Saludos y bienvenida: Inevitablemente, cada individuo hace parte de su vida y de su historia aquellos acontecimientos que marcaron un recuerdo bueno o malo en la efemérides y en su vida... Recordar por ejemplo aquellas cobardes masacres de la década del 70 en El Salvador (Chinamequita,Tres Calles,Santa Barbara,30 de Julio,entre muchas otras y seguro estoy es una experiencia que se repite a lo largo y ancho de Americalatina), masacres que conmocionaron a la nación y sacudieron la conciencia de muchos. Esas masacres aceleraron el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre el pueblo y las Fuerzas Armadas Nacionales, Toda aquella década fué de constante actividad politico-social y su principal escenario eran las calles, para las celebraciones del efemérides nacional de cualquier indole, se desarrollaba una manifestación de dolor, muy significativa y emótiva, muchas, con los restos de los asesinados y el reclamo del retorno o aparecimiento con vida de los capturados y desaparecidos. Muchos jóvenes,a partir de aquellas cobardes acciónes por parte del Estado, radicalizamos nuestra pocisión y optamos por la lucha armada como única solución a la crisis que cada dia se profundizaba más y más... A partir de aquella década, la protesta se hizo afrenta digna contra la dictadura militar, salir a protestar era recuperar,rectificar y sanear digna y valientemente, todo aquello que en anteriores décadas de terror, las clases dominantes habian institucionalizado. Con aquellas jornadas de lucha, no solo denunciamos y condenamos a los eternos enemigos del pueblo, sino que hicimos sentir el grito de guerra de todos aquellos que sacrificada pero dignamente y hasta entonces, habian escrito la historia,nuestra heróica historia... Que hubiera sido de nosotros, si Monseñor Romero hubiera pensado más en su tiempo, el dinero y su sombrero copa ancha junto con su pulcra sotana,por no arriesgar el pellejo a costa de convertirse en "La voz de los sin voz" y en el santo de los desposeidos? Que seria de nosotros?, si Roque Dalton, sabiendo que podria incluso, morir a manos de sus propios "camaradas", no hubiera arriesgado la canción hecha palabra y herramienta de lucha, para gritarle sus verdades a los poderosos y sus criticas mordaces a los ultraizquierdistas y al Partido Comunista. No seriamos dignos, de llamarnos salvadoreños si Farabundo Marti, no hubiera dispuesto ir a enlodar sus botas a "Las Segovias" junto a Sandino el General de hombres libres, como su lugarteniente. Si Miguelito Marmol, no se hubiera levantado con las ganas que lo hizo después de haber sido acribillado frente al pelotón de fusilamiento, para seguir arriesgando el pellejo reclutando, concientizando, organizando, y manteniendo vivo el grito de guerra de "Viva el Socorro Rojo Internacional", que inconclusamente y con toda valentia intentó Farabundo. Fraternalmente, Trovador

viernes, 28 de agosto de 2015

Sobre la última Resolución de la Sala de lo Constitucional y el peligro de deshumanización en la actual lucha contra el crimen




