alba

Alba Petróleos de El Salvador es hija del FMLN y del gobierno venezolano. A sus pies germinó una red de empresas que hacen transacciones millonarias entre sí y que son dirigidas por un puñado de nombres que se repiten en los cargos claves de todas ellas y que a veces hacen el papel de vendedor y el de comprador simultáneamente. Uno de ellos sobresale en una docena de esas compañías. 
 
Efren Lemus / Fotos: Fred Ramos
elfaro.net / Publicado el 19 de Enero de 2014
Alba Petróleos no es solo una empresa que vende gasolina y diésel: es una empresa con un corazón financiero que bombea millones de dólares hacia otras compañías que manejan estaciones de servicio, invierten en producción de alimentos, le apuestan a los títulos valores, a proyectos urbanísticos y a la generación de energía con fuentes alternativas. Y quizás hasta a financiar el nacimiento de la incipiente aerolínea de bajo costo de Centroamérica, VECA. ¿Y cuáles son las empresas y quiénes las personas que manejan este grupo empresarial que, según los mismos dirigentes del FMLN, ha sido capaz de mover unos 800 millones de dólares y pagar 224 millones de dólares al fisco en concepto de impuestos?
Las oficinas centrales de Alba Petróleos de El Salvador se encuentran ubicadas en Santa Elena, una de las zonas más exclusivas y símbolo del poder económico salvadoreño.
Las oficinas centrales de Alba Petróleos de El Salvador se encuentran ubicadas en Santa Elena, una de las zonas más exclusivas y símbolo del poder económico salvadoreño.

La publicidad oficial dice que Alba Petróleos no ayuda a los miembros de un partido y un anuncio televisivo resumía más o menos así su filosofía: “Ser solidarios con los que no tienen y socios con los que tienen”. El año pasado, El Faro pidió entrevistas a varios dirigentes del FMLN y a ejecutivos de Alba Petróleos para que expliquen eso que afirman sus anuncios de televisión. La respuesta, hasta el momento, ha sido el silencio.

Pero el Registro de Comercio y el Registro de la Propiedad hablan con elocuencia: este periódico documentó 87 préstamos de Alba Petróleos a empresas y personas naturales, por un total de 88 millones 443 mil 787 dólares. De esa lista de empréstitos, El Faro rastreó quiénes integran las juntas directivas de 64 sociedades y hay poco menos de una veintena que destacan por una característica aglutinadora: un puñado de nombres aparecen repitiéndose como directivos o como representantes legales en ellas, y de esa manera, desde cada una se puede trazar una línea recta o una sinuosa hasta Alba Petróleos o hasta el partido FMLN y su máxima dirigencia. El cruce de datos muestra cómo ese puñado de nombres claves en esas 16 compañías pueden llevar al José Luis Merino dirigente del partido FMLN o bien al José Luis Merino asesor de Alba Petróleos.

Además de Merino, miembro de la Comisión Política efemelenista, entre las conexiones más evidentes con el partido están el alcalde de San Sebastián Salitrillo, Francisco Humberto Castaneda Monterrosa, y el exalcalde de San Pedro Perulapán, Miguel Ángel Hernández Ventura. En la red empresarial aparece también uno de los hermanos de Merino: Sigfredo Israel Merino Cabrera. Los alcaldes y Merino Cabrera están en la dirección de empresas que trabajan con la importación de naves industriales o relacionadas con producción de energía solar.

¿Quiénes son las personas y las empresas más cercanas a lo que parece ser ese corazón financiero que bombea dinero? A continuación se detallan algunos de los negocios que constan en el Registro de Comercio y Registro de la Propiedad.

El dinero cambia de empresas, no de manos

La de Sodico es la historia de quien no tiene dinero y un día encuentra a un poderoso benevolente que le facilita convertirse en dueño de un millonario negocio de combustibles. El 22 de julio de 2011, cuando los ojos de muchos salvadoreños estaban sobre la Corte Suprema de Justicia para ver qué resolvía sobre la extradición a España de los militares acusados del asesinato de los sacerdotes jesuitas, a la Sociedad Distribuidora y Comercializadora de Combustibles y Lubricantes (Sodico) le preocupaba cómo comprar dos terrenos para instalar unas gasolineras.

Los terrenos que estaban en venta eran uno sobre el kilómetro 5½ del Boulevar del Ejército y otro en San Antonio Abad. Sodico quería comprarlos, quería instalar unas estaciones de servicio ahí, pero no tenía 3 millones 970 mil dólares para adquirirlos. En esta parte de la historia aparece, por primera vez, Alba Petróleos, la empresa que le presta el dinero para que Sodico afiance su negocio.