Carlos Bucio Borja

A Dany Ayala

Una de las más gratas satisfacciones de quien escribe estas líneas es el haber entablado amistad con el joven economista Daniel Ayala, Dany Ayala.  Dany era un muchacho profesional, de aguda inteligencia, carisma y entusiasmo por la vida, cualidades que le eran retribuidas con mucho amor por su novia, familiares y demás seres queridos.  
Hace pocos días, mientras se dirigía al gimnasio, como era habitual en él, Dany sucumbió al Leviatán de la violencia que azota nuestra nación desde hace varios años: alguien le disparó por la espalda.  
Reuniendo algunos retazos de la vida de Dany llegué a saber de su intención de alguna vez publicar algún escrito de manera conjunta conmigo.  Desde este lado de la realidad, Dany, quiero decirte que me siento muy honrado por tu inquietud y tu estima, y dedico a ti las siguientes reflexiones, así como en el futuro otras que me recuerden de tus grandes cualidades...
***
Durante los últimos meses, las redes sociales y los medios informativos de El Salvador en sus versiones digitales se ven inundadas con dolorosas y penosas fotografías de jóvenes y adolescentes pandilleros ensangrentados después de violentos enfrentamientos.  En una era en que las noticias son casi automáticas debido a las actuales tecnologías cibernéticas, es inevitable que este tipo de fotografías y videos sean publicados en una u otra plataforma, de manera casi inmediata, incluyendo los medios impresos.  A esto algunos teóricos de la comunicación denominan pornografía de la violencia. Debido a la inmediatez y la crudeza de las noticias hoy en día, debemos estar alertas respecto a un fenómeno que ocurre casi siempre después de estas pornografías.  Primero, en el plano visual, la reproducción de la violencia; y luego, con frecuencia, cuando la ciudadanía condona la violencia como espectadora, esta violencia es reproducida nuevamente en el plano simbólico, en un proceso en el que se deshumanizan víctimas, victimarios y también espectadores.  Ante la cruda y desbordada violencia criminal que aqueja el país desde hace más de  dos décadas, y el desarrollo continuo de las tecnologías cibernéticas, es imposible no tener acceso involuntario y casi instantáneo a escenas pavorosas.  Pero ver jóvenes y adolescentes desangrados hasta la muerte, portando armas de fuego, no debe de ser ningún motivo de gozo ni de exaltación a la muerte, sea la muerte de quien sea.  El lugar común de los jóvenes y los adolescentes debe de ser centros de estudio, campos deportivos, parques, lugares de formación y recreación.  No la sangre, ni el nihilismo, ni la muerte.
La ciudadanía toda, espectadores y analistas de la realidad, debemos tener cuidado en no deshumanizar a nadie, pues al deshumanizar a quien consideramos inferior a nosotros nos deshumanizamos nosotros mismos.  Una niñez y adolescencia violenta, ensangrentada y nihilista no solo habla de sí misma, sino de la sociedad en su conjunto, siendo una reflejo de la otra.  Y si bien —lastimosamente— existen formas de violencia que para ser aplacadas requieren de represión y de violencia, estas últimas deben de ser comedidas y circunscritas estrictamente dentro de los ámbitos de la Constitución Política nacional, así como de tratados humanitarios internacionales.  En un sentido más amplio, curar el cáncer de la violencia en El Salvador —lo cual tomará varios años— involucra pensar más allá de la violencia institucional y requiere mucha inteligencia y una nueva ingeniería social, una donde los niños y jóvenes ya no sean objetos —números fríos del sistema o de las bandas criminales— sino sujetos de sueños solidarios, ambiciosos y positivos para sí mismos y la sociedad.
En cuanto a la última sentencia de la Sala de lo Constitucional declarando terroristas a las pandillas MS y 18, y cualquier otra organización que actúe de manera similar, esta resolución es indicativa del tipo de democracia formal que vivimos.  Y todas las instancias del estado y la sociedad debemos respetarla.  Sin embargo, el estado salvadoreño debe de tener mucho cuidado en no hacer interpretaciones autómatas no cerebrales sobre dicha sentencia, específicamente en cuanto a no estigmatizar o criminalizar a sectores de la sociedad cercanos a, o subsumidos sociológica o económicamente, a las pandillas ahora definidas como terroristas.  El estado salvadoreño debe de actuar con contundencia —tal como lo está haciendo— contra el crimen organizado, pero sin dejar de lado diferentes formas de inteligencia.  Así —si bien la reciente resolución de la Sala de lo Constitucional además de ser una expresión retórica debería constituirse también en un elemento disuasivo—, tanto el estado como la sociedad salvadoreña en general debemos asumir la realidad lo más objetivamente posible.  De esta forma,  debemos considerar lo siguiente: si existen en el país 72 mil pandilleros (ahora terroristas), 12 mil de los cuales están encarcelados y 60 mil libres, esto quiere decir que (siendo conservadores) los pandilleros tienen una red social y operativa (entre parientes, parejas y otras conexiones interpersonales-operativas cercanas) de entre un mínimo de144 mil (suponiendo que en promedio dicha red se limita a 2 personas por cada pandillero) y 720 mil (suponiendo que en promedio cada pandillero alcanza una red social operativa de hasta de10 personas).  Un cálculo medio de estas cifras nos da un número de 360 mil personas como base social y operativos extendidos de los pandilleros en prisión o libres.  En este sentido, retóricamente se podría estigmatizar al 4 % de la población salvadoreña como pandillera o agentes de los pandilleros —es decir terroristas—, pero en términos logísticos y políticos efectivos (para cualquier partido) sería imposible en el actual contexto histórico encarcelar o eliminar a 144 mil personas.  Si el estado salvadoreño —en aras de una lectura automatizada de la reciente resolución de la Sala de lo Constitucional— tratara de hacer eso se estaría encaminando a una nueva forma de terrorismo de estado.  
¿Qué hacer ante la situación anterior?  En otro espacio me explayaré sobre el tema, pero en términos generales la respuesta es una nueva ingeniería social en El Salvador.
Las pandillas no solo tienen una dimensión criminal, sino también una dimensión social, en cuanto a que dichas bandas, cuando se iniciaron —y después también— como grupos juveniles  surgieron dentro del vacío del estado provocado por políticas neoliberales —que desmantelaron el aparato social del estado— en zonas demográficas históricamente marginadas y de alto riesgo durante los gobiernos de Arena, y aún desde décadas antes cuando el estado ya actuaba como mayordomo de la oligarquía nacional.  Es urgente remendar tal tejido social lo más pronto posible, con políticas sociales audaces, imaginativas, que fomenten valores de solidaridad, concientización, y aspectos positivos de la cultura —nacional e internacional—, y nuevas maneras de organización local.  Esto involucrará una participación coordinada de lideres locales no corrompidos —así como de nuevos liderazgos—, y de científicos, técnicos y trabajadores sociales.
Por otra parte, es muy peligroso de parte del estado estigmatizar a religiosos, periodistas, trabajadores o investigadores sociales que tengan vínculos vocacionales o profesionales con pandilleros, en particular con jóvenes pandilleros.  Debido a dinámicas objetivas y subjetivas, muchos religiosos, trabajadores e investigadores sociales (sicólogos clínicos, sicólogos sociales, sociólogos, antropólogos, abogados, criminólogos, etc.), así como líderes comunitarios tienen necesidad  —y lo hacen— de entablar contactos con delincuentes y jóvenes pandilleros. Sería un grave error estigmatizar a estos trabajadores, religiosos,  e investigadores como criminales y terroristas.  A pesar de ello —y esto, reflexionando sobre el contenido de la última resolución de la Sala de lo Constitucional, pero también independientemente de ella—, personas que por vocación o profesión entablan contacto con criminales y jóvenes pandilleros tienen la obligación de hacerlo con sumo cuidado, a fin de no entablar o desarrollar conexiones orgánicas ni operativas con grupos o agentes criminales.  Esto se presenta siempre como una obligación y reto ético-académico para los investigadores sociales, pero en el contexto de la violencia social y criminal que aqueja la nación salvadoreña es sumamente indispensable no perderlo jamás de vista.  
Durante el conflicto bélico pasado, el estado salvadoreño persiguió, reprimió y masacró a religiosos, periodistas y trabajadores sociales por tener vínculos vocacionales o profesionales con la insurgencia armada que hoy está en el gobierno.  Esto está documentado histórica e institucionalmente a partir de investigaciones académicas y científicas, y registrado por reconocidas instancias democráticas internacionales, las cuales dieron un veredicto condenatorio al estado salvadoreño de aquel entonces.  El estado salvadoreño hoy no debe de perder nunca de vista ese espinoso camino del pasado.
En cuanto a la Fiscalía General de la República, si ésta entablara una persecución de religiosos, periodistas, activistas, trabajadores o investigadores sociales con contactos vocacionales o profesionales no orgánicos ni operativos con las pandillas ahora, o en el pasado como mediadores de un pacto entre las pandillas rivales, esto constituiría un desgaste político, institucional, logístico y de inteligencia, que a la postre no abonaría a solucionar las dinámicas de la violencia en El Salvador.  Estas dinámicas son ahora altamente plásticas y sofisticadas, y como he sugerido arriba tienen raíces históricas y estructurales.  Desperdiciar energías institucionales torna más difícil la lucha contra la violencia criminal y retrasa su solución estructural. Tanto la fiscalía General de la República como otras instancias del estado salvadoreño deben enfocar sus esfuerzos —de manera ágil, inteligente, contundente y aguda— contra el crimen organizado y sus nexos orgánicos y operativos.
En países con muchísimo más recursos económicos que El Salvador, expresiones de violencia criminal de bandas organizadas se han tornado endémicas, y amplias economías subterráneas de éstas se han subsumido dentro de economías políticas locales y regionales.  Ejemplos de lo anterior lo constituyen la mafia en Italia y América del Norte; los hells angels, los bandidos, los pagans y otras pandillas en los Estados Unidos; los carteles de narcotráfico en Colombia y México; la tríada china; la yakuza japonesa; etcétera.  Todas estas organizaciones tienen décadas de funcionar en Europa, Asia y América, cuentan con extensas bases sociales, y se han esparcido por el mundo.  Tanto la MS como la pandilla 18 tienen sus orígenes dentro de las comunidades salvadoreñas marginadas en Los Ángeles, California, y en gran medida son producto de la diáspora y la discriminación étnica que sufrían niños y jóvenes salvadoreños de parte de pandillas de anglos, chicano-mexicanos y afro-estadounidenses en esa región de los Estados Unidos.  En Europa y los Estados Unidos la lucha contra dichas bandas criminales anteceden las dos guerras mundiales y aún no han podido ser derrotadas, ni tampoco extirpar su base social ni su economía subterránea.  Para lograr esto en El Salvador se necesita ser radical, pero radical con inteligencia y no con la fuerza bruta.  Se necesita —además de la inteligencia operativa del estado— de una re-ingeniería social que involucre la desintoxicación de toda la sociedad en cuanto expresiones de violencia y tendencias criminales (esto último incluye la evasión, grande y pequeña, de impuestos, y otras formas de corrupción privada, pues esa es la lógica social y cultural de la que parten los pandilleros).
Desde la prehistoria y a nivel transcultural siempre han existido cofradías de jóvenes en estados liminales y post-liminales (es decir, de transición y post-transición generacional), y en la modernidad las pandillas juveniles (en general) representan un ejemplo de tales cofradías.  Debido a lo profundo de la globalización cultural, la nación salvadoreña no puede escapar a este fenómeno transcultural.  El uso generalizado del término «mara» en todas las clases sociales del país, y anterior al actual fenómeno de violencia pandillera, es indicativo de que desde antes que surgieran la MS y la pandilla 18 ya existían agrupaciones juveniles conformadas en torno a gustos y etos comunes.  Esto ocurre en todas las naciones, occidentales y no occidentales.  Con esta consideración quiero indicar que en el actual estadio histórico y cultural de nuestra nación y el mundo será imposible erradicar el fenómeno de las pandillas juveniles, mucho menos por decreto.  Lo que se requiere es la transformación del etos (es decir las motivaciones y valorizaciones) de las pandillas juveniles salvadoreñas —descendientes de la marginalización y discriminación social y étnica norteamericana y en El Salvador— a un nuevo etos de solidaridad y desarrollo subjetivo y social humanista; una transformación que involucra una nueva forma de consumo no autómata, que se aleje de la gratificación fácil e inmediata, y se acerque de manera más profunda a la solidaridad,  a la ecología, a las artes, a los deportes y  a la intelectualidad.  A primera vista esto pareciera una difícil aspiración cultural e histórica, sin embargo las nuevas tecnologías cibernéticas  y el cosmopolitanismo actual de la nación salvadoreña facilitan grandemente dicha posibilidad.  Debemos re-imaginar y re-construir el ser subjetivo y social salvadoreño, producir y expresar nuevos valores y paradigmas.
Insisto.  El estado y la sociedad salvadoreña deben de ser contundentes respecto a la criminalidad, pero con inteligencia.  La nación salvadoreña  —sin negar una multietnicidad histórica— tiene una ventaja sobre otros países a los que he aludido arriba, incluyendo nuestros vecinos regionales: somos más compactos culturalmente, a pesar de nuestro cosmopolitanismo y transculturización.  Esto facilita reconstruir nuestro tejido social; las redes sociales cibernéticas mismas podrían constituir un factor positivo en tal sentido, fomentando una cultura de paz, progreso y tolerancia, y no de violencia y deshumanización.
En su campaña electoral el Presidente Sánchez Cerén prometió combatir el crimen organizado con manos inteligentes… Y ese es el rumbo que debemos continuar… Y afinar con la fineza y agudeza necesarias.

Centroamérica y el desafío de la corrupción



Prensa Latina
 En Centroamérica los gobiernos, las economías, las instituciones públicas, las sociedades y las empresas comparten como desafío común la corrupción, un flagelo que se infiltra de mil maneras en la vida de los ciudadanos.
La reiterada metáfora del pulpo y sus tentáculos para referirse a este fenómeno nunca fue más útil para describir la situación que vive la región en la actualidad. Desde lo más alto de la escala social y hasta las bases, la corrupción está presente y sistematiza un modus operandi confuso que la trastoca en el aceite que mueve mecanismos oxidados por la burocracia.

Como botón de muestra basta decir que en los últimos 20 años, 32 presidentes centroamericanos fueron denunciados por esa causa, según la publicación Estrategia & Negocios.Sin embargo, todos los países de la región no están en la misma situación.
Por ejemplo, la realidad de Honduras y Guatemala es muy diferente a la de otros vecinos.

Desde hace meses ambas naciones son escenarios de intensas manifestaciones anticorrupción en las cuales se exige la salida de los presidentes Juan Orlando Hernández y Otto Pérez Molina, respectivamente.

En Guatemala, un escándalo le costó en mayo el puesto a la ahora exvicepresidenta Roxana Baldetti, acusada de recibir fondos ilícitos.
El mismo caso obligó a Molina a disculparse públicamente ante el país, mientras las voces que exigen su renuncia elevan cada día más el tono.

Pero el fenómeno va más allá.

Según el Instituto Centroamericano de Estudios Fiscales (Icefi), dos mil 700 millones de dólares del presupuesto público de 2015 en Guatemala son “vulnerables a la corrupción”.
La cifra representaría un 29 por ciento del total de los recursos asignados por vía presupuestaria a los gastos en inversión pública, compra de insumos médicos, alimenticios, publicidad gubernamental, arrendamiento, armas, combustible y fideicomisos.

En Honduras, el destape en abril del desfalco de los fondos del Instituto de Seguridad Social generó una matriz de opinión muy negativa al Gobierno.
Los montos sustraídos salpicaron diferentes bolsillos y una parte de ellos terminaron en las arcas del gobernante Partido Nacional, organización que los utilizó para el proceso electoral que llevó a Hernández a la Casa Presidencial en 2013.

Los Indignados -como se conoce allí al movimiento ciudadano que encabeza las protestas anticorrupción- no cesan de pedir la salida del jefe de Estado, quien invitó a todos los sectores a un diálogo político en un intento por paliar el descontento.
Transparencia Internacional calificó al país como uno de los más corruptos del continente, mientras que a nivel global lo ubicó en el último tercio de naciones menos transparente del planeta.

En Panamá, escándalos y acusaciones apuntan a la administración del expresidente Ricardo Martinelli (2009-2014).
La justicia investiga a 14 de los 28 miembros del anterior gabinete por la ejecución de contratos millonarios a través del Programa Nacional de Ayuda, entre otras cuestiones, lo que es considerado delito de daños patrimonial al Estado.

POLÍTICA Y MÁS

Sin embargo, restringir la cuestión a un asunto exclusivo de la política es, cuando menos, un ingenuo error.
Icefi advirtió que los altos índices de corrupción y la lenta implementación de reformas fiscales podrían frenar el crecimiento económico de la región.
Por cada cinco puntos que empeora la percepción de ese flagelo en Centroamérica, la inversión extranjera directa cae 6,6 por ciento, reveló Estrategia & Negocios.

Esta situación -señaló Icefi- incide de manera directa en las posibilidades de bienestar de la población, sobre todo de los más vulnerables, a la vez que ataca la función de instituciones públicas y otras entidades.
Salud, educación, derechos humanos, vivienda y alimentación, por solo mencionar algunas áreas, sufren los embates de esta pésima realidad.

Los Estados -advirtió Icefi- deben dedicar esfuerzos para elevar la transparencia y aumentar la rendición de cuentas, elementos esenciales para combatir el fenómeno.
Entender y erradicar la corrupción es un reto complejo, ya que por su naturaleza oculta y opaca es difícil evidenciarla y sancionarla: se trata de prácticas que transitan en los linderos más oscuros del comportamiento humano, aseveró esa institución.
Las legislaciones desactualizadas, la frágil institucionalidad, los problemas con el acceso a la información pública, la pobre participación ciudadana, los conflictos de interés y la impunidad son catalizadores de la corruptela.

En lo social, los retos son complejos.

Un artículo del diario Costa Rica Hoy reveló que la voluntad de un individuo de participar en un comportamiento de este tipo es afectada por su percepción del nivel de corrupción que persiste en su sociedad.
El estudio divulgado por el rotativo afirma que entre más seguro está una de las partes de la corrupción del otro, menor es el costo de incorporarse a este tipo de actividades.
De igual forma reveló que muchos de esos comportamientos se imitan si en otras ocasiones les funcionó a vecinos, conocidos o familiares.

O sea, la corrupción genera más corrupción.

“El desafío es inmenso. Donde todos lucran nadie piensa,” dijo alguna vez el intelectual José Ingenieros quizás a modo de insinuación, como señalando que en la educación también está el camino para librarse de este mal.

"Llevo un tatuaje en el alma"



En uno de estos barcos, (pero ni la sombra de este), salimos huyendo del pais, mis padres, mi hermano menor y yo....en nuestras mochilas, llevábamos  solo lo mas importante ( cosas que desde ese dia me traen un amargo recuerdo). Aquellas cosas que mi madre considero necesarias. También nos llevamos  en el alma, todo lo que dejamos atrás. Y entonces supe, que esas cosas, nos acompañarían para siempre. Llevo en mi, el dolor pero también la alegría  del pueblo salvadoreño, llevo el amor pero también la tristeza de todos. Llevo el silencio de las noches, esas que marcaron  a muchos. Llevo  el olor de la muerte, vacía, temblando, hambrienta, maldita. Pero también llevo la vida, que durara para siempre. Llevo a mis abuelos, los juguetes y el jardín perfecto... llevo, mas que esto, llevo amor por mi continente , llevo cargada la vida, de pinturas y poemas, de las manos que siempre trabajan, de tus heridas, de tus sueños... llevo un tatuaje en el alma....

Rodzet Rodriguez

MI PUEBLO, MI CASA, MI SOLEDAD...

https://www.youtube.com/watch?v=-tlE_MmLfkw


jueves, 27 de agosto de 2015

El Cuento de la Democracia (Documental)

El Cuento de la Democracia
El pueblo maya mam ante el circo electoral.
Docu-ficción, 52 min. Guatemala.
Año Producción: 2007.
Realización y producción: Caracol Producciones
Con el apoyo de la Asociación CEIBA
Idiomas: V.O. castellano y mam (subtítulos en castellano).
Disponible con subtítulos en inglés.