Seis meses más tarde, el 31 de enero de 2012, Sodico regresa a esa mina de dinero para pedir un nuevo préstamo, por 4 millones de dólares. Alba Petróleos se lo facilitó e, incluso, le concedió un período de gracia de un año para no pagar el 7 % del interés anual que habían pactado.

¿Qué tiene de especial Sodico para que alguien le preste 7.9 millones de dólares en menos de siete meses? ¿Por qué Alba Petróleos seleccionó a esa compañía para otorgarle el segundo empréstito más jugoso de entre 87 que están inscritos en el Registro de Propiedad? ¿Es Alba Petróleos una empresa financiera que da a todos sus clientes la gracia de no pagar intereses durante un año? ¿Cómo entender el mimoso trato entre Alba Petróleos y la empresa Sodico?
Un hallazgo de la investigación fue el del otorgamiento de un préstamo de 14 millones de dólares por parte de Alba Petróleos a un ciudadano panameño. Este es el presidente de la naciente aerolínea Vuelos Económicos Centroamericanos (VECA). El rastreo, sin embargo, no encontró más relación que la del millonario crédito.

Una de las personas que podría responder las preguntas o inquietudes que surgen es José Luis Merino, pero hasta ahora se ha rehusado a una entrevista. El Faro pidió hace tres meses una entrevista con Merino para hablar de los negocios Alba, pero aún no ha aceptado.
Este periódico encontró información que puede resumirse en cuatro claves que muestran que los 7.9 millones de dólares pasaron de empresa a empresa, pero que en realidad fueron manejados por las mismas personas.

Clave uno: el poder tras el trono. Carmen Leonor Aguilar Merino. El nombre de ella no aparece en ninguna compra de inmueble, en ninguna gestión de los 7.9 millones de dólares que Alba Petróleos prestó a Sodico. Sin embargo, Carmen Leonor Aguilar Merino es un nombre de peso en el mundo de los negocios Alba. Es la presidenta suplente de Sodico y también es accionista de otra empresa llamada Coordinadora y Asesora de Proyectos (Capsa). Uno de los principales socios de Capsa se llama Sigfredo Israel Merino Cabrera, hermano de José Luis Merino, uno de los principales dirigentes del FMLN. José Luis Merino no es directivo de Alba Petróleos, sino asesor, pero es administrador de Consultores Técnicos Empresariales y su suplente es Sigfredo Israel, su hermano.

Clave dos: un negocio entre socios. Cuando la transnacional Chevron Caribbean decidió vender un lote en San Antonio Abad, alguien cercano a la familia Merino tenía 1.1 millones de dólares para comprarlo. Ese alguien se llama Marco René Martínez Estrada, el representante de Energía Orgánica (Energor), esa compañía que dice dedicarse tanto al reciclaje de sustancias como a la importación, transporte y comercialización de petróleo. Energor fue dueña de ese lote durante menos de un mes y luego, el 22 de julio de 2011, lo vendió a Sodico.

Seguir la pista de los negocios de Energor y Marco René Martínez Estrada es como tener dos caminos con rumbo distinto que terminan en un mismo lugar o, mejor dicho, en un mismo apellido.

Si usted sigue la ruta de Marco René Martínez Estrada encontrará que además de administrar Energor, es socio de Sigfredo Israel Merino, en la empresa Capsa. Hace un tiempo, los socios de esa empresa fueron denunciados en la Fiscalía de Santa Tecla por irregularidades en la administración de la compañía, un caso que llegó hasta la Corte Suprema de Justicia. Pero veamos hacia dónde lleva el otro camino, el de Energor: al seguir esta ruta encontrará que esa empresa hizo un préstamo de 300 mil dólares para que los propietarios de un inmueble en la Residencial Los Sueños, departamento de La Libertad, financiaran una construcción. Los dueños de esa propiedad se llaman Carmen Leonor y Sigfredo Israel Merino, según el Registro de Propiedad.

La Residencial Los Sueños es un proyecto de la Inmobiliaria Las Piletas, empresa dirigida por el expresidente de Arena en la década de los noventa, Juan José Domenech.

Clave tres: el abogado que está en todas partes. José Mauricio Cortez Avelar es un notario que trabaja con Alba Petróleos: ha elaborado los documentos de varios préstamos concedidos por esa empresa y también elaboró las escrituras que dieron vida a Alba Gas y Alba Fertilizantes. 