Sinopsis:
Una mujer indígena, ya anciana, comparte con su nieta sus recuerdos de juventud: la vida en la aldea, el trabajo en las fincas, la guerra, la firma de la paz y la llegada de la democracia. Una crítica al sistema de partidos políticos en Guatemala.


miércoles, 26 de agosto de 2015

Sala allana camino para arresto de implicados en masacre de la UCA


 [Foto de archivo. En primera fila, de izquierda a derecha. General Juan Orlando Zepeda, general José Rafael Bustillo y coronel Inocente Orlando Montano. Los dos primeros residen en El Salvador y sobre ellos pesan órdenes internacionales de arresto]

La Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia resolvió que los arrestos amparados en difusiones rojas de la Policía Internacional (Interpol), aun cuando se emiten con fines de extradición, no violan las disposiciones de la Constitución salvadoreña. Eso, de acuerdo a fuentes consultadas en el máximo tribunal, “aplica al caso Jesuitas siempre que las órdenes de arresto estén vigentes”. Fuentes en la Policía Nacional Civil de El Salvador, así como abogados que conocen el proceso judicial abierto en Madrid contra 14 militares salvadoreños acusados de asesinar a 6 sacerdotes jesuitas y dos empleadas en 1989, aseguraron ayer a Revista Factum que las órdenes de captura emitidas en España contra los imputados en 2011, y las respectivas difusiones rojas de Interpol, siguen vigentes. Esto significaría que la PNC está facultada para arrestar a los militares acusados que están en El Salvador.

La resolución 220-2015 de la Sala, dada a las doce horas y seis minutos del 24 de agosto de 2015, no tiene, en principio, nada que ver con el caso jesuitas. El fallo se refiere a la petición hecha por el ciudadano salvadoreño Leonel René Arteaga Álvarez, requerido por la justicia costarricense por cargos de violación sexual.

Para el arresto de Arteaga Álvarez, prófugo en Costa Rica, las autoridades de ese país acudieron a uno de los mecanismos de cooperación más comunes entre las policías del mundo: una difusión roja de Interpol.

Ese mecanismo se estableció en 1956 cuando la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas aprobó el estatuto de Interpol, al que El Salvador se adhirió en 1959. La difusión roja consiste, en resumen, en que la sede de Interpol en Lyon, Francia, avisa a todos los cuerpos de policías afiliados en el mundo cuando uno de los Estados miembros ha girado orden de captura por delitos cometidos en sus territorios. Esos arrestos pueden pedirse con fines de extradición cuando los imputados no son nacionales del país que los reclama, como es el caso de Arteaga Álvarez. Como es el caso de los presuntos asesinos de los jesuitas en El Salvador y acusados en España.

Arteaga Álvarez, explica la Sala, considera inconstitucional que “Interpol El Salvador, al haber recibido una notificación (difusión) roja de captura… pueda llevarla a cabo, pues dicha privación de libertad no estaría precedida por la autorización de la Corte Suprema de Justicia para que se extradite…”


El anterior es, calcado, el argumento que la corte plena salvadoreña utilizó en una resolución de 2011 para bloquear las órdenes de arresto con difusión roja que el juez español Eloy Velasco giró ese año contra 14 militares acusados de homicidio y actos de terrorismo relacionados con la masacre de la UCA.

Y es que la resolución 220-2015 tiene, al final, mucho que ver con el caso Jesuitas.

Las difusiones rojas solicitadas por Velasco llegaron a El Salvador el 4 de agosto de 2011, pero la PNC nunca llegó a arrestar a los nueve militares que ya estaban ubicados en El Salvador y que terminaron refugiados en un cuartel de la Fuerza Armada con el aval del entonces Ministro de Defensa, el general David Munguía Payés, y el de su jefe, el entonces Presidente Mauricio Funes, quien meses antes había pedido perdón en nombre del Estado por los asesinatos de los jesuitas.

En la resolución 220-2015, la Sala reinterpreta lo que corte plena dijo en 2011, aunque con un caso diferente.

La Sala dice, en el caso de Arteaga Álvarez, que el arresto y la extradición son actos “disímiles y complementarios”, y que “no es exigible ni siquiera la existencia de una solicitud de extradición para publicar y hacer efectiva una notificación roja, sino que son trámites relacionados pero diferentes que pueden realizarse simultáneamente e incluso uno después del otro”.

“No debe confundirse, entonces, la competencia otorgada a la Corte Plena, sin cuya decisión, innegablemente, no puede entregarse una persona a un Estado extranjero para su procesamiento penal o la ejecución de pena, y la señalada a Interpol, que en una labor coadyuvante a la administración de justicia debe materializar las órdenes de captura internacionales emitidas o avaladas por jueces o tribunales foráneos”, aclara la Sala.

Ayer mismo, una fuente del máximo tribunal aseguró a Factum “que la resolución aplica al caso jesuitas siempre y cuando las órdenes sigan vigentes”.

Una fuente judicial consultada en Madrid aseguró que las órdenes siguen vigentes. De hecho, una de esas órdenes, la girada contra el coronel Inocente Orlando Montano, sirvió como base a la recaptura del militar en Estados Unidos luego de que este cumplió una sentencia por delitos migratorios. Montano está a la espera de que una jueza estadounidense decida su extradición a España.

En El Salvador, según fuentes policiales, las órdenes siguen vigentes siempre y cuando el país emisor no las haya retirado.

Los militares requeridos y ubicados en El Salvador son, entre otros, Juan Orlando Zepeda, José Rafael Bustillo, Rafael Humberto Larios y Francisco Elena Fuentes.

[Foto de archivo. En primera fila, de izquierda a derecha. General Juan Orlando Zepeda, general José Rafael Bustillo y coronel Inocente Orlando Montano. Los dos primeros residen en El Salvador y sobre ellos pesan órdenes internacionales de arresto]

Andrés Antillano: La recesión económica y el aumento de la represión son una chispa eficaz para los estallidos sociale

Con la OLP se está declarando objetivo militar a sectores del pueblo

La última estrategia de seguridad del gobierno es un tipo de populismo punitivo, según Antillano - Fotos: Gabriela García


"Lo que creo que ha venido pasando –y esto ha repuntado en estos últimos meses– es que esa violencia desorganizada da paso a niveles cada vez más sofisticados y organizados de violencia: pasa de ser una violencia expresiva a ser una violencia instrumental"


Héctor Bujanda

El Investigador del Instituto de Ciencias Penales de la UCV cree que la expansión de la criminalidad es producto de una transformación de la violencia debido a la acción policial y los asesinatos extra judiciales

La posición que deja ver en esta entrevista el Jefe del Departamento de Criminología de la Escuela de Derecho de la UCV, Andrés Antillano, con relación a la explosiva violencia y criminalidad que vive el país, no dejará tranquilo a nadie.

Señala que Venezuela está a las puertas de una guerra de consecuencias impredecibles. Se ha roto el equilibrio histórico entre policías y delincuentes y ahora ya nadie sabe, a ciencia cierta, quién controlará el monopolio de la violencia en los años por venir.

El gobierno bolivariano, en tanto, ha dado un giro casi rocambolesco a la inocua política de seguridad que enarboló durante más de una década –basada en un funcionalismo de izquierda- y ahora practica lo que Antillano llama un “populismo punitivo”, basado en la mano dura y la persecución de los pobres.

Por si fuera poco, el psicólogo social recalca que en períodos de recesión económica, el aumento de la represión policial, como estas prácticas de la OLP, puede ser el equivalente a acercar fuego a la gasolina. Recuerda que cuando eso sucede, es porque el Estado ya no tiene otra política para los sectores sociales que la represión.

La criminalización de los pobres, a través de la figura del bachaquero y del paramilitarismo, se conecta con una tensión más profunda, la que genera una política social que nunca se universalizó y por el contrario produjo diferencias en el barrio, la base social que alguna vez hizo legítimo al chavismo como fuerza política.



"Durante este periodo de tiempo, han asesinado a veinte muchachos en la zona, malandros –como dicen ahí– y gente “sana” que no tenía ninguna implicación en episodios de delitos. Lo que termina ocurriendo en estas acciones policiales, paradójicamente, es que se rearticulan las bandas hasta entonces enfrentadas"

De la violencia expresiva a la violencia instrumental

–¿La sociedad venezolana está sumida en la violencia?

–Sí, por supuesto, pero habría que distinguir esa violencia. En primer lugar, es un fenómeno que viene desde los años ochenta. A partir de 1989 se duplica, por primera vez, la tasa de homicidios y desde entonces ha tenido una escalada persistente. Un fenómeno que ocurre en toda América Latina durante ese período. Muy pocos países han logrado revertir la tendencia, quizás la excepción sean Colombia y Brasil. Por esta razón Venezuela pasa a ser la nación con el mayor número de homicidios en Suramérica.

¿Qué es lo que ha aumentado en Venezuela? Por un lado, los delitos callejeros, la pequeña criminalidad, el hurto, las amenazas, la venta de droga, que no son los delitos de mayor gravedad pero que terminan generando un impacto muy grande en la opinión pública: que venga un motorizado y te arrebate el celular.

Por otro lado, han aumentado los delitos violentos: robo a mano armada, secuestros y, por supuesto, homicidios, que han aumentado de manera desmedida. Además, hay otro cambio importante: estos crímenes tienden a democratizarse, se vuelven cada vez más delitos intraclases, las víctimas principales –muy claro en el caso de los homicidios– son gente pobre.

–Pobres, víctimas de pobres.

–Pobres, víctimas de otros pobres. La violencia en Venezuela es, en primer lugar, consecuencia de una exclusión social. No es casual que se disparen las tasas de homicidio y los delitos violentos, justamente en el momento del auge del neoliberalismo. La violencia tiene mucho que ver con la exclusión en sectores específicos de la población. Y en esa medida, ha sido una violencia fundamentalmente especializada.

Aquí la idea de la banda organizada, del crimen organizado, no parecía tener valor analítico: la situación que se ve en Colombia con el paramilitarismo, en Brasil con el Primer Comando de la Capital de Sao Paulo o con el Comando Vermelho en Río de Janeiro, o con las Maras en los países de Centroamérica. No es el tipo de violencia que tenemos aquí, la nuestra es más de orden expresiva, entre muchachos excluidos, grupos irregulares con edades más o menos definidas que se matan entre ellos. Aquí la violencia es una fuente de estatus simbólico.

–Pero estamos en un momento donde el delito duro, el homicidio, el secuestro, los descuartizamientos se han impuesto como modalidades de la violencia cotidiana

–Lo que creo que ha venido pasando –y esto ha repuntado en estos últimos meses– es que esa violencia desorganizada da paso a niveles cada vez más sofisticados y organizados de violencia: pasa de ser una violencia expresiva a ser una violencia instrumental.

–¿A qué alude cuando habla de violencia expresiva?

–Una violencia cuyo sentido se agota en su fin. No es una violencia que pueda explicarse como medio para conseguir un propósito. Una violencia que, en sí misma, es una fuente de reconocimiento, de sentido, tanto para el que se ve afectado, como para el que la ejerce. Creo que esa violencia se está convirtiendo en una violencia de orden instrumental, es un medio para conseguir un fin: robar, secuestrar, cobrar un rescate, eliminar adversarios, controlar determinados territorios, extraer renta de esos territorios.

–¿Esa transformación de la violencia desde cuándo está ocurriendo?

–Es una tendencia que ha venido creciendo en los dos últimos años. Me parece que tiene mucho que ver con el descalabro de los cuerpos policiales y con la situación de recesión económica que vive el país. Sobre todo se acentúa, a mí modo de ver, en el último año. Y es un efecto paradójico, porque a eso ha contribuido la misma política de seguridad del Estado. Yo estoy haciendo un trabajo de campo en zonas muy violentas.


"Vivimos una transformación del equilibrio entre policía y delincuencia en la que la policía tenía una suerte de división del trabajo en la que se establecían unos tipos de pactos informales con la criminalidad. Pactos informales e ilegales, fundamentalmente basados en el cobro de lo que ellos llaman 'las multas"

Policías y colectivos: ruptura de un equilibrio

–¿Y qué ha encontrado?

–Investigo en una zona que está, ahora, bajo esa idea de que es una “zona de paz” y que está copada de paramilitares. Hemos visto allí dos cosas: primero, que los actores de la violencia no son paramilitares, son muchachos excluidos que no tienen empleo, que están por fuera del sistema educativo y que se juntan con muchachos semejantes del barrio vecino, en escaramuzas y violencias fortuitas que son fuentes para recibir una suerte de reconocimiento.

Este reconocimiento tiene que ver con la retórica de “mostrar la cara”. El que no se ve, porque es excluido de las formas de reconocimiento social, se convierte en alguien reconocido, al menos para sus pares, en una situación de violencia. Estos muchachos son actores armados y delincuentes que operan en un sector en particular. Durante el último año, y esta es la segunda cosa que consigo en esas zonas, ha venido creciendo la violencia policial y las ejecuciones extrajudiciales.

–¿A qué cuerpos policiales se refiere?

–Cicpc, Policía Nacional.

–¿Policía Nacional? ¿No es una institución demasiado joven como para andar en ésas?

–Sí, así es. También existen grupos parapoliciales que proliferan y es algo poco atendido porque, además, se desdibujan bajo un discurso político y empiezan actuar de manera autónoma.

–¿Eso es lo que llaman colectivos?

–Sí, colectivos. Pero yo conozco muchos colectivos, estos son de funcionarios y exfuncionarios policiales.

–¿Estamos hablando de colectivos como el 5 de Marzo?

–En la zona donde trabajo, son funcionarios policiales que actúan autodenominándose “colectivos”. Entonces, durante este periodo de tiempo, han asesinado a veinte muchachos en la zona, malandros –como dicen ahí– y gente “sana” que no tenía ninguna implicación en episodios de delitos. Lo que termina ocurriendo en estas acciones policiales, paradójicamente, es que se rearticulan las bandas hasta entonces enfrentadas.

La escalada de violencia policial, como te digo, termina generando una reorganización de la delincuencia y de la violencia armada. Se defienden de estas incursiones de la policía, con las mismas armas que la policía les vende. Eso hay que recalcarlo, las armas son vendidas por funcionarios de los cuerpos policiales.

–¿Pero qué anima a cuerpos policiales como el Cicpc y la PNB, a estos colectivos parapoliciales, a meterse en los barrios para matar gente? ¿Retaliaciones, cuentas pendientes?

–Vivimos una transformación del equilibrio entre policía y delincuencia en la que la policía tenía una suerte de división del trabajo en la que se establecían unos tipos de pactos informales con la criminalidad. Pactos informales e ilegales, fundamentalmente basados en el cobro de lo que ellos llaman “las multas”. Eso tiene una función extorsiva, que regulaba las relaciones entre policías y delincuentes.

Y este sistema tenía diversos escalones. De pronto, las policías “más pequeñas” o de menor impacto, la policía preventiva o simplemente los funcionarios de ciertos cuerpos, para distinguir a las personas de las organizaciones, se encargan de la venta de droga, de la venta de alcohol ilegal, de las apuestas. Mientras que funcionarios del Cicpc tienen que ver, fundamentalmente, con actividades de criminalidad mucho mas complejas.

Este equilibrio, que era una suerte de pacto silencioso, mafioso, termina quebrándose durante los últimos dos años y termina por producir un enfrentamiento abierto entre delincuentes y fuerzas policiales. Esto ha generado una rearticulación, como te decía, de la respuesta de los delincuentes. Respuesta que llaman “la palabra”. Los delincuentes hablan de una “palabra” entre las distintas bandas que deponen la violencia entre sí para articularse y dar respuesta a la violencia policial.

–Hay una reorganización de la relación policía-delincuente. ¿Qué impulsa esta batalla, usted habló de recesión económica y de descalabro de los cuerpos policiales?

–Yo creo que hay muchos factores, pero de algún modo lo que ha determinado y contribuido en el ultimo año a esta situación es la política de mayor respuesta de violencia por parte del Estado hacia los sectores populares. Yo puedo entender, claramente, las motivaciones, lo que esta detrás de políticas como la Operación de Liberación y Protección del Pueblo. Entiendo que hay un clamor de la gente. En efecto, se ve desamparada, se ve rehén de la violencia.


"Colectivo es una categoría muy amplia que termina confundiendo. Yo conozco a muchos de estos actores y no tienen ningún tipo de motivación política y encuentran en este término “colectivo” una buena coartada para actuar"

OLP, criminalización y extravío

–¿Se dejó correr mucho la situación, por eso estamos clamando por una OLP?