Sin embargo, el 31 de enero del 2012, cuando Alba Petróleos le dio 4 millones de dólares a la empresa Sodico, Cortez Avelar estaba a la otra orilla del río: en ese caso no aparece como abogado de Alba Petróleos sino como el apoderado general de Sodico. 20 días más tarde de esa operación, el abogado se convirtió en el administrador único de Sodico.

Además, Cortez Avelar también fue presidente de Energor, la compañía que vendió el lote en San Antonio Abad a Sodico, lo que pone a este abogado y notario en los tres vértices de este triángulo: está en la empresa que desembolsó los 7.9 millones de dólares (fue notario de Alba Petróleos); está en la empresa que recibió los 7.9 millones de dólares (fue apoderado y administrador de Sodico) de Alba Petróleos; y está en la empresa que captó parte de los 7.9 millones de dólares, gracias a la venta del lote en San Antonio Abad (fue presidente de Energor).

Eso no es todo. Cortez Avelar también es director del Centro de Investigaciones de Alba Petróleos y socio de Sigfredo Israel Merino Cabrera en dos empresas que se dedican a la explotación de energía solar. Cortez Avelar también fue el primer presidente de la empresa Subes El Salvador, la empresa que maneja la nueva tarjeta electrónica de prepago del transporte público.

Hace un mes, al mediodía del 20 de diciembre de 2013, El Faro llamó a la oficina de Cortez Avelar para solicitarle una entrevista. La persona que atendió la llamada aseguró que el abogado estaba fuera del país, pero que a su regreso le haría saber de la solicitud. Al cierre de esta nota no había respondido.
Estación de servicio Alba Los Olivos, ubicada en C. El Roble entre Boulevard Masferrer Norte y Prolong. C. San Antonio Abad, San Salvador.
Estación de servicio Alba Los Olivos, ubicada en C. El Roble entre Boulevard Masferrer Norte y Prolong. C. San Antonio Abad, San Salvador.  

Una de las porciones más grandes del pastel Alba

Sí: Alba Petróleos es más, mucho más que gasolina y diesel. Alba Petróleos se parece a un jugador de barajas que tiene varios ases a los que puede apostar o, mejor dicho, con los que puede ganar dinero.

Y así como un jugador guarda con sigilo sus cartas, así Alba Petróleos poco o nada ha dicho sobre una millonaria inversión para la construcción de viviendas en cuatro propiedades que otrora fueron una colina tapizada de árboles, conocida como la finca Loma Linda y La Joya, en Nuevo Cuscatlán, La Libertad.

Alba Petróleos ha invertido 16 millones de dólares en ese proyecto inmobiliario. Los detalles de ese negocio son así: el 14 de diciembre de 2012, Alba Petróleos pactó con la empresa Inversiones Valiosas (Inverval) la apertura del crédito y los desembolsos se pactaron en cuatro partes, según los avances en la construcción de las viviendas.

El día del acuerdo, Inverval recibió 4 millones de dólares para que pudiera comprar un lote en la finca Loma Linda, otros tres en la finca La Joya, ahora conocida como Residencial Greenside Santa Elena, y para iniciar los trabajos de terracería. El resto del dinero se desembolsaría según el avance de la construcción de viviendas.

De los 87 préstamos que Alba Petróleos ha hecho bajo la figura de mutuo hipotecario, el de Inverval es el más jugoso, según los documentos del Registro de la Propiedad.

¿Y qué es Inverval? ¿Quién o quiénes la manejan y lograron ese apoyo millonario de Alba Petróleos? Inverval se dedica, básicamente, a dos cosas: comprar, vender y colocar títulos valores (acciones, bonos, inversiones); y a las actividades inmobiliarias en general (urbanizar, parcelar y comercializar lotificaciones rurales o urbanas). La empresa fue creada el 3 de octubre de 2012 y su primer administrador fue Juan Carlos Mata.

¿Cómo se consigue que una empresa logre un contrato por 16 millones de dólares cuando apenas tiene dos meses de haber incursionado en el mercado? Quizás una indagación sobre los contactos de Inverval en el mundo de los negocios aportes pistas para resolver el misterio. Un cambio de administrador que ocurrió el 17 de mayo de 2013 ayuda a entender esto. Ese día, Juan Carlos Mata cedió su puesto de administrador de Inverval a José Mauricio Cortez Avelar, el abogado que trabaja con Alba Petróleos y que es socio de Sigfredo Israel Merino Cabrera, hermano de uno de los máximos dirigentes del FMLN.

Y para armar la trama de estas empresas y el puñado de personas que las maneja el nombre del administrador suplente de Inverval también es útil: se trata de Edwin Antonio Merino Hernández, quien también ha sido apoderado de Sodico, aquella empresa dedicada a la comercialización de combustibles que recibió 7.9 millones de dólares, en aquellos días de 2012 cuando la Corte Suprema de Justicia debatía qué hacer con la petición de extradición de varios militares procesados en España por el asesinato de los sacerdotes jesuitas.

Los hombres Alba en el sector energía y su aliado en Taiwán

El secretario técnico de la Presidencia, Álex Segovia, hace chiquitos los ojos al sonreír mientras un inversionista taiwanés le estrecha la mano derecha con sus dos manos, en tanto la mano libre de Segovia, la izquierda, se extiende hasta sujetar el codo derecho de su interlocutor, que también sonríe. La imagen, publicada por el Diario El Mundo el 31 de octubre de 2012, va acompañada de un texto que menciona que el gobierno destacó ese día una recuperación de las inversiones extranjeras, rubro en el que El Salvador tiene años de ir a la zaga no solo en Centroamérica, sino en todo el continente. Una muestra de esa mejoría, dijo el secretario técnico, era la inversión de 2 millones de dólares de Seedtech Energy, una empresa especializada en productos de iluminación que usan energía solar.

Segovia aseguró que la empresa taiwanesa se comprometía a “expandir entidades de negocios, oficinas representativas y transferir tecnología a la industria solar del país”. Lo que Segovia no dijo es quién o quiénes serían los interlocutores salvadoreños de esa inversión.

Un receptor natural de esa inversión taiwanesa podría ser, a la luz de los Registros de Comercio, la Albatech Green Energy, una empresa salvadoreña que nació siete meses después de aquel estrechón de manos, el 17 de mayo de 2013, y que tiene como finalidad el ensamblado e instalación de paneles solares. Ah, por cierto, desde hace algunas semanas los candidatos a la presidencia y vicepresidencia de la República por el FMLN, Salvador Sánchez Cerén y Óscar Ortiz, aparecieron en algunas vallas en la vía pública ofreciendo crear la primera planta de paneles solares para procurar la generación de energía eléctrica más barata.

En la directiva de esa empresa Albatech Green Energy hay dos nombres que aparecen reiteradamente en los negocios de Alba Petróleos. Uno ocupa el cargo de secretario de Albatech Green Energy, y su nombre es Sigfredo Israel Merino Cabrera. Si les suena es porque ya este nombre apareció antes en este texto, vinculado a otros negocios de la red Alba; el otro tiene cargo de tercer director suplente, y quizás su nombre también les resulte familiar a estas alturas de este reportaje: José Mauricio Cortez Avelar. Sí, el abogado y notario que aparecía en cada vértice de aquel triángulo de empresas haciendo negocios. El director ejecutivo de la empresa es Ko-chien Chu, aquel inversionista taiwanés a quien el 31 de octubre de 2012 el secretario técnico de la presidencia estrechaba efusivo la mano.

Los integrantes de la directiva de Albatech Green Energy también tienen participación en otras empresas que tienen vasos comunicantes con Alba Petróleos. He aquí algunas de esas empresas, que están en el rubro de la producción de energía.

1. Alba Gas. Es una empresa que inició operaciones el 17 de diciembre de 2012 y cuya finalidad es la importación, almacenamiento, comercialización, distribución y transporte de gas natural y sus derivados. El presidente de la compañía se llama Francisco Humberto Castaneda Monterrosa, el alcalde por el FMLN en San Sebastián Salitrillo, Santa Ana. Ah, por cierto, Castaneda Monterrosa es también el vicepresidente de Alba Petróleos.

Una de las inversiones más importantes de Alba Gas es la compra de 11 lotes en la Hacienda El Ángel, en Comotepeque, Nejapa. La compra se realizó el 25 de abril de 2013, cuatro meses después de la creación de la empresa, por un monto de 2 millones 260 mil 324 dólares.

Entre Alba Gas y la empresa que tiene socios taiwaneses para la inversión en paneles solares hay un vaso comunicante: Miguel Ángel Hernández Ventura, alcalde del FMLN en San Pedro Perulapán, Cuscatlán, durante el período 2006-2009. Hernández Ventura es el primer director suplente de Albatech Green Power. Ah, por cierto, Hernández Ventura también ha sido uno de los apoderados administrativos de Alba Petróleos.