–Hay una gran paradoja. La violencia tiene mucho que ver con el tema de la desigualdad. En los años noventa, aumenta la desigualdad y aumenta la violencia. En Venezuela, sin embargo, en los últimos diez años disminuye la desigualdad, disminuyen los índices de pobreza, pero la violencia se dispara. Yo tengo algunas hipótesis sobre eso. Pero en el cuadro actual, hay una demanda real de la gente. Por eso la recepción de la OLP termina siendo ambigua en los sectores populares. La gente siente una gran sensación de vulnerabilidad y desamparo. Pero no podemos olvidar que todo esto es producto de una pérdida: la de la presencia legítima del Estado.

Los sectores populares no encuentran a qué instancia acudir, no hay mecanismos de regulación sobre muchos territorios. Parece una contradicción lo que digo. Los cuerpos policiales son parte del Estado: tienen, por un lado, una incrementada presencia en los sectores populares, pero esto no cuenta, no garantiza la regulación, las resolución de conflictos. Porque son intervenciones irregulares, oscilantes, compulsivas. Llegan, hacen redadas, se llevan preso a todo el mundo, matan a alguien, se van, no vuelven. Es una presencia espasmódica.

Uno ve que es real la preocupación del gobierno, porque esta ausencia institucional, este espacio vacío, lo terminan ocupando los grupos armados periféricos. Pueden ser grupos de policías, colectivos, malandros, que controlan la situación en el barrio. Al mismo tiempo, lo que también ha ocurrido es que la violencia, el delito, que había venido siendo un delito intraclases, ahora se vuelve más pernicioso y termina victimizando de forma más cruda a los vecinos. Entonces, es un imperativo del Estado recuperar el control institucional sobre esas áreas, porque si no se verá seriamente cuestionado.

Uno podría, entonces, entender los intentos, los ensayos, que ha habido para dar respuesta a la inseguridad, al delito y a la violencia. Lo que creo es que estas estrategias, sobre todo con la OLP, han sido erradas. Es errada en el diagnóstico y es errada en la valoración del problema.

–¿Equivocan el diagnóstico?

–Se yerra en el diagnóstico porque la explicación que se da es que esto está ocurriendo porque han aparecido grupos que tienen el control territorial por la ausencia del Estado. La explicación más habitual aparece en los medios, y es que el Estado se ha replegado en ciertas áreas y esto ha contribuido a que aparezcan grupos criminales. Insisto, no es así, al menos en los lugares donde estamos investigando, que es una llamada “zona de paz”.

–En la zona de paz se le ha dejado a la banda controlar el territorio.

–No es verdad que allí no haya presencia policial. Hay esta presencia policial absolutamente violenta, ilegitima, espasmódica, además que son los mismos cuerpos policiales los que alimentan muchas veces a estos grupos criminales, en armas, en municiones. Es decir, no es un problema de ausencia del Estado, sino de falta de una trama institucional legítima que le brinde protección efectiva a la gente.

–Se yerra también en la valoración del problema, dice

–En esta idea del paramilitarismo, de que son grupos paramilitares los que están infiltrándose en los sectores populares y responden a agendas políticas y extranjeras. Habría que, primero, afinar los criterios. El paramilitarismo, en el sentido estricto, aludiría a grupos armados que se autonomizan y que cuentan con cierto grado de tolerancia y apoyo del mismo Estado. Se dio en Colombia, en Perú, en el norte de Irlanda.

Grupos autonomizados, con miembros de las fuerzas armadas, cuerpos policiales, asociaciones civiles que cuentan con, al menos, tolerancia de parte del Estado. Que actúan contra objetivos esencialmente políticos, para aniquilar a adversarios. Esta es la definición estricta de paramilitarismo. Allí podríamos, más bien, pensar que estos grupos parapoliciales que empiezan a proliferar, se parecerían más a este concepto de paramilitarismo.

–Esta especie de configuración del colectivo armado

–Colectivo es una categoría muy amplia que termina confundiendo. Yo conozco a muchos de estos actores y no tienen ningún tipo de motivación política y encuentran en este término “colectivo” una buena coartada para actuar.

–¿Entonces esto no tiene que ver con paramilitares?

–No. Además se alude al paramilitarismo colombiano. Es una tesis muy xenófoba. Colombia termina siendo responsable de todos nuestros males y la tesis tampoco se verifica empíricamente. Aquí lo que termina ocurriendo es que hay grupos delincuenciales que se vienen rearticulando para dar respuesta a la violencia policial.

El uso de esta categoría del paramilitarismo termina siendo muy complicada, porque se trata de declarar como objetivo militar a sectores del pueblo. El uso de la categoría, con esto de la OLP, incentiva otros usos: bachaqueros, buhoneros, gente que tomó un apartamento.

–Gente, como usted dice, que ha cometido delitos pequeños.

–Ni siquiera delitos. Mira el caso de la Panamericana, donde se desaloja a una comunidad posiblemente por razones urbanísticas. Se hace bajo la perfecta coartada del paramilitarismo y eso termina generando mucho consenso entre la población identificada con el chavismo.

–Si el problema era urbanístico, ¿no ha debido dar la cara una institución, una instancia política o mediadora.

–Esa es la tendencia: usar una etiqueta muy eficaz, como la de los paramilitares, que permite resolver con manos militares problemas de otro orden: sociales, policiales, criminales, urbanísticos. Entonces se trata de declarar a facciones del pueblo como paramilitares, sean delincuentes o no.

Empieza a prevalecer una retórica, entre sectores del gobierno y del chavismo, en la que estratos del pueblo son vistos como enemigos. Esto lo que indica es una pérdida de conexión con sectores importantes de lo popular. Y se puede encontrar su equivalente en categorías como el “bachaquero”. Es decir, se desplaza el relato de la Guerra Económica –que es responsabilidad de la oligarquía, de los grandes capitales– a la señora que vive en un barrio, que compra cinco paquetes de Harina Pan para revenderla o, sencillamente, para tenerla.

El responsable de la Guerra Económica ya no es el capital y mucho menos las redes de corrupción, la policía, el ejército que instrumentaliza el contrabando de extracción, sino algunos sectores del pueblo. Esto, sin duda, habla de un grado de descomposición, habla de un grado de anomia, es muy curioso el desplazamiento y la búsqueda de un nuevo enemigo: facciones de los pobres, bien sea como bachaqueros o como paramilitares.

El nuevo enemigo: el pobre

–Desde el 2013, que comenzó la narrativa de la Guerra Económica, no se consigue al “enemigo real”. ¿Terminó consiguiéndose en el pueblo?

–Sí, yo creo que sí. Es más evidente el contrabando de víveres a mercados informales, el contrabando de extracción, pero eso no es responsabilidad de los bachaqueros. Es mucho más fácil obtener el consenso con figuras que tú puedes ver: la señora que se lleva las pacas de Harina Pan, o el buhonero que te vende el litro de aceite más caro.

Además, hay un marco de negociación con sectores de la burguesía, por eso tampoco conviene dar la guerra a ese nivel. Termina el bachaquero siendo una figura útil, como el paramilitar, porque con eso se culpa al “malandrito” de la esquina. Sin ver, desde luego, los problemas estructurales, las desviaciones policiales en el tráfico de armas, las redes clientelares que pueden estar detrás de la violencia.

–Si los hechos importan, la OLP nació ejecutando “una razzia” en la Cota 905: mueren quince personas, buenas o malas, pero nadie sabe en qué condiciones recibieron la muerte. Después ha comenzado una versión más rutinaria de la OLP, si se quiere, más enfocada en efectos propagandísticos.

–Pero en aquella ocasión ni siquiera se consiguieron a los presuntos malandros que estaban buscando. El resultado fue realmente ridículo. Es decir, la OLP no es un modelo para los propósitos del Estado, incluso si le concediéramos, citando a Maquiavelo, la máxima de que “el fin justifica los medios”. Los resultados desdicen la eficiencia de esto.