2. Termopuerto. Esta empresa trabaja en montar un sistema de tuberías de carga y descarga, con sus respectivos tanques de almacenamiento para fuel oil, para generar energía eléctrica en Acajutla, Sonsonate. En la directiva de Termopuerto Limitada de Capital Variable aparece Hernández Ventura, el exalcalde de San Pedro Perulapán, quien también es directivo de Albatech Green Power.

Y junto al de Hernández Ventura, al revisar la directiva de Termopuerto, aparece también otro nombre ubicuo en los negocios Alba: Sigfredo Israel Merino Cabrera, el hermano de uno de los máximos dirigentes del FMLN. Mientras Merino Cabrera aparece en el Registro como primer director, Hernández Ventura aparece como segundo.

Rais, el enemigo político que se volvió socio

Quizás hay negocios tan buenos que tienen el poder de eliminar amarguras, provocar amnesia y transformar en amigos a viejos enemigos. El caso de corrupción en la venta del Ingenio El Carmen, otrora propiedad del Banco de Fomento Agropecuario (BFA), puede ayudar a entender esto.

Allá por octubre de 2001, la Asamblea Legislativa creó una comisión para investigar el caso, pero el entonces presidente legislativo, Walter Araujo, bloqueó la iniciativa. Entonces llegó un conato de rebelión. El diputado Roberto Lorenzana, del FMLN, dijo que desobedecería la orden de los directivos porque intuía que era una treta para tapar la corrupción del partido Arena.

13 años después, uno de los tres protagonistas de las irregularidades que denunciaba el FMLN tiene negocios con varios personajes importantes en el FMLN. Se trata del empresario José Aquiles Enrique Rais, el primer director suplente de Manejo Integral de Desechos Sólidos (Mides), empresa de economía mixta en la que participan varias alcaldías, y que se dedica al tratamiento de desechos sólidos.

Rais es director suplente, y alguien que lleva ese mismo apellido, Hugo Ernesto Blanco Rais, ha sido presidente, secretario y primer director de Mides. Por el lado de las alcaldías, Mides tiene a Jaime Lindo, edil de Soyapango por Arena, como vicepresidente; y a Fidel Fuentes, alcalde del FMLN por San Marcos, como uno de los directores suplentes.

El círculo de Rais y el del dirigente efemelenista José Luis Merino se traslapan en Mides, pero también en otro lugar: la Coordinadora y Asesora de Proyectos (Capsa). Sí, esa compañía de la que la presidenta suplente de Sodico es accionista. Además, Sigfredo Israel Merino Cabrera ha sido administrador y representante legal de esa compañía. Y en esa compañía vuelve a aparecer el apellido Rais: allá por mayo de 2010, la administradora suplente era Michelle Marie Rais de Barake.

Rais de Barake está en la directiva de otras empresas creadas por Enrique Rais y que forman el Rais Group. En la página web del grupo se lee: “La adquisión del Relleno Sanitario CAPSA en Sonsonate, obedece a una oportunidad estratégica de expansión de Mercado, que permitió consolidar la operación de disposición final de desechos sólidos, en el corto plazo, con un fuerte posicionamiento en la zona occidental del país”.

Aunque hoy hace negocios importantes con personajes importantes para el partido FMLN, lo de Rais y el ingenio El Carmen no es un asunto totalmente olvidado para alguna gente del FMLN. Al menos para aquellos que no saben que los negocios pueden ser como un dulce que quita amarguras y vuelve amigos a los enemigos.

El 16 de julio de 2012, cuando una decena de militantes del Frente se instaló cerca de Medicina Legal, en apoyo al nombramiento de Ovidio Bonilla como presidente de la Corte Suprema de Justicia, un hombre vociferaba con un megáfono desde un pick up blanco las razones por las cuales debía mantenerse ese nombramiento.