–¿Cuál es entonces el modelo para proteger al pueblo?

–Está, por ejemplo, la Unidad de Policía Pacificadora de Brasil, donde hay un copamiento policial de los morros de Río de Janeiro, de las favelas, un control del territorio que no se podía controlar y después dejan allí una unidad policial comunitaria, que con intervención de políticas urbanas, educativas, comunitarias y sociales, restablecen el control estatal –porque el Estado no es sólo la policía–sobre territorios que habían sido relegados.

–¿De las OLP, entonces, saldremos con una criminalidad más organizada?

–En estas políticas siempre termina reorganizándose el delito hacia formas más agresivas. Hay una escalada de la violencia: a más violencia del Estado, más violencia criminal. El delito se reorganiza a formas más estructuradas. Se profundiza la corrupción policial, porque hay una relación directa entre violencia policial y corrupción policial –mientras más violenta sea la policía, más posibilidades hay de extorsión.

Esto, además, tiene efectos políticos perversos. Hay una doble lectura del pobre: el “buen pobre”, que es el señor que va a las misiones y “el pobre malo”, que es el delincuente, el bachaquero, el criminal que recibe una violencia desmedida, un discurso criminalizador. Con esto se está fracturando, enajenando, la base social del chavismo.

Esta combinación entre recesión económica y violencia policial es una combinación explosiva. Es como acercar una llama a la gasolina. La historia de los grandes estallidos sociales, generalmente, tienen que ver con la competencia de estos factores. Incluso, El Caracazo es una mezcla de ambos, con los famosos operativos policiales del Plan Unión. Esto que se está haciendo evoca toda esa idea de los operativos, de las redadas que aparecen en una situación semejante: en la crisis económica. Los operativos policiales pasan a ser la política, a veces la única estrategia del Estado frente al problema económico.

–En medio de una crisis económica, el problema policial y militar de 2014 fueron las guarimbas en los municipios de la clase media. En 2015, la OLP se concentra en los sectores populares. ¿Estamos cerca de un estallido social que hay que contener?

–Bueno, si esa es la motivación entonces la política está extraviada, porque es todo lo contrario: la historia demuestra que el aumento de la represión es una chispa eficaz para los estallidos sociales. Creo que también hay que pensar en la corporación militar y policial que actúa con agendas propias y autonomizadas. Es decir, esa corporación termina acumulando mucho poder en este tipo de operativos. Poder político y poder económico. Porque el delito también es fuente de renta: a través de redes clientelares, a través de extorsión, a través de participación en actividades del crimen.


"La gente rápidamente se da cuenta que esto es una ilusión que supone violencia contra ellos y que no resuelve el problema del delito y la criminalidad. Lo paradójico es que esta política de mano dura siempre fue una bandera que blandió la oposición y ahora el chavismo la ha venido convirtiendo en su oferta política."

La última estrategia: populismo punitivo

–¿Importa, en este contexto, distinguir entre el periodo Chávez y el de Maduro?

–Durante mucho tiempo no ha habido una política de seguridad clara. Durante el período de Chávez ha habido una especie de oscilación de las políticas. Primero fue el “funcionalismo de izquierda”, en el que el delito es consecuencia de la pobreza, del desempleo o de la exclusión, y a través de la justicia social, sólo superando ese lastre del capitalismo y del neoliberalismo, podremos enfrentar el delito sin aplicar fórmulas represivas.

Esta es la primera retorica del chavismo, pero no se dio una política alternativa que no fuera “no vamos reprimir, no vamos a criminalizar al pueblo”. Tampoco se atajó el problema de la violencia policial, que, frente a la dificultad de dar respuesta, empezó a ocupar espacios con acciones cada vez más perversas. Recordemos los escuadrones de la muerte en Portuguesa, en Falcón, con ejecuciones extrajudiciales.

Ahora se pasa a una retórica inversa. Ya el criminal no es una víctima de la injusticia social, sino es un cómplice del sistema. Se desempolva la vieja figura del “lumpen”: el delincuente reproduce los valores del capitalismo, los valores egoístas. Esto coincide con la retórica conservadora, esa que dice que hay un problema de crisis de valores y muchas veces se culpa a la madre, a las familias disfuncionales. Frente a esta idea moral, la respuesta es más violencia policial, hasta este escenario bélico de respuesta al delito que es la OLP.

Ninguna de las dos fórmulas ha sido eficaz para enfrentar el problema. Por el contrario, se han abandonado los intentos importantes de caminar en una política de seguridad, como lo fue la reforma policial. Esta se inició en 2006. Formé parte de esa comisión y ahí se hicieron un conjunto de recomendaciones que en los últimos años se han echado por la borda. Se desbarató el proyecto de la Policía Nacional. Hoy, a un policía, le piden que lleve diez detenidos por día. ¿El resultado? Atrapan a infractores menores.

–¿Están pidiendo diez detenidos por día?

–No sé si en estos últimos meses, pero a principios de año fue así. Había que llevar una cuota de detenidos. Entonces, ¿a quien detenían? Detienen al indigente que consiguen con tres piedras de crack en el bolsillo. Y lo presentan. Es decir, detienen a la pequeña criminalidad, que no son las más graves. Así se extravía el foco. Los homicidas, en cambio, apenas entran en el sistema penal. Las cárceles están llenas por delitos de drogas, esencialmente por posesión y venta en pequeñas cantidades.

–La PNB aspiraba a ser un modelo distinto de policía.

–A partir de ahí empieza a desencaminarse lo que proponía el nuevo modelo policial. El proyecto, en 2006, no se reducía a crear una nueva policía, esa fue la gran discusión. Crearla, solamente, significaba crear un nuevo problema y dejar en pie los otros, que eran las restantes policías. El proyecto planteaba avanzar hacia un sistema de policías que permitiera articulaciones con estándares comunes, informados por derechos humanos, informados por criterios de eficiencia y de eficacia. La PNB siempre se concibió como una policía pequeña, salvo en el área de Caracas, que debía ocupar el espacio de la PM.

Más bien se ha producido una expansión de la PNB, un crecimiento muy acelerado, subordinado a políticas y mandos militarizados. Los últimos mandos son militares activos, que le han impreso una distorsionada función y no se avanzó hacia la creación de un sistema que garantizara la protección de la gente. La creación de la PNB no era una política de seguridad en sí misma. También se perdió la idea del desarme.

La reducción de los homicidios en Brasil tuvo que ver con el control de las armas; y las armas en Venezuela circulan tanto en manos de los cuerpos policiales –que son los principales proveedores para actividades delictivas- como en manos de los civiles. Se planteaba avanzar en un modelo semejante al brasileño, en restricción de portes de armas en manos de civiles y un control riguroso de las armas y las municiones en manos de la policía. Eso se desestimó, entre otras cosas por los poderosos lobbies armamentistas.

–¿Se perdió la oportunidad que tuvo el chavismo para hacer una política de seguridad eficiente?

–Los elementos que permitían definir una política de seguridad eficiente fueron abandonados tempranamente. Se ha favorecido una política que tiene mayor valor expresivo y político: la mano dura. Pudiésemos hablar de “populismo punitivo”, ofrecer mano dura a través de estos actos espectaculares, profundamente ineficientes, pero que dan rédito político. Estamos en una campaña electoral y los efectos de este tipo de populismo son muy efímeros. Lo que pasó en la Cota 905: a los que fueron a buscar y no encontraron, ya están de nuevo allí. La gente rápidamente se da cuenta que esto es una ilusión que supone violencia contra ellos y que no resuelve el problema del delito y la criminalidad. Lo paradójico es que esta política de mano dura siempre fue una bandera que blandió la oposición y ahora el chavismo la ha venido convirtiendo en su oferta política.

–¿Todo esto no es una muestra del fracaso de la política de seguridad implementada durante estos años?