Decía el hombre que los cuatro magistrados de la Sala de lo Constitucional, la instancia que desconoció a Bonilla, eran un “instrumento” de la ANEP y la derecha. Decía el hombre que esa Sala protegió a los militares acusados en España del asesinato de los sacerdotes jesuitas y que había liberado a los responsables del millonario fraude en el BFA… Cuando esa denuncia de impunidad resonaba en las cercanías de Medicina Legal, al mediodía del 16 de julio de 2012, uno de los protagonistas del caso que aquel hombre denunciaba ya tenía más de dos años de ser socio de personajes importantes del FMLN.
Haga click en la imagen para ver más detalles.
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¿Duda aún de que los negocios pueden tener el poder de convertir en amigos a los que parecen enemigos irreconciliables? El extremo sería que un día el candidato presidencial de Arena, Norman Quijano, se sentara a una mesa a discutir con dirigentes del FMLN la estrategia de una empresa. Claro que eso no ocurrirá, aunque... aunque...

El Registro de Comercio nos revela esta curiosidad: Norman Quijano, alcalde de San Salvador y candidato a la presidencia por el partido Arena, es el secretario de la empresa Procesadora de Desechos Sólidos Voluminosos, creada el 7 de junio de 2010, para construir y operar una planta de manejo de desechos voluminosos. Se trata de una empresa de economía mixta en la que el presidente es Roger Blandino Nerio, miembro de la comisión política del FMLN y exalcalde de Mejicanos hasta 2012. Los negocios no se detienen ante muros ideológicos.

Lea además:

Los amigos de José Luis Merino viajan en Subes

Fuerza Histórica Latinoaméricana.

Fuerza Histórica Latinoamericana

Saludos y bienvenida:

Trovas del Trovador


Si se calla el cantor, calla la vida...inspirate,instruyete,organizate,lucha,rebelate.



Saludos y bienvenida:


Inevitablemente, cada individuo hace parte de su vida y de su historia aquellos acontecimientos que marcaron un recuerdo bueno o malo en la efemérides y en su vida...
Recordar por ejemplo aquellas cobardes masacres de la década del 70 en El Salvador (Chinamequita,Tres Calles,Santa Barbara,30 de Julio,entre muchas otras y seguro estoy es una experiencia que se repite a lo largo y ancho de Americalatina), masacres que conmocionaron a la nación y sacudieron la conciencia de muchos.

Esas masacres aceleraron el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre el pueblo y las Fuerzas Armadas Nacionales, Toda aquella década fué de constante actividad politico-social y su principal escenario eran las calles, para las celebraciones del efemérides nacional de cualquier indole, se desarrollaba una manifestación de dolor, muy significativa y emótiva, muchas, con los restos de los asesinados y el reclamo del retorno o aparecimiento con vida de los capturados y desaparecidos.

Muchos jóvenes,a partir de aquellas cobardes acciónes por parte del Estado, radicalizamos nuestra pocisión y optamos por la lucha armada como única solución a la crisis que cada dia se profundizaba más y más...

A partir de aquella década, la protesta se hizo afrenta digna contra la dictadura militar, salir a protestar era recuperar,rectificar y sanear digna y valientemente, todo aquello que en anteriores décadas de terror, las clases dominantes habian institucionalizado.

Con aquellas jornadas de lucha, no solo denunciamos y condenamos a los eternos enemigos del pueblo, sino que hicimos sentir el grito de guerra de todos aquellos que sacrificada pero dignamente y hasta entonces, habian escrito la historia,nuestra heróica historia...

Que hubiera sido de nosotros, si Monseñor Romero hubiera pensado más en su tiempo, el dinero y su sombrero copa ancha junto con su pulcra sotana,por no arriesgar el pellejo a costa de convertirse en "La voz de los sin voz" y en el santo de los desposeidos?

Que seria de nosotros?, si Roque Dalton, sabiendo que podria incluso, morir a manos de sus propios "camaradas", no hubiera arriesgado la canción hecha palabra y herramienta de lucha, para gritarle sus verdades a los poderosos y sus criticas mordaces a los ultraizquierdistas y al Partido Comunista.

No seriamos dignos, de llamarnos salvadoreños si Farabundo Marti, no hubiera dispuesto ir a enlodar sus botas a "Las Segovias" junto a Sandino el General de hombres libres, como su lugarteniente.
Si Miguelito Marmol, no se hubiera levantado con las ganas que lo hizo después de haber sido acribillado frente al pelotón de fusilamiento, para seguir arriesgando el pellejo reclutando, concientizando, organizando, y manteniendo vivo el grito de guerra de "Viva el Socorro Rojo Internacional", que inconclusamente y con toda valentia intentó Farabundo.

Fraternalmente, Trovador


UN DÍA COMO HOY, 12 de febrero de 1973, los principales periódicos de El Salvador difundieron fotos de la muerte de los compañeros José Dima...