–Hay otros factores que también permiten entender este viraje. Y esto sirve para revelar los límites de las políticas redistributivas en los procesos de transformación estructural de alto calado. Lo que explica por qué persiste la violencia, a pesar de haber disminuido la desigualdad. Sin duda que las políticas redistributivas, las políticas sociales, han mejorado las condiciones de vida de los sectores menos favorecidos. Es evidente en los indicadores económicos y cuando uno va a barrios pobres se da cuenta de eso.

Esta redistribución ha tenido un efecto paradójico al generar nuevas brechas entre las clases populares, es decir, las políticas sociales focalizadas y no universales terminan generando diferencias entre aquellos que están en mejores situaciones, más ventajosas para aprovechar estas políticas -porque se está en una misión, porque se está en un Barrio Nuevo Tricolor, porque se está en cuestiones comunales, porque se entra en las redes asistenciales- y los que quedan relegados de esas políticas.

Entonces empiezan a aparecer diferencias intraclases. Brechas entre los beneficiarios, clientes de estas políticas y los que se quedan relegados. Y hay diferencias muy poco evidentes, sobre todo con los métodos tradicionales para la medición de la desigualdad, porque se dan en el seno de una familia, por ejemplo entre el papá que consiguió trabajo, o que recibe algún beneficio por ser parte de una misión, y el hijo, que no consigue trabajo, que está excluido del sistema educativo. Estas brechas dentro de sectores populares hacen que se empiece a generar una suerte de diferenciación importante entre los factores que han logrado mejorar sus condiciones de vida, de manera significativa, y los factores más relegados.

Ante la desigualdad, que era muy marcada en Venezuela, ahora existe una menos notoria pero más próxima. Eso puede generar muchísima tensión y una sensación de injusticia. Esto explica también por qué este viraje de las políticas de seguridad, cada vez más duras: porque se trata de dar un tratamiento diferenciado a los sectores populares, es decir, hacer una doble política popular de incluir y castigar.

–¿Qué hacer entonces después de tanto tiempo perdido?

–Hay cosas básicas. Yo diría, en primer lugar, insistir en la inclusión de los sectores relegados.

–Universalizar el sistema de protección social.

–Exacto. Universalizar el sistema de protección. Y políticas focalizadas a aquellos sectores que no han sido tocados. Las políticas sociales, fundamentalmente, han estado dirigidas a excluidos de vieja data. Gente que había estado excluida desde los años ochenta, que, como resultado del ajuste neoliberal, perdió su trabajo y que ahora volvió a ser incorporado. Sin embargo, los nuevos excluidos, los jóvenes que no consiguen trabajo, los excluidos del sistema educativo, no han sido incorporados, no han sido atendidos por esas políticas. Así que hay que pensar en políticas sociales universales y en políticas sociales focalizadas.

Hay que retomar la agenda de la reforma policial para organizar una policía eficiente. Mira, muchas de las cosas que ha hecho la OLP –de muy mala manera y con resultados muy malos- se podrían haber hecho con inteligencia policial. Es decir, la policía puede identificar –y estoy seguro que sabe- dónde está la gente vinculada con actos inaceptables, que debiera ser detenida, procesada e ir presa.

–¿Qué nos ha pasado, por qué llegamos a esta situación?

-–Nosotros tenemos un Estado muy anómalo por la relación con la renta petrolera y con la conducción histórica de ese Estado. Un Estado siempre muy distante de la gente, muy violento, por eso nuestras policías siempre han sido muy militarizadas. Esta anomia del Estado es funcional con ciertos intereses, para élites viejas y nuevas que emergen aprovechando la aparente anormalidad. La corrupción no es un tema moral, es, en términos marxistas, la acumulación originaria de capital. La forma de transferencia de la renta petrolera a sectores concentrados del país.

–¿El problema fue tratar de desmontar el Estado sin tener una alternativa a la mano?

–En estos años hubo una recuperación del Estado, después de un período, el neoliberal, en que sólo destacaba su función represiva. Durante los primeros años del chavismo se recupera la idea del Estado como un gran regulador de la vida social, pero se deja intacto el aparato represivo, el sistema penal, las policías a pesar de los intentos de reforma. Se recupera el papel del Estado, pero vinculado con el tema de la renta, como explica Fernando Coronil en su Estado mágico.

Un Estado que se hace cada vez más inútil, más hipertrofiado, incapaz de interactuar con la gente. Las primeras tesis de participación ciudadana, las mesas técnicas de agua, donde se validó la idea de una especie de cogestión o incluso de autogestión, cede su lugar a un Estado cada vez más prepotente, que controla renta y la distribuye, donde la participación popular tiene un papel únicamente de cadena de transmisión entre estas rentas y las bases sociales, cada vez con menos poder efectivo. Entonces termina siendo un Estado gigante con pies de barro que regula todo pero que no puede regular nada, que sólo tiene pactos informales, clientelares, invisibles, con sectores económicos emergentes donde, por cierto, el problema de la generación de criminalidad y violencia no es ajeno.
Fuerza Histórica Latinoaméricana.

Fuerza Histórica Latinoamericana

Saludos y bienvenida:

Trovas del Trovador


Si se calla el cantor, calla la vida...inspirate,instruyete,organizate,lucha,rebelate.



Saludos y bienvenida:


Inevitablemente, cada individuo hace parte de su vida y de su historia aquellos acontecimientos que marcaron un recuerdo bueno o malo en la efemérides y en su vida...
Recordar por ejemplo aquellas cobardes masacres de la década del 70 en El Salvador (Chinamequita,Tres Calles,Santa Barbara,30 de Julio,entre muchas otras y seguro estoy es una experiencia que se repite a lo largo y ancho de Americalatina), masacres que conmocionaron a la nación y sacudieron la conciencia de muchos.

Esas masacres aceleraron el enfrentamiento entre ricos y pobres, entre el pueblo y las Fuerzas Armadas Nacionales, Toda aquella década fué de constante actividad politico-social y su principal escenario eran las calles, para las celebraciones del efemérides nacional de cualquier indole, se desarrollaba una manifestación de dolor, muy significativa y emótiva, muchas, con los restos de los asesinados y el reclamo del retorno o aparecimiento con vida de los capturados y desaparecidos.

Muchos jóvenes,a partir de aquellas cobardes acciónes por parte del Estado, radicalizamos nuestra pocisión y optamos por la lucha armada como única solución a la crisis que cada dia se profundizaba más y más...

A partir de aquella década, la protesta se hizo afrenta digna contra la dictadura militar, salir a protestar era recuperar,rectificar y sanear digna y valientemente, todo aquello que en anteriores décadas de terror, las clases dominantes habian institucionalizado.

Con aquellas jornadas de lucha, no solo denunciamos y condenamos a los eternos enemigos del pueblo, sino que hicimos sentir el grito de guerra de todos aquellos que sacrificada pero dignamente y hasta entonces, habian escrito la historia,nuestra heróica historia...

Que hubiera sido de nosotros, si Monseñor Romero hubiera pensado más en su tiempo, el dinero y su sombrero copa ancha junto con su pulcra sotana,por no arriesgar el pellejo a costa de convertirse en "La voz de los sin voz" y en el santo de los desposeidos?

Que seria de nosotros?, si Roque Dalton, sabiendo que podria incluso, morir a manos de sus propios "camaradas", no hubiera arriesgado la canción hecha palabra y herramienta de lucha, para gritarle sus verdades a los poderosos y sus criticas mordaces a los ultraizquierdistas y al Partido Comunista.

No seriamos dignos, de llamarnos salvadoreños si Farabundo Marti, no hubiera dispuesto ir a enlodar sus botas a "Las Segovias" junto a Sandino el General de hombres libres, como su lugarteniente.
Si Miguelito Marmol, no se hubiera levantado con las ganas que lo hizo después de haber sido acribillado frente al pelotón de fusilamiento, para seguir arriesgando el pellejo reclutando, concientizando, organizando, y manteniendo vivo el grito de guerra de "Viva el Socorro Rojo Internacional", que inconclusamente y con toda valentia intentó Farabundo.

Fraternalmente, Trovador


UN DÍA COMO HOY, 12 de febrero de 1973, los principales periódicos de El Salvador difundieron fotos de la muerte de los compañeros José Dima...